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Tema: Cuaresma en familia

Primer Domingo de Cuaresma y por otra parte es el Día Nacional de la Familia


Por: + Rodrigo Aguilar Martínez, Obispo de Tehuacán | Fuente: Catholic.net 



Acabamos de vivir, el pasado miércoles, el Rito de la Ceniza. Es importante que éste no sea un gesto aislado, sino el inicio de un tiempo de gracia, el Tiempo de la Cuaresma.

Pues bien, el próximo domingo tenemos dos celebraciones, de origen muy diferente pero que se pueden armonizar: por una parte es el primer Domingo de Cuaresma; por otra parte es el Día Nacional de la Familia.

La familia es el grupo primario donde hemos nacido y crecido. La familia puede favorecer o entorpecer nuestro desarrollo, nuestra educación, según prevalezca la integración o desintegración familiar. Una familia integrada, unida, en que todos están pendientes unos de otros para ayudarse en las diversas situaciones, es una familia que ayuda en la educación de todos y cada uno; en cambio, una familia desunida, desintegrada, que cada quien camina por su lado, con constantes conflictos, es una familia que, por el contrario entorpece y dificulta el desarrollo de la persona. En el VI Encuentro Mundial de Familias, que tuvo lugar el pasado mes de enero en la ciudad de México, reflexionábamos acerca de la misión formadora de la familia en los valores humanos y cristianos, lo cual podemos aplicar concretamente en la adecuada vivencia de la cuaresma.

Pero hay factores que hacen remar contra corriente en este sentido: Desde luego todos los signos de desintegración familiar, de conflictos en la relación; a ello se suma la valoración de lo individual –mis proyectos, mis derechos, mi libertad-; el énfasis en lo material, en el placer; la pérdida o la indiferencia del sentido de Dios; la crisis económica que golpea y aturde. Sin embargo, no es para desalentarnos, no hay familia perfecta, en la que no haya ninguna situación negativa. Todos, en lo individual y familiar, estamos en camino de desarrollo y mejoría.

La decisión de vivir la cuaresma en familia es un apoyo valioso, pues no lleva a hacer un alto en el camino para repensar las decisiones y acciones. Dios no es ajeno a nuestra vida, sino nuestro Creador y Padre; la Iglesia no es la extorsionadora con ideas y prácticas superadas, sino la familia de los hijos de Dios, de los hermanos de Cristo Jesús; la cuaresma no es un tiempo anticuado y fastidioso, de penitencias insulsas ya caducas, sino tiempo de gracia, de revisión y conversión que nos lleva a la fiesta del amor renovado.

Dios hizo buenas todas las cosas, especialmente al ser humano –varón y mujer- los hizo “muy bien”, “a su imagen y semejanza” y a quienes encomendó crecer y multiplicarse, usando sabiamente de todo lo creado; pero Adán y Eva sucumbieron a la tentación, queriendo ser como dioses. De ahí que nosotros, como todo ser humano, nacemos y vivimos con la inclinación a pecar. Pero Dios no nos abandonó, sino que prometió enviar un Salvador. La Alianza que Dios estableció con Noé, con Abrahám y sobre todo con Moisés, son anuncio de la Alianza que realiza con nosotros por su Hijo Jesucristo, quien para ello murió en la cruz y resucitó, venciendo a la muerte.

Durante la cuaresma en familia, vamos a ir viviendo estas diversas Alianzas de Dios con su pueblo –especialmente los primeros domingos de cuaresma-, Alianzas que nos llevan a la suprema Alianza de Jesucristo.

¿Qué podemos hacer en familia para vivir la cuaresma? Muchas cosas, yo sugiero sólo algunas: 

1) Recuperar el sentido de un Dios que nos ama como Creador y Padre, ante quien hemos de ser agradecidos. Para ello cultivar constantemente la relación con Dios como Padre Bueno; recitar muchas veces, con confianza, la oración que Jesús nos enseñó, del “Padre nuestro”, disfrutándola, meditándola, practicándola. Cultivar la actitud de ser agradecidos con Dios: por la vida que nos concede, cada día como una novedad, el tener familia, trabajo, el tener amigos, el poder ir saliendo adelante…

2) Recuperar el sentido de nuestros pecados. Todos hemos pecado, reconocerlo es un signo de valentía y humildad. Pero los reconocemos ante un Dios que es lento para enojarse y generoso para perdonar, clemente y compasivo. Ayuda saber pedir perdón y perdonar en familia, lo cual no nos rebaja sino que nos ennoblece, especialmente a los adultos, así los niños y los adolescentes también aprenden a pedir perdón. Perdonar y pedir perdón en familia, fortalece la cercanía y la confianza, que cada uno se sepa digno y valioso.

3) Atrevernos a cultivar la actitud del hijo pródigo, que se anima a regresar a la casa paterna confiando en que su padre no lo rechazará. Promover en la relación familiar a darnos tiempo para escucharnos, especialmente escuchar a quien ha vivido una experiencia negativa y dolorosa. También en familia, animarnos y prepararnos a la confesión individual, especialmente en este tiempo de cuaresma.

4) Gozar la fiesta del perdón y del reencuentro que Dios Padre organiza en beneficio nuestro. El sacramento de la reconciliación es la delicia del perdón que Dios nos regala; la Eucaristía es la fiesta de Cristo Jesús que se ofrece en sacrificio a Dios Padre y en banquete como Pan de vida eterna a nosotros.

Los valores que implican estas actitudes, han de ir siendo cultivados desde la más tierna infancia, con la convicción de que nosotros los hemos experimentado y hemos gozado de sus frutos y ahora anhelamos que los pequeños y los jóvenes los vivan también. Tengamos en cuenta que los hábitos se forman a través de frecuentes conductas. Los buenos hábitos no son sólo fruto de estudio y reflexión, sino sobre todo fruto de obras buenas que se aman, de esta manera se convierten en convicciones que se expresan en los muy variados momentos de la vida, alegres o adversos.

De esta manera la penitencia cuaresmal –incrementando la oración, el ayuno y la limosna- no es la fatiga de algo molesto y cansado, sino el baño saludable que nos regenera en la condición de hijos de Dios. La Cuaresma, así, nos lleva al gozo de la Pascua, para compartir el paso de Cristo: del dolor de la muerte en la Cruz a la alegría de su resurrección.


+ Rodrigo Aguilar Martínez
Obispo de Tehuacán

Tema: Encontrarse con Cristo Resucitado desde el corazón de María

¿Qué sentía María en esos momentos? ¿qué pensaba? ¿qué recuerdos le venían a la memoria? ¿qué le decía a Jesús? ¿cuál era su experiencia interior?

Por: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com


Los seres humanos tenemos capacidad de sintonizar con los sentimientos de otra persona, penetrarlos y hasta cierto punto apropiarlos. Podemos ponernos en el lugar del otro, comprender sus emociones y sentimientos y sentir juntamente con él.

Es posible conectar con el otro y participar de su experiencia interior. Esto abre un mundo maravilloso en la vida de oración. Con la ayuda de la gracia, es un modo de hacer oración contemplativa.

Ciertamente la empatía tiene sus límites, pues la experiencia personal será siempre personal; las vivencias de cada uno serán siempre propias y únicas.

¿En qué consiste esta "oración por empatía"?

Por ejemplo, en este tiempo litúrgico, consiste en centrar nuestra atención en la Virgen María y tratar de sintonizar con los sentimientos de María durante la pasión, muerte y resurrección de Jesús. He empleado esta modalidad de oración durante el triduo pascual y lo sigo aplicando ahora en la pascua. Me está ayudando mucho.

Tratar de meterse al corazón de la Madre de Jesús y Madre nuestra mientras en silencio y soledad acompaña a su Hijo en cada momento de su pasión y en su resurrección. Algunas preguntas que ayudan: ¿qué sentía María en esos momentos? ¿qué pensaba? ¿qué recuerdos le venían a la memoria? ¿qué le decía a Jesús? ¿qué escuchaba? ¿cuáles eran sus actitudes? ¿cuál era su experiencia interior?

