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Tema: La terapéutica de la fe



El deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta.

Autor: Zelmira Seligman | Fuente: X Jornadas de Psicología cristiana/ Universidad Católica de Argentina

El deseo de conocer la verdad

Cuando las personas vienen al consultorio, generalmente verbalizan sus expectativas de la siguiente manera: "quiero saber qué me pasa", "quiero saber porqué las cosas son así", "quiero saber cómo solucionar este problema", "quiero saber cómo salir de esto! etc. El denominador común es QUIERO SABER. Todo hombre quiere saber, y parecería que el "saber" puede calmar su dolor, puede remediar sus angustias, puede curar sus males, en fin... solucionar sus problemas. Y no quieren que se les mienta, pues dice San Agustín que ha conocido mucha gente mentirosa pero nunca conoció a nadie que le gustara que lo engañaran (1).

"Todos los hombres desean saber" decía Aristóteles (2) y la verdad es el objeto de ese deseo (3). Todo hombre desea SABER y quiere saber la VERDAD. Como recuerda el Beato Juan Pablo II en Fides et ratio: "el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre"(4) pues se puede definir al hombre como "aquél que busca la verdad"(5) . El hombre sufre porque tiene un deseo profundo de conocer la verdad de sí mismo, de la situación que vive, de su existencia, de su pasado, de su futuro y de su fin. Este deseo está ligado al deseo de felicidad común a todos los hombres. La ignorancia lo enferma. Se puede afirmar que la ignorancia es la verdadera y más radical enfermedad del alma y la causa de todo dolor (6). Dice San Pablo "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2,4). Entendiendo que salud y salvación son la misma palabra; los hombres se curan por el conocimiento de la verdad.

Muchas de las cosas que trataré ya han sido sabiamente estudiadas por pensadores de todos los tiempos: Aristóteles, los Padres de la Iglesia (7), la Escolástica y santo Tomás de Aquino, y esto mucho antes de la aparición de la Psicología como ciencia autónoma. No son cosas nuevas, pertenecen a la problemática del hombre de siempre. Incluso hay bibliografía contemporánea que toma esta sabiduría perenne y desarrolla toda la psicología en el sentido moderno de la palabra, que es con una significación más práctica.

Pero si todo hombre desea saber la verdad, nuestro tiempo tiene algo de especial, vivimos una época en que -no sólo nos mienten continuamente- sino que además nos ocultan la verdad diluyéndola o "enjuagándola" con superficialidades, relativismos y ambigüedades.

Casi nadie se atreve a decir la verdad de frente y con claridad; el miedo a quedar mal delante de los demás, el miedo a perder la imagen y el aprecio de los otros, lleva a muchos a "esconder" la verdad. El deseo profundo y natural del hombre a conocer la verdad se ve frustrado, porque ya las filosofías modernas -que son la base de nuestra cultura- han impuesto (sobre todo en la educación y hasta en las instituciones católicas) una desconfianza en la capacidad de conocer la verdad. Esto está ya denunciado hace unos años por Juan Pablo II en la famosa encíclica arriba citada. La verdad compromete toda la vida del hombre, su existencia íntegra. Y este deseo no puede ser vano, por eso la persona se siente fracasada y vacía cuando le ocultan y niegan la verdad, o está desorientada en su búsqueda, porque ya desde niños no se educa en esa búsqueda de la verdad, y por lo tanto -en la mayoría de los casos- no logra encontrarla. Muchas veces los pacientes dicen: "si me hubieran explicado esto antes, no hubiera sufrido tanto".

Pero también debemos preguntarnos ¿qué verdad puede satisfacer este deseo tan profundo? ¿qué verdades se buscan para sanar nuestras heridas? ¿las verdades ligth que nos presenta el mundo moderno, siempre con sombras de falsedad o al menos de medias-verdades que esconden la verdad más absoluta? Todos los demás deseos del hombre se pueden calmar con poco o con sucedáneos, pero el deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta y que nos iluminan el camino hacia Dios. La fe cristiana sale al encuentro de este dinamismo del hombre que tiene "nostalgia de Dios", "deseo de Dios"(8) , y que las cosas inferiores no lo satisfacen, porque no son proporcionadas a su capacidad. La sed de verdad compromete toda la existencia; y la fe le dará la posibilidad concreta de encontrar lo que busca. El objeto de la fe es la Verdad primera, y la verdad es el bien del entendimiento que todos buscan. La fe implica mantener el deseo y la voluntad en relación al conocimiento, porque la fe es un conocimiento donde interviene la voluntad, "la fe obra por el amor"(9) , como veremos más adelante.