Detenerse en cada paso, sin prisa. Un día se puede tomar una escena, otro día otra. O permanecer durante varios días en la que más ayude a cada uno. Este modo de orar supone un fuerte cultivo de la capacidad de escucha.

Se trata de contemplar y sentir profundo

No hacen falta muchos pensamientos, se trata de contemplar y sentir profundo, identificándose con la oración de María: durante la última cena, durante la oración en el huerto, cuando fue apresado, cuando estaba en la cárcel, cuando fue condenado a muerte, cuando subía el Calvario con la cruz a cuestas, cuando fue crucificado, durante su agonía, cuando expiró, cuando resucitó, cuando encontró a María en el huerto, cuando se apareció a los suyos...

Gozar con Cristo Resucitado desde el corazón de María

Desde el Sábado Santo me ha ayudado mucho gozar con Cristo Resucitado desde el corazón de su Madre.

En la resurrección de Jesús confluyen:

 
1. El amor del Padre que lleno de conmoción vio morir a su Hijo diciendo: "Todo está cumplido" (Jn 19,30), "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,45). Con la Resurrección, el Padre respondió a la súplica de Jesús en el huerto: ¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mi este cáliz (Mc 14,36).
2. El poder del Espíritu de amor que hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5)
3. La pasión de amor de Cristo por el hombre que quiere permanecer siempre a su lado: "Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos." (Mt 28,20)

Y María participa en la Resurrección de Cristo con su dolor y su esperanza


Con la muerte de Jesús parecía fracasar la esperanza de cuantos confiaron en Él. Aquella fe nunca dejó de faltar completamente, sobre todo en el corazón de la Virgen María, la Madre de Jesús, la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche. (Benedicto XVI, 8 de abril de 2012) y a través de la experiencia transformante de la Pascua de su Hijo, se convierte en Madre de la Iglesia, o sea, de cada uno de los creyentes y de toda la comunidad. (Benedicto XVI, Regina Coeli, 9 de abril 2012)

¡Qué fácil es gozar con Cristo Resucitado desde el corazón de su Madre mientras le contempla vivo y glorioso!

Oración
Madre:
Mientras el sábado santo se libraba el combate entre la Luz y las tinieblas,
el Espíritu Consolador invadía tu corazón, aliviando tu dolor,
el Padre terminaba su obra maestra: Cristo Resucitado,
y tú en silenciosa espera...

¡Cuánto aprendo de tu silencio sonoro!
Gracias, Madre, por permitirme entrar en el jardín de tu alma y acompañarte en tu dolor.
No me cabe la menor duda de que fuiste tú la primera a quien buscó Jesús resucitado.

¿Qué pasó en tu corazón cuando al tercer día brilló el Sol Naciente con toda su gloria?
¿Cómo celebraron juntos aquél momento? Me imagino lo que sentiste.

Déjame ver con tu mirada el rostro de tu Hijo Resucitado,
alegrarme y regocijarme en Él como tú lo hiciste.

A ti te constituyó en Madre de la Iglesia,
que a mí me conceda resucitar con Él;
que me haga un hombre nuevo,
que piense en las cosas de arriba,
y las busque por encima de todo
Amen

Tema: ¿Quiénes somos para quejarnos ante Dios?


Ocurre que de pronto piensas que Dios te ha olvidado. Te asedian tantos problemas y no los puedes comprender.
 
¿Quiénes somos para quejarnos ante Dios?
Ocurre que de pronto piensas que Dios te ha olvidado. Te asedian tantos problemas y no los puedes comprender. Quedas envuelto en un torbellino del que parece no existir una salida.

Recientemente pasé por algo parecido, y sentí una gran confusión. Procuraba estar tranquilo y confiar en Jesús.

Solía visitarlo en el Sagrario para quejarme... ¿Hasta cuando?...

Y oraba con el Salmo 6:

Señor, no me reprendas en tu ira, ni me castigues si estás enojado.
Ten compasión de mí que estoy sin fuerzas; sáname pues no puedo sostenerme.
Aquí estoy sumamente perturbado, tú, Señor, ¿hasta cuando?...
Vuélvete a mí, Señor, salva mi vida, y líbrame por tu gran compasión.


Sentía entonces como si una voz interior me dijera:
-Lee a Job.

-¿Job?- me dije extrañado.

Y fue lo que empecé a hacer, y lo que te recomiendo cuando no entiendas lo que te ocurre, y cuando sientas que no puedes más.

Mientras escribo, tengo frente a mí una Biblia. Está abierta en el libro de Job. Ahora se ha vuelto un amigo entrañable. Me ayudó a comprender las enseñanzas de Nuestro Señor. ¿Quiénes somos para quejarnos ante Dios? ¿Acaso pensamos ofrecer nuestros sufrimientos por la salvación de las almas? No somos dignos de nada. Todo es gracia de Dios. Job lo supo bien:

Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. Yo sólo te conocía de oídas; pero ahora te han visto mis ojos. Por eso retiro mis palabras y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza.
(Job 42,2-6)

Comprendes de pronto lo pequeño e insignificante que eres ante la inmensidad y magnificencia de Dios.

Parece como si Dios mismo te llevara al límite, para probar tu fe, fortalecerla y hacerte comprender que sin él nada podemos.

Porque así como el oro se purifica en el fuego, así también los que agradan a Dios pasan por el crisol de la humillación. (Siracides 2,5)

A Él le agradan los hombres humildes, sencillos, rectos de corazón. Y nos enseña a ser como desea que seamos. 

Tema: Eucaristía y silencio

Es condición indispensable para escuchar y encontrarnos con Dios. El encuentro con Dios se da en el silencio del alma.
 
Eucaristía y silencio

La vida crece silenciosamente en el oscuro seno de la tierra y en el seno silencioso de la madre. La primavera es una inmensa explosión, pero una explosión silenciosa.

Dios fue silencioso durante muchos siglos, y en ese silencio se gestaba la comunicación más entrañable: el diálogo entre Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Qué es el silencio?

Es esa capacidad interior de saber estar reposado, calmado, controlando y encauzando los sentidos internos y externos. Es esa capacidad de callar, de escuchar, de recogerse. Es esa capacidad de cerrar la boca en momentos oportunos, de calmar las olas interiores, de sentirse dueño de sí mismo y no dominado o esclavo de sus alborotos.

Uno de los males de la actualidad es el aburrimiento, que se origina de la incapacidad del hombre de estar a solas consigo mismo. El hombre de la era atómica no soporta la soledad y el silencio, y para combatirlos echa mano de un cigarrillo, una radio, la televisión, y para evadirse del silencio se echa ciegamente en brazos de la dispersión, la distracción y la diversión.

¿Para qué sirve el silencio?

Es muy útil para reponer fuerzas, energías espirituales, calmarse, para encontrarnos con nosotros mismos, para conocernos mejor, más profundamente.

Es imprescindible para ser creativos. Todo artista, científico, pensador, necesita desplegar en su interior un gran silencio para poder generar percepciones, ideas, creaciones. Los grandes genios del arte y de la literatura fueron hombres que dedicaban mucho tiempo al silencio. Y de esos momentos de silencio brotaron las grandes obras. Es lo que llamamos el silencio creador, fecundo, productivo.

Es condición indispensable para escuchar y encontrarnos con Dios. Jamás le escucharemos si estamos sumergidos en el oleaje de la palabrería, dispersión, agitación. El encuentro con Dios se da en el silencio del alma. Así lo dice santa Teresa de Jesús: “Pues hagamos cuenta que dentro de nosotros está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas –en fin, como para tal Señor-, y que sois vos parte de que aqueste edificio sea tal, como a la verdad lo es (que es ansí, que no hay edificio y de tanta hermosura como un alma limjpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras), y que en este palacio está este gran Rey y que ha tenido por bien ser vuestro Padre y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón” (Camino de perfección, 28, 9).

Y san Juan de la Cruz nos susurra al oído: “El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí mismo con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen...Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste?” (Cántico espiritual, 1, 6).


¡El valor del silencio!

Las grandes decisiones en la vida nacieron de momentos de silencio.

Necesitamos del silencio para una mayor unificación personal. La mucha distracción produce desintegración y ésta acaba por engendrar desasosiego, tristeza, angustia.