El mundo moderno nos sumerge en una degradación monstruosa: nos compara con los animales y hasta nos desvaloriza frente a ellos -protege la vida de las ballenas, los osos panda y no la de los bebés no nacidos-, proclama la muerte para el desvalido, se enorgullece de las conductas anti-naturales y perversas, pero lo peor de todo es que niega al hombre su capacidad de conocer la verdad y de obrar el bien, y hasta llega a rechazar su capax Dei y su capax gratiae (de conocer a Dios y de la gracia)(10). De esta manera denigra al hombre rebajándolo a la categoría de animal o todavía inferior al animal, lo convierte en un monstruo (como los dibujos animados o los juguetes de los chicos que ya desde niños los impulsa a identificarse con seres monstruosos e interactuar con ellos y como ellos). Y esto lo captamos inconscientemente, aunque no nos lo digan de forma explícita: tantos problemas de baja autoestima, de depresión, de desvalorización profunda, de auto-punición, de maltrato o abuso, que pueden darse en el ámbito afectivo llegando incluso a niveles patológicos, pero tienen su causa y su fundamento en esta falta de verdad respecto del valor del ser humano, de su dignidad y de su destino. No se pueden tratar estos problemas sólo a nivel sensible y afectivo, porque el hombre es un ser racional, necesita entender y entenderse, lo más importante de su vida pasa por saber la verdad de su existencia.

El llamado angustioso de la persona que llega al consultorio, si bien remite a la necesidad de entender una situación concreta por la que atraviesa en ese momento, no está desligada de la totalidad de su existencia. ¿Quiénes somos en verdad? ¿Cuánto valemos? ¡Cuántas personas podrían curarse (y he conocido casos en que realmente se curan) si meditaran constantemente las palabras del salmo 8, 6 "Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad"! o fuimos comprados con la Sangre de Cristo (1 Cor 7,23) ¡¡valemos la Sangre de Cristo!! Qué diferente es saber esta verdad y vivir de acuerdo a ella, a creerse un monstruo que interactúa violentamente con otros monstruos (como en los videojuegos).

Distorsión del deseo

El hombre no puede dejar de desear la verdad; si está alejado de Dios hay una perversión del deseo: ese apetito por un bien ausente (que es el deseo) se pone en otros objetos inferiores a los cuales dirige su tendencia. Al callar este deseo de la Verdad y de Dios, se orienta a su propio yo, a los seres sensibles y busca gozar de ellos como si fueran Dios. Así nace la idolatría, la absolutización de otros bienes (inferiores) que pone en el lugar de Dios. Y esto lo sumerge en una insaciabilidad e insatisfacción "ontológica" perpetua, un vacío que lo hace sufrir en lo más profundo de su ser. Este deseo desviado de su verdadero objeto lo vuelve insensato, irracional, loco.

El hombre que pone sus deseos en cosas inferiores, en las cosas "indeseables" por así decir -porque no son proporcionadas a su deseo elevado de verdad y de Verdad absoluta- se va construyendo una vida con ídolos, con falsos dioses que imagina que le darán felicidad (el dinero, el placer, la fama, la imagen, las relaciones sociales, etc, etc.) y todo eso lo sumerge en esta gran frustración y en la locura de no entender nada de su vida.

Movido por el deseo pervertido, todo su mundo se distorsiona, no sólo en la relación a las cosas, sino también en relación a toda su conducta, su trabajo, su medio ambiente, a las personas, a sus prójimos. Su vida está dispersa y dividida, su alma desparramada y disgregada (como muy bien analizaba Santa Teresa en su famosa obra Las Moradas).