Hay diversas clases de silencio.

Jesús nos dijo: “cierra las puertas”. Cerrar las puertas y ventanas de madera es fácil. Pero aquí se trata de unas ventanas más sutiles, para conseguir ese silencio.

Está, primero, el silencio exterior, que es más fácil de conseguir: silencio de la lengua, de puertas, de cosas y de personas. Es fácil. Basta subirse a un cerro, internarse en un bosque, entrar en una capilla solitaria, y con eso se consigue silencio exterior.

Pero está, después, el silencio interior: silencio de la mente, recuerdos, fantasías, imaginaciones., memoria, preocupaciones, inquietudes, sentimientos, corazón, afectos. Este silencio interior es más difícil, pero imprescindible para oír a Dios e intimar con Él.

Los enemigos del silencio son la dispersión, el desorden, la distracción, la diversión, la palabrería, la excesiva juerga, risotadas, la velocidad, el frenesí, el ruido.

¿Qué relación hay entre eucaristía y silencio?

El mayor milagro se realiza en el silencio de la eucaristía. Las más íntimas amistades se fraguan en el silencio de la eucaristía. Las más duras batallas se vencen en el silencio de la eucaristía, frente al Sagrario. La lectura de la Palabra que se tiene en la misa debe hacerse en el silencio del alma, si es que queremos oír y entender. El momento de la Consagración tiene que ser un momento fuerte de silencio contemplativo y de adoración. Cuando recibimos en la Comunión a Jesús ¡qué silencio deberíamos hacer en el alma para unirnos a Él! Nadie debería romper ese silencio.

Las decisiones más importantes se han tomado al pie del silencio, junto a Cristo eucaristía. ¡Cuántas lágrimas secretas derramamos en el silencio! Juan Pablo II cuando era Obispo de Cracovia pasaba grandes momentos de silencio en su capillita y allí escribía sus discursos y documentos. ¡Fecundo silencio del Sagrario!

Así lo narra Juan Pablo II en su libro “¡Levantaos! ¡Vamos!”: “En la capilla privada no solamente rezaba, sino que me sentaba allí y escribía...Estoy convencido de que la capilla es un lugar del que proviene una especial inspiración. Es un enorme privilegio poder vivir y trabajar al amparo de este Presencia. Una Presencia que atrae como un poderoso imán...” .

Preguntemos a María si el silencio es importante. El silencio de la Virgen no es un silencio de tartamudez e impotencia, sino de luz y arrobo...Todos hablan en la infancia de Jesús: los ángeles, los pastores, los magos, los reyes, Simeón, Ana la Profetisa...pero María permanece en su reposo y sagrado silencio. María ofrece, da, recibe y lleva a su Hijo en silencio. Tanta fuerza e impresión secreta ejerce el silencio de Jesús en el espíritu y corazón de la Virgen que la tiene poderosamente y divinamente ocupada y arrebatada en silencio. 

Tema: Santiago el Mayor, al amor por el dolor

En la figura del Apóstol Santiago, el amor verdadero se curte en el dolor y en la cruz.
 
Santiago el Mayor, al amor por el dolor
Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé (Mc 15,40), hermano del Apóstol Juan, fue uno de los tres discípulos más cercanos a Jesús: testigo de la curación de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31), de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37-43), de la transfiguración de Cristo (Mc 9,2-8) y de la agonía de Getsemaní (Mt 26,37).

La vocación de Santiago está relatada de forma precisa: "Caminando adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando las redes, y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron" (Mt 4, 21-22). Era de temperamento fuerte, pues enfadado por el rechazo de los pueblos samaritanos a Cristo, le proponen hacer bajar fuego del cielo (Lc 9,54-56). Cristo, ante la petición materna por sus hijos, le anuncia el martirio (Mt 20,21-28).

Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Santiago cómo el amor verdadero se curte en el dolor y el la cruz. Sin duda, la cruz de Cristo es para nosotros el signo más evidente y claro del amor loco de Dios al hombre.

Amor y dolor constituyen dos términos de una misma realidad. Más aún, no puede existir el uno sin el otro. Un amor que no comportara sufrimiento, renuncia, sacrificio ya de entrada sería sospechoso. Un dolor que no se viviera con amor sería asimismo estéril e inútil. Justamente o el amor abre la puerta al dolor para demostrarse auténtico y el dolor se funde en el amor para vivirse en paz, o todo suena a patraña y a mentira. De hecho, cuando levantamos los ojos a la Cruz de Cristo, es cierto que vemos a un crucificado, pero sobre todo vemos en la Cruz el amor loco de Dios por nosotros. A través del dolor de Cristo comprendemos ese amor personal e infinito que nos tiene. Si en la cruz no hubiera amor, sería simplemente una estupidez. Por eso, como dice S. Pablo, la cruz es Aescándalo para los judíos , necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios@ (1 Cor 1, 23-24).


Al hombre de hoy de siempre la Cruz se le presenta como una realidad que inspira temor y rechazo. La sociedad siempre nos está prometiendo una vida fácil, cómoda, agradable, en la medida de lo posible ajena al sacrificio, al esfuerzo, al dolor. Por eso nos resulta tan difícil escoger el camino de Dios, y tan fácil seguir el derrotero del mundo. Sin embargo, la realidad es que nadie puede escapar a la presencia de la cruz y del dolor. Hay mucho tipo de cruces: cruces de todos los tamaños y de todos los colores, cruces más sangrantes y más profundas, cruces más llamativas y más calladas. El destino del hombre sobre la tierra pasa por la cruz en su camino hacia Dios. Si es inútil el querer escapar de su presencia; es todavía más bochornoso el vivir la cruz sin esperanza, sin amor, porque entonces la cruz amarga la vida y produce rebeldía.

El amor se convierte, por ello, en la única respuesta válida a todos los sacrificios, sufrimientos, luchas y trabajos del hombre. No se puede evitar la cruz en cualquiera de sus formas, pero siempre se puede vivirla con amor para darle sentido. Si esto se entendiera, los seres humanos verían en las dificultades de la vida, cualquiera de ellas, una forma de amor. Los problemas cotidianos de un matrimonio son ocasiones maravillosas para demostrarse un amor genuino y auténtico; los sufrimientos por los hijos se transforman en modos de amor más profundos que el simple cariño; los esfuerzos que exige la fe adquieren para ella el brillo de la autenticidad y de la verdad; el sacrificio en el seguimiento de Dios nos demuestra que Dios es demasiado grande y maravilloso para nosotros. Hay que sospechar generalmente de realidades que no cuestan, de matrimonios que no cuestan, de evangelios que no cuestan, de pertenencias a la Iglesia que no cuestan, de amores que no cuestan.

El dolor es, pues, la garantía del verdadero amor. Sólo es capaz de sufrir el que ama. Contemplamos así la vida de tantas personas que en el silencio de sus vidas, día a día, es el amor el que las impulsa a ir adelante, a pesar de todo y contra todo. Van adelante en su vida espiritual, aunque les atenace la sequedad; se humillan en el matrimonio esperando mejores momentos para solucionar las crisis; rezan con confianza a Dios cuando los hijos están pasando por momentos especialmente complicados; perseveran en las decisiones buenas, aunque a veces parezca que carecen de fuerza para seguir adelante. Sería extrañísimo e incluso desilusionador el amar sin tener que sufrir. Mas aun, el que ama se complace en el sufrir por aquél a quien ama. Hay santos que del cielo lo único que no les gusta es el no poder sufrir ya.

El Evangelio a través de dos evangelistas nos refiere de forma parecida, pero con matices diversos, una simpática escena en la que se pide para Santiago y Juan, su hermano, un lugar privilegiado en el Reino de Cristo. En Mt 20,21-28 es la madre de éstos, Salomé, quien eleva esta petición a Cristo. Y en Mc 10, 35-45 son ellos mismos directamente quienes hacen esta petición. Jesús en ambos relatos les dice que no saben lo que están pidiendo y les lanza esa misteriosa pregunta si pueden beber del cáliz que él va a beber. Ellos afirman que sí. Pero Jesús les anuncia que efectivamente van a beber el cáliz, pero respecto al sitio a su derecha e izquierda es para aquellos para quienes esté preparado.

"Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda" (Mc 10, 37). No hay duda de que es el amor el que impulsa a estos dos hermanos a pedirle a Cristo un privilegio tan extraordinario. Por el carácter apasionado, al menos de Santiago, suena lógico que quisiera estar cerca del Maestro en su gloria. El amor empuja hacia el amado de una forma irresistible. Sin embargo, para Santiago en este momento todavía el amor es un sentimiento, un impulso, una inclinación.

Es bello, pero no ha sido probado por el dolor. Aunque posteriormente se enfaden los demás por esta petición tan osada, no hay que quitarle valor a este deseo de los dos hermanos. Y Cristo la comprende. ¿Quién de los Apóstoles no desearía algo tan maravilloso? A Santiago no le bastaba la cercanía; quería la intimidad, la posesión, la totalidad.

"¿Podéis beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10, 38). Cristo enseguida trata de hacerle comprender con esta dura pregunta que para poder decir que se ama es necesario decirlo con el dolor. Si quiere de veras amarlo a Él, estar cerca de Él, compartir todo con Él, tendrá que beber su cáliz, cáliz que es Getsemaní, cáliz que es la muerte en la Cruz, cáliz que es la renuncia total a sí mismo. De esta forma Cristo toca la verdad más hermosa del amor: no se puede amar, cuando el amor no cuesta, o también el dolor es el modo más genuino y auténtico de amar. Seguramente en la vida es así: hasta que el amor no ha sido purificado por el dolor, no se puede decir que se ama en serio.

"Sí, podemos" (Mc 10,39). Del corazón decidido y generoso de Santiago salen estas palabras que confirman por un lado que ha entendido lo que el Maestro le ha enseñado acerca del amor a él y por otro que está dispuesto a seguir la suerte del Maestro hasta donde sea necesario, incluida la muerte. Jesús le confirma que efectivamente va a beber la copa que él va a beber y a ser bautizado con ese bautismo de sangre que será su muerte, pero le anuncia que sentarse a su derecha o a su izquierda no puede él concederlo. De alguna manera, todavía Cristo le orienta hacia un amor desprendido. El premio del que ama sólo es amar. Así el amor llega a su plenitud. Si se muere por él, no es para conseguir un lugar privilegiado en su Reino, sino simplemente para poder demostrar el grado de amor que invade su corazón, pues "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos".

Para nosotros cristianos se convierte en una prioridad absoluta el aceptar la cruz y el dolor como la expresión más auténtica y genuina de nuestro amor a Dios, de nuestro amor a los demás y de nuestro amor a nosotros mismos. En todos estos campos se sigue realizando aquel camino de "a la luz por la cruz". Queremos que nuestro amor a Dios no se quede en meras palabras, deseamos que nuestro amor a los demás no se convierta simplemente en uso de los demás para nuestro egoísmo, pretendemos crecer como personas en el bien auténtico, tenemos que aceptar la cruz, amarla intensamente y vivirla en todas sus exigencias.


Nos tenemos que convencer de que el amor a Dios no son simplemente palabras, como nos enseña Cristo. El amor a Dios nos tiene que doler, es decir, tiene que vivirse en los momentos más difíciles para nosotros: cuando sentimos la oscuridad en la fe, cuando sentimos la desgana ante las cosas espirituales, cuando nos cuesta especialmente alguna exigencia del Evangelio como el perdón o la humildad, cuando tenemos que renunciar a nosotros mismos para aceptar el misterio de Dios, cuando tenemos que doblegar nuestro racionalismo ante la evidencia de la fe, cuando tenemos que aceptar el hecho de que el perdón de los pecados se confiera a través del sacramento del perdón, cuando en la persona del Vicario de Cristo tenemos que ver a Cristo mismo, cuando en el Magisterio de la Iglesia tenemos que reconocer a Cristo Maestro que nos habla por medio de sus representantes. Cuando me cueste amar a Dios, entonces estaré afirmando que mi amor a él es auténtico. Por el contrario, tenemos que sospechar cuando el amor a Dios nos resulte fácil, cómodo, tranquilo. Entonces no estaremos amando a Dios, sino buscándonos a nosotros mismos.

Y, ¿qué decir del amor a los demás? La esencia del amor es darse y entregarse, lo cual va en contra necesariamente de esa tendencia tan habitual en el hombre que es el egoísmo. Cada acto de amor es como una renuncia a uno mismo, lo cual se experimenta como dolor, aunque el amor sea capaz de darle un hermoso sentido. Por ello, tenemos que decidirnos a pasar por encima de nuestro egoísmo, aunque nos duela, cuando en casa nos resulte complicado sacrificarnos por los hijos o salir de nuestro mundo para entrar en contacto con el mundo de la mujer, cuando en el mundo profesional sintamos ganas o deseos de complicar la vida a cualquier precio a quienes compiten contra nosotros, cuando en la vida diaria sentimos que otros han pisoteado nuestros sentimientos y nos encontramos dolidos, cuando tenemos que mortificar nuestra lengua o nuestro pensamiento para no caer en el juicio temerario o en la crítica frívola, cuando hay que levantarse de la comodidad para servir y colaborar. Es natural que el amor a los demás esté hecho de renuncias propias, es decir, de gotas de dolor que, en este caso, sólo embellecen la propia vida.

Y finalmente, el amor verdadero a uno mismo tiene que aliarse con el dolor. Generalmente, porque nos atenaza la comodidad y no queremos sufrir, nos privamos a nosotros mismos de grandes posibilidades. No cultivamos nuestra mente, porque nos cuesta leer y formarnos, no desarrollamos los talentos que Dios ha depositado en nosotros, porque afirmamos que la vida en sí misma es ya muy complicada, no cuidamos muchas veces hasta nuestra misma salud porque no queremos renunciar a nuestros gustos y caprichos. Amarse correctamente a uno mismo es disponerse a luchar y a sufrir con el objetivo de crecer como persona, pasando por encima de criterios de comodidad y de pereza. En cambio, el amor a nosotros mismos, que nos destruye, es ese amor que nos lleva a buscar en cada momento lo fácil, lo barato, lo vulgar, en todo lo cual no hay renuncia, sacrificio, esfuerzo.


La Cruz de Cristo se ha convertido a lo largo de los siglos en ese monumento, visible desde todas partes, del amor loco de Dios al hombre. Pero sería triste que la Cruz sólo suscitara en nosotros admiración. La Cruz debe inspirar seguimiento. La Cruz con Cristo para nosotros se convierte en camino de salvación y de progreso espiritual. La Cruz nos es necesaria en la vida para poder autentificar el amor a Dios. La Cruz nos es fundamental en la vida para poder demostrar a los demás la sinceridad de nuestro amor. La Cruz nos es clave en la vida para poder salvarnos y ser felices en nuestro peregrinar por la tierra. Dígamosle a Cristo con las palabras de Santiago Apóstol que queremos bebe el cáliz que él va a beber y ser bautizados con el bautismo que él va a ser bautizado. 

Tema: Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo

Es el Espíritu Santo a quien tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar.
 
Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo
Es jueves, Señor, y estoy frente a ti...

Voy a empezar este diálogo con una invocación al Espíritu Santo:

"Oh, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo. Inspírame ser siempre razonable en mi pensar, acertar lo que voy a decir, cuando me convienen hablar y cuando me conviene callar, ilumíname para escribir, impúlsame para actuar, que tengo que hacer para saber perdonar procurando tu mayor gloria y bien de las alma y mi propia santificación. ¡Espíritu Santo ilumina mi entendimiento y fortalece mi voluntad!. Amén"

Yo se que esta oración te agrada porque cuando te llegó el momento de partir hacia el Padre, tu corazón de hombre supo de la pena, de lo que es una despedida... Dejabas a tu Madre que tanto amabas....la dejaste al cuidado y protección de Juan, pero...."la dejabas".... a tus queridos amigos, a las personas que te seguían fieles y que tanto estimabas.