Justamente aquí podemos considerar un problema muy actual: la cantidad de gente que llega a estados de stress y agotamiento nervioso por gastar todas sus energías psíquicas en múltiples ocupaciones que la someten a una continua ansiedad e inestabilidad. Es una especie de zapping de la propia vida, donde todas las actividades están al mismo nivel. Pero en la vida personal -y en el universo creado- no todo tiene el mismo valor, no todo está a la misma altura.

Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿realmente vale la pena "gastar" la vida de esa manera? Porque la vida terrena tiene un tiempo que se pasa muy rápido, y por eso siempre debemos recordar lo que Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada" (Lc. 10,41). Creer nos encamina a la salud mental, nos abre a una dimensión de verdad y bien sobre las situaciones concretas, porque nos ayuda a jerarquizar nuestra personalidad, nuestra vida y el obrar.

Justamente lo más grave de este estado delirante -donde la persona vive engañada, volcada a deseos inferiores e indignos de su alta vocación- es que se ahoga en la más espantosa confusión respecto del bien y del mal. Así llegará a preguntarse ¿y qué es la verdad? ¿dónde está el bien? ¿cómo debo actuar en esta situación o en tal otra? El deseo natural de verdad y bien se ha diluido en múltiples objetos que le dan satisfacciones pasajeras e inmediatas pero que, en el fondo, no pueden saciarlo, y entonces ya no sabe discernir entre el bien y el mal cuando tiene que obrar. Lo sumerge en la inseguridad cuando tiene que actuar. Porque uno obra como piensa y si no entiende nada de la vida, obrará mal seguramente.

El mal frecuentemente es tomado por un bien y el bien por un mal, y esto es objeto de un nuevo deseo al revés, invertido. Porque los efectos de la inversión del deseo (del deseo de saber la verdad, de entender su vida) se hacen sentir en primer lugar en la inteligencia, que pierde su capacidad de conocimiento de la realidad y de discernimiento al obrar. Perder esta capacidad significa también perder la "razonabilidad" en el manejo de los afectos y las pasiones, o sea perder la virtud, perder la salud mental. Aquí podríamos poner miles de ejemplos pero les doy sólo uno, uno de tantos que vemos a diario: una persona que llora la pérdida de un ser querido o de cosas queridas, o se lamenta por lo que no tiene o nunca tuvo; puede lamentarse un determinado tiempo, pero ¿puede suspender toda su vida quejándose siempre de su infortunio? Tiene que llegar un momento en que su inteligencia entienda que somos seres finitos, caducos, que vivimos situaciones contingentes, que ésta es la realidad de nuestra naturaleza creatural, y los afectos deben someterse a esta verdad. Es más, la fe nos abre a la esperanza del Dios que llena todo vacío. El fin de la vida es la felicidad en la vida eterna y a eso tenemos que dirigirnos. Y entender las cosas así, cambia toda mi realidad, porque ordena los afectos y hace la vida más "razonable" y entregada a lo que realmente vale la pena. Las cosas terrenales pasan, pero el deseo de felicidad trasciende todo lo mundano.
La inteligencia se pone en búsqueda de aquello que ama y cuanto más ama, más desea conocer. La fe es un conocimiento verdadero y cierto sobre la realidad, aunque de las cosas que no vemos. Es un conocimiento que ilumina la inteligencia y la perfecciona para que pueda conocer esa realidad, pero también interviene la voluntad. Nos da la seguridad de su certeza, pero debemos consentir con la voluntad. Decía San Agustín que la fe es "pensar con asentimiento". Creer es un acto del entendimiento movido por la voluntad a asentir. El acto de fe está en relación tanto con el objeto de la voluntad -el bien y el fin- como con el objeto del entendimiento que es la verdad. La fe es una virtud que nos compromete integralmente: por eso es tan diferente una persona que tiene fe de una que no la tiene.

Es correcto afirmar -dice Santo Tomás- que el acto de fe consiste en la voluntad del creyente, en cuanto que por imperio de la voluntad asiente el entendimiento a lo que ha de creer. Por eso "no sólo es preciso que la voluntad esté dispuesta a obedecer, sino que es también necesario que el entendimiento esté dispuesto a secundar el mandato de la voluntad.(11)"

El Concilio Vaticano II enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe». Esta afirmación breve pero profunda, indica una verdad fundamental del cristianismo: que la fe es la respuesta de obediencia a Dios (12) .

La soberbia y la función de la humildad

Por eso también es muy importante la virtud de la humildad, porque el soberbio no está dispuesto a obedecer, a creerle a Dios. Hay gente que conoce las verdades que Dios nos revela pero no está dispuesta a someterse en la aceptación de esas verdades. No quiere "asentir", porque el orgulloso no acepta nada que sobrepase su razón, nada que vaya más allá de lo que puede "entender", y Dios nos propone cosas que superan nuestra razón y responden a la elevadísima vocación a la que nos ha llamado. El soberbio quiere entender todo y lo que no entiende, para él no existe. Porque el orgullo hace que uno prescinda de Dios, que uno piense que lo puede todo solo, y así se siente el centro del universo. El orgulloso cree que la realidad se acaba en lo que entiende y no quiere que le hablen de verdades que pueden superarlo. Es más, cuando se es soberbio, la inteligencia se cierra, se limita, y cada vez puede entender menos, o sea que su mundo se estrecha considerablemente.

Doy un ejemplo histórico, el del filósofo David Hume (en quien se inspira Freud, porque lo admiraba), quien al final de su obra Diálogos sobre la religión natural, después de criticar duramente los principios de la fe católica como absurdos e irracionales, "de hombres enfermos"(13) , que son "fantasías de monos con aspecto humano más que afirmaciones serias", termina el libro afirmando que prefiere refugiarse "en las apacibles aunque oscuras regiones de la filosofía" o sea de lo que sólo puede entender por la razón natural (14) .

Voluntariamente prefiere encerrarse en la oscuridad de su entendimiento antes que creer lo que Dios nos dice. La historia relata, tristemente, cómo -en los últimos momentos de su vida- se sumergió en una desesperación aterradora. Este filósofo que tuvo una gran influencia en la modernidad y especialmente en la psicología a través de Kant, expresa su voluntad de limitarse a lo que su razón natural puede llegar a conocer, aunque reconociéndole toda su oscuridad.

El orgulloso prefiere ignorar o desconocer a Dios, creyendo sólo en lo que puede llegar por sus propias fuerzas; hace de sí mismo un absoluto y se niega a someterse a algo o a Alguien. El orgullo es la raíz de la locura, la causa de las enfermedades psíquicas más graves, porque hay una percepción delirante de la realidad, porque el soberbio cree que la realidad termina en lo que su pobre y oscura razón puede ver (15). No acepta que puede equivocarse y por eso este pensamiento terminará en el idealismo más absoluto donde Hegel llega a afirmar que "todo lo real es racional y todo lo racional es real": la única realidad es lo que puede entender, está encerrado en su propia razón, que sin la fe es oscura y limitada. Y todavía peor, es prisionero de su loca imaginación, que no llega a discernir entre la realidad y lo producido por su mente. No podemos ignorar que esto está presente en el psicoanálisis y sobre todo en la psicoterapia psicoanalítica.

El problema es que la persona ni siquiera puede entender lo más obvio como es su propia vida porque no se abre a lo más real que es el ser, y el ser de Dios. Por eso la fe es el verdadero camino de apertura a la realidad, aun cuando haya realidades que no podamos llegar a entender, pero que tenemos que tener la suficiente humildad para aceptarlas porque creemos en Dios que nos las ha revelado y no puede engañarse ni engañarnos. La fe no sólo es un remedio a la cerrazón y ceguera del hombre soberbio, sino que es el comienzo de una vida nueva, de conductas nuevas, porque el hombre se reconoce creatura pobre e indigente y busca a Dios que lo hará realmente feliz. Una visión realista de las cosas y de las situaciones (como la que nos da la fe), hace que las podamos vivir bien porque los afectos son ordenados según esa realidad que es conocida tal cual es. El que tiene fe tiene un conocimiento superior al de todos los hombres mundanos, va más allá del conocimiento natural.