Por eso nuestra fe, nuestra religión es única y verdadera por ser revelada cuando dijiste: - "Si me amais guardareis mis mandamientos y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito (abogado y consejero) para que esté con vosotros para siempre. Espíritu de verdad a quién el mundo no puede recibir porque no lo ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceis porque mora en vosotros y en vosotros está". Juan 14, 15-17.

Tu, Jesús, nos enseñaste esta gran verdad... ¡y qué poco pensamos en ella !

El Espíritu Santo que es el Espíritu de Dios, no tiene otro deseo que el que le llamemos, ¡ven Espíritu Santo! para venir en nuestra ayuda en medio de nuestras tristezas y desolaciones...

¡Qué poca fe, Señor, perdónanos!

El es una fuente de gracias y de inspiraciones para llevarnos a obrar, en todos los momentos de nuestra vida con la seguridad de poder acertar en el seguimiento de la voluntad de Dios. Es la Tercera persona de la Santísima Trinidad. Es Dios de la misma sustancia divina que el Padre y el Hijo pero al mismo tiempo una Persona distinta de las otras dos, pero solo hay un Dios.

Y ese Dios-Padre por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue engendrado y se hizo hombre y es Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque es el AMOR de ambos.

Y ese AMOR y ese ESPIRITU lleno de Dios es al que tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar. En este diario vivir que siempre nos salen al paso diferentes alternativas y decisiones y muchas veces son tan importantes que dudamos ante ¿dónde estará lo correcto?.
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Y hoy, Señor, al acercarnos a tu presencia en el Sagrario, pienso que ya estamos en el momento en que tu Iglesia y nosotros sus fieles, vamos a tener la conmemoración del GRAN DÍA DE PENTECOSTES. "La venida del Espíritu Santo" Ese Espíritu formado del amor entre el Padre y el Hijo por eso es, el Espíritu de Dios.

Te fuiste para que se cumplieran tus palabras: "si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros, pero si ve voy, os lo enviraré". Y la promesa se cumplió.

Para San Lucas es el nacimiento de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. El, desciende sobre la comunidad de los discípulos, asiduos y unánimes en la oración reunida con María. "Podemos decir, por tanto, que la Iglesia comienza porque el Espíritu Santo entra en una comunidad que ora, que se mantiene unida y cuyo centro son María y los apóstoles". (Segmento de un artículo de Josept Ratzinger, Benedicto XVI).

El Espíritu Santo tiene siete dones:

  • Sabiduría: Que nos hará gustar de Dios y saborear sus cosas, aumentando nuestro amor a El. 
  • Entendimiento: Luz para entender, no los misterios de Dios, sino para entender y rendirnos a su Voluntad. 
  • Consejo: Prudencia a la hora de hablar y de escuchar y se unirá a la Sabiduría cuando se nos pida un consejo y también cuando se debe callar. 
  • Fortaleza: Saber y ayuda a superar miedos y dificultades. 
  • Ciencia: Conocer mejor las cosas de Dios y de lo hombres. 
  • Piedad: Intensificar la relación con Dios y con el prójimo. 
  • Temor de Dios: Humildad, dolor y respeto por nuestros pecados.

    En todos los momentos de nuestra vida, y en algunos muy especialmente, tenemos que pedir al Espíritu Santo, diciéndole : ¡Ven Espíritu Santo ! ya que El es, el Espíritu

    Vivamos esta gran maravilla de Dios que desea que nos acompañe el GRAN CONSOLADOR.

    Salimos y dejamos tu sacramental presencia en el Sagrario reconfortados por esta reflexión de hoy donde has puesto en nuestro corazón la fortaleza y la paz de ese tu Gran Espíritu.

    ¡Gracias, Jesús ! 
  • Tema - Bergoglio acabó viendo en la Renovación Carismática una 'corriente de gracia'

    El papa Francisco acudirá en Roma al Estadio Olímpico, el próximo 2 de junio. Pero no será para un evento deportivo, sino para acompañar a más de 50 mil miembros de la Renovación Carismática Católica (RCC) en su encuentro nacional anual. Los 90 minutos que el Santo Padre pasará allí, será un tiempo de acogida, oración, cantos, testimonios, diálogo y escucha. Para conocer un poco más de la relación del cardenal Bergoglio con este movimiento, ZENIT ha entrevistado a Pino Scafuro. Casado, con dos hijos, tiene 48 años y es industrial. Scafuro es coordinador de la RCC de Buenos Aires y vicepresidente de la Fraternidad Mundial de Comunidades de la Renovación Carismática.

    El mismo Francisco contó que al principio pensaba que en la Renovación "confunden una celebración con una escuela de samba" pero ha afirmado que se "convirtió" cuando vio el bien que hacían.

    Podría hablarnos de la realidad actual de la Renovación Carismática en Argentina
    -- Pino Scafuro: La Renovación Carismática en Argentina ha sido reconocida primero por el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio y luego por la Conferencia Episcopal Argentina como una “corriente de gracia”, compuesta por múltiples expresiones suscitadas por el Espíritu Santo: grupos de oración, comunidades de alianza, comunidades religiosas, comunidades ecuménicas, etc.
    Esta concepción amplia le otorga un excepcional espacio para la creatividad  y el despliegue de carismas, buscando más formas de anunciar a Jesucristo.
    Queremos seguir manteniendo esa gracia inicial de la unidad en la diversidad, que es obra del Espíritu Santo, como siempre remarcó.

    ¿Cómo fue el primer contacto del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina?
    -- Pino Scafuro: La corriente carismática católica comenzó hace más de cuarenta años en Argentina. Las  primeras comunidades de oración fueron iniciadas por religiosos trinitarios y jesuitas. En aquel entonces, era una espiritualidad desconocida en la Iglesia, que crecía veloz y espontáneamente, a veces con falencias propias de una experiencia nueva, para quienes participaban y para quienes debían vigilarla.
    En aquel entonces, el joven padre Jorge Mario Bergoglio era el provincial de los jesuitas y le tocó pedir prudencia a sus animadores.

    En una ocasión, el Santo Padre Francisco dijo, hablando sobre RCC, que "a  finales de los 70, inicios de los 80, yo no los podía ver, y que había dicho: 'éstos confunden una celebración con una escuela de samba'. Pero que después se arrepintió porque "lo conocí mejor, es verdad que el movimiento tiene buenos asesores y ha ido en un buen camino". ¿Cómo era la relación del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina? 
    -- Pino Scafuro: Luego del período al que hice referencia antes, en la década del 90, siendo el ya obispo auxiliar y luego arzobispo de Buenos Aires, comenzamos a tener una relación cada vez más estrecha y paternal.
    Fue aprobando, apoyando y participando en muchas actividades nuestras, las que cada vez tenían mayor proyección. Los programas de formación, retiros, eventos de evangelización y los encuentros que fomentamos de unidad de los cristianos e interreligiosos, entre otros.
    Ese acompañamiento y apoyo, muchas veces, tenía un énfasis que nos sorprendía.
    También lo repitió, como Papa, en la conferencia de prensa del avión de regreso de Río de Janeiro, cuando dijo: “En Buenos Aires, yo me reunía frecuentemente y una vez al año celebraba la misa con todos ellos en la catedral. Les he apoyado siempre, cuando me he convertido, cuando he visto el bien que hacían.  Pero ¿cómo se puede sostener un movimiento que es tan libre? También la Iglesia es libre. El Espíritu Santo hace lo que quiere. Además, Él hace el trabajo de la armonía…” En esta respuesta el Santo Padre expresa su reconocimiento de la naturaleza de la Renovación Carismática “un movimiento que es tan libre…” Esto nos llena de alegría.

    ¿Ha tenido ocasión de comunicarse con él después de haber sido elegido Sucesor de Pedro?
    -- Pino Scafuro: Sí, pude saludarlo brevemente en Roma. Lo encontré muy animado y al tanto de los detalles, como siempre.

    ¿Cómo definiría al cardenal que usted conoció?
    -- Pino Scafuro: Como un obispo siempre a disposición de sus sacerdotes, de los laicos y de quienes solicitaban su consejo o ayuda, especialmente de los pobres. Los pobres y los excluidos han sido siempre su prioridad.  Un pastor según el Evangelio. Un hombre lucido y realista, un hombre de oración y un digno hijo de san Ignacio de Loyola. Sabio y sencillo. Escucha con atención a todos, pero luego toma decisiones de forma libre y firme.

    El papa Francisco acudirá al Estadio Olímpico de Roma el día 1 de junio para el encuentro italiano de la Renovación, ¿qué  supondrá este gesto del Papa para la RCC en concreto y para la vida de los movimientos en general?
    -- Pino Scafuro: Será un encuentro internacional de la Renovación Carismática Católica en sus múltiples expresiones. Un gesto más del Santo Padre de su cercanía a la Renovación Carismática  de los tantos que ya dio en Buenos Aires. De hecho, ya estaba nombrado por la Conferencia Episcopal como asistente espiritual de la Renovación Carismática en la Argentina, a hacerse efectivo a su vuelta del Cónclave… cosa que no sucedió, como todos sabemos.
    Sobre los movimientos, también dice en la conferencia de prensa en el avión: “Creo que los movimientos son necesarios. Los movimientos son una gracia del Espíritu”. Este encuentro será de gran bendición.

    Hace más de un año inició el pontificado de Francisco, y sigue sorprendiendo con sus gestos, sus palabras, ¿quienes ya le conocían también se sorprenden?
    -- Pino Scafuro: No, no nos sorprende. ¡El no cambió!. Estamos acostumbrados a sus gestos y a sus palabras porque así era como arzobispo de Buenos Aires.

    ¿Hay algún episodio de la relación de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires con la RCC que recuerde de forma especial?
    -- Pino Scafuro: Sí, a nivel institucional, que haya ha reconocido a la Renovación Carismática como una “corriente de gracia”. Esto significa que no reconoce fundador humano. Fue suscitada por el Espíritu Santo. Y esta realidad nos compromete a vivir en la libertad del Espíritu, “que hace la armonía”, como lo expresa el Papa Francisco.
    Pero además, nos conmovió su involucramiento personal en las distintas situaciones, a veces complejas, que se planteaban en la RCC, para ayudarla a crecer y fructificar. A nivel del contacto humano, es de destacar su proximidad y sin dejar de lado la profundidad, exhibe buen humor.
    En una de las oportunidades de las que concurrió a la Escuela de Formación de la Renovación Carismática de Buenos Aires, Bergoglio habló de la Iglesia como su “esposa”. Entonces yo le pregunté públicamente, frente a cientos de personas: "¿Cómo se lleva con su esposa?" Él me respondió: "Muy bien, pero quiero aclararles que tengo un beneficio a mi favor ¡No tengo suegra!".
    Luego de cada evento en los que participaba con nosotros, se ocupaba de saludar uno a uno a los asistentes. La situación era de gran fricción entre la muchedumbre y ciertamente corría riesgos de desestabilizarse con los empujones de la gente que quería saludarle o pedirle su bendición.
    En una oportunidad le dije: "¡Padre salude desde arriba del escalón para estar más resguardado!" Y luego él me dijo: "Me gusta estar al mismo nivel de la gente, no desde arriba". No volví a recomendárselo y esa situación me hace entender su actual contacto tan cercano con la gente, siendo obispo de Roma.

    Tema: ¿Por qué rezamos el Regina Coeli y no el Ángelus en tiempo Pascual?

    Durante el tiempo pascual, la Iglesia Universal se une en la oración del Regina Coeli o Reina del Cielo por la alegría, junto a la Madre de Dios, por la resurrección de su Hijo Jesucristo, hecho que marca el misterio más grande de la fe católica.
    El rezo de la antífona de Regina Coeli fue establecida por el Papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual, desde la celebración de la resurrección hasta el día de Pentecostés, al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.
    De la misma manera que el Ángelus, el Regina Coeli se reza tres veces al día, al amanecer, al mediodía y al atardecer como una manera de consagrar su día a Dios y la Virgen María.
    No se conoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los Frailes menores Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.
    La oración:
    G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.
    T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.
    G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.
    T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
    G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
    T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.
    Oremos:
    Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
    Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. (tres veces)

    Tema: Vivir la Pureza del Corazón

    Vivir la pureza de corazón.

    El mundo gira en un ritmo frenético y a veces parece que hasta perdemos el aliento en el  tener que dar cuenta de todas las demandas de nuestra existencia. Hay tantas cosas por hacer que corremos el riesgo de perdernos de nosotros mismos y olvidar el gran deseo de felicidad sincera que tenemos dentro del ¡corazón!
    Vivir se vuelve la tarea más linda y desafiante de todas, vivir de verdad y no fingir que se vive. Tener una vida sincera, con pureza de corazón y esfuerzo de vida... ¡Eso sí nos vuelve felices de verdad!
    Pero parece que hablar de pureza de corazón se vuelve algo medio “retro” medio “edad media”. ¿Será que lo es?
    ¡Creo que no! Pureza quiere decir la calidad de aquello que es, de aquello que no ha sido alterado, mezclado, se dice respeto a la esencia y a accidentes. Ser puro de corazón es ser aquello que si es sin las alteraciones que depura nuestra esencia.
    Pero en un mundo que nos exige tanto y hasta parece que nos perdemos de nosotros mismos, ¿será posible ser puros de corazón?
    ¡Totalmente posible! Comparo la búsqueda por la pureza de corazón al proceso de reeducación alimentar. Precisamos sacar de nuestro día a día alimentar todo aquello que nos perjudica. No da para abrir concesiones. ¡Necesitamos sacar mismo! El no que tiene fuerza de un sí. No a eso que me hace mal y sí a aquello que me hace bien, y me vuelve un bien
    Ya pensaste si una persona que está viviendo un proceso de reeducación se alimenta y que al ver un postren un pedazo de torta de chocolate con cobertura de chocolate y relleno de dulce de coco ella no consigue decir no y ¿parte para el ataque? Si no consigue decir no a la torta ¿cómo podrá decir no para un e-mail pediendo para mirar pornografía en Internet, o un no para una invitación para aspirar cocaína, o un no a un noviazgo fuera de la castidad? El ayuno es una forma maravillosa de crecer en el dominio de nuestras pasiones. Si eso aún no es parte de la vida de una persona, ella debe comenzar con un simple sacrificio que sea relativamente fácil de poner en práctica.
    Cuando los deseos surgen como un volcán en erupción necesitamos encararlos de frente en vez de reprimirlos, no da para decir: “sólo un poquito no hace mal”. ¡Ni pensarlo! ¡Aquel poquito irá arrastrarnos al fondo del pozo! Pureza de corazón es asumirse en tus manos aquel deseo y en este momento ofrecérselo a Dios, a Jesús en la Cruz, pues Él llevó sobre si nuestras transgresiones. Al hacer eso, "el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2764).
    La Jornada Mundial de la Juventud nos ofrece varias oportunidades de vivir esta experiencia. Un encuentro con Jesús, con otro y consigo mismo. Tendremos esparcidos por la ciudad carioca innúmeros shows y espectáculos, literalmente un “Festival de la Juventud”. En todos estos lugares tendrás la oportunidad de vivir esta ¡pureza de corazón! Saber aprovechar lo mejor de tu juventud sin perderte ¡de ti mismo! ¡Créelo! Tu “sí” y tu “no” determinará ¡un corazón puro! ¡Sé tú mismo y deja a Dios ser todo en ti!
    “Sin duda, la vida sólo puede valer si tienes el coraje de la aventura, la confianza de que el Señor nunca nos dejará solos.” (Benedicto XVI, discurso 21 de marzo 2009)

    Tema - Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014‏


    Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014

    El estilo de Dios: Jesús con su pobreza nos libera y enriquece. «Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza»

    Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va

    Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

    Queridos hermanos y hermanas:

    Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?


    La gracia de Cristo

    Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros...». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
    La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino -dice san Pablo- «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). 

    ¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su "yugo llevadero", nos invita a enriquecernos con esta "rica pobreza" y "pobre riqueza" suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

    Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

    Nuestro testimonio

    Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

    A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

    No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros -a menudo joven- tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera. 

    El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

    Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

    Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

    Vaticano, 26 de diciembre de 2013
    Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

    Tema: Endulce su matrimonio con los frutos del Espíritu Santo


    ¿Dulzura o amargura? ¿Qué frutos está produciendo su Matrimonio? (Gálatas 5:22-23)

    Un matrimonio, marido y su mujer, escucharon atentamente una conferencia sobre cómo amarse. Sí, escucharon, semana tras semana, mes tras mes. ¡Pero no lo hacían!. El consejero intentaba desesperadamente mostrarles cómo salvar su matrimonio, pero el matrimonio no mejoró sino que empeoró. Esa unión fracasó. Su triste final fue el dolor y la tristeza de un divorcio. ¿Por qué? Tal vez el matrimonio suyo no es tan feliz como debiera ser. ¿Quisiera saber por qué?. A veces pensamos aprovechar la ayuda del Espíritu Santo para superar nuestros pecados, pero no la usamos para superar uno de los pecados más grandes de todos: Un matrimonio desdichado.

    Volvamos al primer matrimonio para ver qué nos enseña. Dios dijo en Génesis 2:18ss: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él”. Adán se sentía solo. Buscó compañía, aun entre los animales, pero no la halló. Entonces Dios lo hizo caer en un sueño profundo, y tomando una de sus costillas hizo una mujer. Cuando Adán despertó, Dios le presentó a Eva. ¿Cuál fue la reacción del hombre? ¿Fue acaso una afirmación tranquila y serena: “Esto es ahora hueso de mis huesos”. La palabra hebrea para “ahora” es pa’am. Su significado es algo mucho más intenso que un simple “ahora”. Pa’am significa “impulsar” o “mover”. ¡Y Adán estaba conmovido! Ciertamente lo estaba cuando vio a Eva. Era algo así como un volador encendido. Se puso feliz. Pensó que Eva era todo lo que le faltaba para ser dichoso, que era la respuesta a todos sus problemas.

    Pero Dios sabía que no era así. Porque no sólo de su cónyuge vive el hombre sino de toda palabra de Dios. Dios, pues, entró en la vida de esta primera pareja y celebró la primera boda. No fue únicamente cuestión de honra sino un ejemplo para todas las parejas futuras. El Creador los casó, pues no podrían alcanzar la verdadera felicidad conyugal si Dios no moraba en ellos (por medio del Espíritu Santo). Es Dios en medio de la pareja, Dios que mora en el esposo y la esposa, lo que crea una unión feliz y duradera.

    Lamentablemente, Adán y Eva rechazaron a Dios en su matrimonio. ¿Cómo? Rechazando el árbol de la vida. Si Adán y Eva hubieran escogido el árbol de la vida, su matrimonio habría sido bendecido con todos los frutos dulces y hermosos del Espíritu. Pero escogieron el árbol de la ciencia del bien y del mal. Este árbol trajo a su matrimonio las obras marchitas, cáusticas y amargas de la carne (Gálatas 5:19-21). Sin Dios en su vida, la unión de Adán y Eva se convirtió en una competencia para obtener y quitar el uno del otro. Perdieron su precioso hogar en el Edén (Génesis 3). Ahora bien, ¿cómo anda el matrimonio suyo? ¿Qué árbol está produciendo frutos en su vida conyugal’? La respuesta está en el sabor: dulce o amargo. Usted es el juez. Ciertamente, todos queremos que nuestro matrimonio se endulce, pero ¿cómo promover en él los frutos del espíritu? El arrepentimiento es la clave que nos da acceso al árbol de la vida y a todos sus frutos. Arrepentirse es cambiar. Es dar media vuelta. Y para cambiar, se necesita que nuestra mente esté subyugada y sometida. Hay que sacar el “yo” y los deseos egoístas, porque el egoísmo es el principal enemigo de la felicidad conyugal. El apóstol Pablo se arrepintió y entregó toda su vida a Dios. Hizo morir su mente carnal con el yo y los caminos egoístas. Refiriéndose a su vida escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

    El arrepentimiento significa la muerte de nuestros caminos egoístas y la sumisión total a Dios. Y es el único camino que lleva al árbol de la vida. Tenemos que alejar el yo para que Dios pueda morar en nosotros por medio de su Espíritu. En nosotros no hay espacio para el yo y para Dios. Uno de los dos tiene que salir. ¡Que sea el yo carnal!. Hagamos lo que nos dice el apóstol Pedro: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
    Ahora veamos los frutos del Espíritu que endulzarán su matrimonio. Están enumerados en Gálatas 5:22-23

    AMOR

    El primer fruto del Espíritu Santo que se menciona es el amor. El amor es más como la vida que como el fruto. Es el canal por el cual se dan todos los frutos. ¿Qué es amor? No es un sentimiento ni una emoción. Tampoco es la sensación que nuestro cónyuge produce en nosotros. Amor es dar. Es el compromiso consciente y voluntario de dar a nuestro cónyuge, aunque nos parezca que no lo merece, y sin esperar nada a cambio. Este amor es sobrenatural. Es lo que inspira a la persona realmente arrepentida y llena del Espíritu haciéndole dar incondicionalmente. Este amor viene solamente de Dios, y El nos lo da para que nosotros demos a nuestro cónyuge por el poder del Espíritu (Romanos 5:5).

    Jesús dijo a los fariseos egoístas: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19). Sabía que la única manera de hacerles entender el amor era haciendo alguna referencia al yo. Carnalmente, sólo nos amamos a nosotros mismos. No amamos a nuestro cónyuge salvo de una manera humana, egoísta, quizá sólo sentimental. ¿Quién, pues, amará a nuestro esposo o esposa? ¿Quién le dará los frutos preciosos del Espíritu? ¡Dios en nosotros! Solamente Dios en nosotros puede darle el amor verdadero. Nótese que usted debe dar los frutos del Espíritu Santo a su cónyuge. Usted debe ser algo así como un árbol de vida en su matrimonio. Reflexione. ¿Ha visto algún árbol que consuma su propio fruto? ¡Desde luego que no! Un árbol da fruto para que otros lo coman y lo disfruten. Los frutos del Espíritu que fluyen de usted por el poder del Espíritu Santo son para que los disfrute su cónyuge. Como dijo el sabio rey Salomón: “El fruto del justo es árbol de vida” (Proverbios 11:30).

    GOZO

    El gozo es el fruto feliz. Endulza todo el matrimonio. El gozo se de fine como una actitud positiva de regocijo y felicidad independientemente de las circunstancias. Sí, el gozo está allí aun cuando haya problemas. Esto requiere el poder constante del Espíritu Santo, no una emoción pasajera. Nuestra mente carnal y egoísta se vuelve automáticamente irritable y negativa cuando las cosas no nos favorecen. Entonces nuestro cónyuge no recibe el fruto dulce del gozo sino el fruto amargo de la tristeza, y el matrimonio empeora. Tan pronto como la mente empieza a sentirse negativa, tenemos que arrepentimos echando fuera esos pensamientos. Luego debemos pedirle a Dios que nos inspire una actitud positiva ante el problema. El gozo es contagioso. ¡Que nuestro gozo irradie de nosotros e inunde a nuestra familia!

    PAZ

    La paz es el fruto milagroso que trae armonía. Cuando le damos paz a nuestro cónyuge, la relación se vuelve serena y hay cooperación. La paz no es necesariamente ausencia de problemas. Es la capacidad de resolver esos problemas. Ninguno de nosotros es pacífico por naturaleza. Pablo dijo que de nosotros mismos ni siquiera conocemos el camino de paz (Romanos 3:17). Pídale a Dios que le muestre lo poco pacífico que usted realmente es. El le mostrará cómo los esfuerzos que usted hace por “salirse con la suya” crean conflictos. Le mostrará cómo usted ha alterado la paz muchas veces. Cuando Dios le haya desenmascarado su ánimo contencioso, usted tendrá que arrepentirse. Haga a un lado el deseo ardiente de “ganar” la discusión. Puede ganar la discusión a costa de perder su matrimonio. Déjese guiar por el Espíritu pacífico de Dios convirtiendo en acción los pensamientos de paz que Dios nos da. Démosle a nuestro esposo o esposa la “blanda respuesta” que “quita la ira” (Proverbios 15:1). “Vence con el bien el mal”, dijo Pablo (Romanos 12:21). Para pelear se necesitan dos. Para dar el fruto de paz se necesita sólo uno. Demos a nuestro cónyuge el fruto de paz, y que “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7), llene nuestro matrimonio.

    PACIENCIA

    La paciencia es el fruto que nunca se daña. Por mucho que demos de este fruto, nunca será demasiado. Es un fruto duradero. Nuestra paciencia siempre será de provecho para nuestro cónyuge, y viceversa. Mas la paciencia parece escasear en muchos matrimonios. Esposos y esposas pierden la paciencia con gran facilidad, especialmente cuando uno no le da gusto al otro como éste quiere y cuando éste quiere. Sentimos que la mecha se enciende y estallamos. O bien, ponemos mala cara porque nuestro esposo o esposa no está cambiando a nuestra entera satisfacción, no está creciendo tan rápidamente como quisiéramos o de la manera como quisiéramos. Arrepintámonos de esta actitud egocéntrica, de esta propensión a estallar, y pensemos en el futuro. Cuando sentimos que la mecha se enciende, apaguémosla antes del estallido. Todos tenemos fallas. Entréguese al Espíritu de paciencia. Pablo dijo que el verdadero amor “todo lo soporta” (1 Corintios 13:7).

    BENIGNIDAD

    La benignidad describe la naturaleza delicada del siguiente fruto. Su pulpa es blanda y tierna. ¿Qué es la benignidad? Benignidad es una delicada sensibilidad a las necesidades del otro. Captada la necesidad, la benignidad la suple con amorosa solicitud. ¡Su cónyuge necesita la benignidad de Dios impartida por medio de usted! Este fruto hará que su cónyuge se sienta seguro y fuerte en su amor. Nuestra sociedad satánica y sádica les ha robado a muchos esposos y esposas su “afecto natural” (II Timoteo 3:3). Hoy la gente cree que benignidad es debilidad. Pero lo cierto es que la falta de benignidad debilita el matrimonio. Examínese a sí mismo. ¿Es benigno con su cónyuge, o es áspero? O mejor aún (si realmente quiere saber), pregúntele al otro. Ya es hora de cambiar, hora de arrepentirse y de sepultar al viejo yo. Promueva al nuevo hijo de Dios en usted: suave, benigno y solícito (Romanos 6:4-5).

    BONDAD

    La bondad es el fruto más grande de todos. Satisface el hambre de amor como ninguna otra cosa. Bondad es tener un gran corazón. Es dar y hacer por nuestro cónyuge sin restricciones. ¿Qué ha hecho usted por su esposo o esposa últimamente’? No todo lo que podría haber hecho, ¿cierto? Seamos sinceros. Su ser carnal está pendiente de todo lo que su esposo o esposa puede hacer por usted. Todos tenemos nuestro “Amorcito por favor”: Amorcito, por favor hazme esto; Amorcito, por favor tráeme aquello. La próxima vez que esté a punto de pedirle a Amorcito que haga algo, frene y pregúntese: ¿Qué estoy haciendo yo por Amorcito? Entonces arrepiéntase de su actitud egoísta. Levántese y hágalo usted mismo Y ya que se levantó, ¡haga algo por su Amorcito también!. El amor es lo que hacemos, no solamente lo que decimos o “sentimos”. Si entregamos nuestra voluntad a Dios, El inspirará actos de bondad para con nuestro cónyuge.

    FIDELIDAD

    La fidelidad es un fruto que dará confianza e inspiración a nuestro esposo o esposa. La fidelidad es dedicación y lealtad. Pero es más aún: Es dar ánimo y seguridad. ¿Hemos estado produciendo frutos de fidelidad’? ¿Es usted fiel a su esposo o esposa? ¡Claro que si!, responderá. Pero ¿en su mente’? ¿Ha permitido que sus pensamientos se detengan en alguna otra persona? Dios Todopoderoso dice que un pensamiento infiel ya es adulterio (Mateo 5:28). Cuando esos pensamientos lascivos llegan a su mente, arrepiéntase quitándolos y remplazándolos con pensamientos agradables sobre su esposo o esposa. ¿Y el ánimo? ¿Le inspira usted valor y ánimo a su cónyuge? ¿Está dispuesto a edificar, o a destruir’? Es muy fácil criticar y ver las fallas del otro. ¡Que el fruto de nuestra lengua sean palabras de ánimo y encomio! Busque lo bueno y positivo en el otro y bríndele este fruto. Cuando su cónyuge esté desanimado, ofrézcale el fruto de la fidelidad que anima. Cuando la esposa o el esposo quieran darse por vencido, el fruto confiado de la fidelidad le ayudará a seguir adelante.

    MANSEDUMBRE

    La mansedumbre es un gran fruto en un pequeño paquete. Es el más pequeño pero el más poderoso de los frutos. La mansedumbre es el espíritu de humildad. El esposo o esposa realmente humilde comprende su pequeñez delante de Dios Todopoderoso y vive “estimando a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). ¿Cómo es la actitud suya? ¿Se siente superior a su esposo o esposa’? ¿Qué reflejan sus acciones? Si su actitud ha sido de orgullo y superioridad, ha llegado el momento de cambiar. Ha llegado el momento de humillarse delante de Dios y de su cónyuge. No permita que el orgullo sea un obstáculo a la felicidad matrimonial. Esposos, sométanse al Espíritu de Dios que los lleva a poner sus esposas por encima de ustedes mismos. Si, ellas no son inferiores. Dios creó tanto a la mujer como al hombre a imagen suya (Génesis 1:27). Alguno protestará: ¿No dijo Pedro que la esposa es el “vaso más frágil”? Sí, pero no en el sentido en que muchos lo toman. En 1 Pedro 3:7 Pedro dijo que los esposos deben vivir “dando honor a la mujer como a vaso más frágil”. Nótese que Pedro habla de honrar. Esta palabra le da un enfoque positivo a todo el versículo. Pablo habla de un vaso que estructuralmente es más débil pero que es de gran estima y valor. La esposa podría compararse con una pieza finísima de cristal, delicada y hermosa. El cristal se pone en una vitrina. Se estima. Estructuralmente, podríamos comparar al esposo con un “vaso más fuerte”. Tal vez usted tenga en casa una vieja sartén de hierro, que es el “caballo de trabajo” de su cocina. Quizá la ha usado muchos años, tantos que ya parece indestructible. ¿Cuál de las dos piezas es más valiosa? ¡Ninguna de las dos! Cada una es superior a la otra en cuanto al propósito que cumple. Si cada miembro de la pareja estimara al otro como superior a sí mismo, los dos se tratarían con más respeto. No habría sentimientos ni acciones de superioridad o inferioridad. Produzcamos el fruto de mansedumbre en nuestra viña. Pongamos en alto a nuestro cónyuge. ¡Que este fruto diminuto pero poderoso traiga verdadero éxtasis a su matrimonio!

    TEMPLANZA

    La templanza es el fruto, en la punta de la rama. Este regula el sabor, el crecimiento y la producción de los demás frutos. También somete y destruye las tendencias carnales y egoístas. Estos frutos del Espíritu no crecen ni se brindan automáticamente. Nuestro matrimonio no va a mejorar en forma automática. Esto es algo que requiere esfuerzo. Tenemos que controlar nuestra mente carnal activa y conscientemente cada momento de nuestra vida. Y tenemos que pedir la ayuda del Espíritu de Dios sometiéndonos a su inspiración a fin de poder producir los frutos del Espíritu para nuestro cónyuge. Es hora de actuar Usted puede acrecentar la felicidad de su matrimonio con la ayuda del Espíritu Santo. Ya hemos hablado bastante. Ha llegado la hora de actuar. Es hora de que usted le dé un viraje a su matrimonio, remplazando la amargura con dulzura. “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16). Satisfaga a su cónyuge con buen fruto. ¡Endulce su matrimonio con los frutos del Espíritu

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