Muchos autores afirman que el orgullo es la enfermedad más difícil de sanar, y que se necesita de la humildad para curar las enfermedades mentales (Cfr. Adler, Allers, Larchet, etc). La humildad que es contraria al orgullo, supone reconocer nuestros límites, nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra impotencia. El humilde desconfía de su propio juicio y de su voluntad desordenada, y por eso se hace obediente a la Voluntad de Dios. Reconoce un Ser superior, Creador, y su propia creaturalidad, sometiéndose a las verdades que Él nos enseña. Vemos que hay gente que se enoja, que se irrita y reacciona mal ante los principios de la fe o las personas que testimonian la fe (por eso hoy en día hay tantos mártires). Pero ser humilde significa encontrar la paz despojándose del amor propio y del propio juicio, y abrirse al Buen Dios que quiere darnos los conocimientos divinos para que alcancemos la felicidad. El humilde reconoce la gracia de Dios, porque se da cuenta que sin la ayuda de Dios nada puede tener ni nada puede hacer. Es necesario ser humilde para disponer la voluntad al conocimiento y aceptación de la Verdad.

La humildad está asociada a la oración donde el hombre reconoce su nada ante Dios: de petición, de agradecimiento, de alabanza, de contrición. Y hay estudios psicológicos experimentales, con estadísticas que los apoyan y confirman, donde se observó que las personas que rezan se curan más fácilmente (16). La humildad es una de las principales fuentes de terapia psíquica porque se opone al orgullo que es el principio de la naturaleza caída que ha desordenado el alma y por lo cual se sufren todas las enfermedades. El orgullo es la raíz de todos los males del mundo y por eso Cristo nos muestra el remedio cuando nos dice "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).

Sobre la humildad se construye todo el edificio psíquico porque el alma se abre a la realidad, a la verdad y a las certezas de las cosas que aún no ve. Es necesaria la humildad para abrirse a la fe, y ésta expande nuestro mundo y nos despliega no sólo en el conocimiento de las verdades accesibles a la razón sino también a aquellas que se nos proponen para ser creídas y que aún son oscuras en esta vida. Porque como dice San Pablo "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman" (1 Cor 2,9)

Como lo reconocen todos los buenos psicólogos (de alguna manera Adler, Allers, Larchet y otros contemporáneos), la humildad es la fuente de toda salud y principio de curación mental. El fundamento de todas las virtudes es la humildad.

La fe como terapia

Una vez que el hombre con humildad busca la verdad y se abre a la fe, debemos ver cómo esta fe puede curarlo de sus desórdenes psíquicos. Decíamos que ya la misma virtud de la humildad es sanadora porque repara el mayor mal, lo que más desordena psíquicamente, que es el orgullo.

Larchet afirma que "es en el acto mismo de la fe que se da la curación de las facultades que el pecado había enfermado pervirtiendo su uso."(17) Las facultades del alma están desordenadas por el pecado porque el hombre se desordenó de su fin último que es Dios.

En la medida en que la fe orienta al hombre a Dios (igual que las otras virtudes teologales), lo pone nuevamente en dirección a su verdadero fin, preservándolo y liberándolo de las ataduras patológicas a sí mismo. Dirigiendo la voluntad a Dios, da rectitud y firmeza al deseo.

La fe es un conocimiento, que por principio ya tiene una función terapéutica sobre la ignorancia que -como antes dijimos- es la causa de las enfermedades mentales. La fe repara la ignorancia, en que nos sumerge el pecado, nos libera de todo conocimiento erróneo respecto de Dios y de las cosas creadas: del valor que deben tener en mi vida, de los afectos y deseos que me despiertan.

Por la fe las facultades tanto intelectuales como apetitivas son purificadas, y entonces el hombre puede conocer la realidad. En este nuevo conocimiento de Dios -que es el de la fe- el hombre recupera el verdadero conocimiento de sí mismo y de su naturaleza. Se reconoce y valora cono imagen de Dios, y encuentra su dignidad de hijo de Dios, esa dignidad que había perdido con sus errores y pecados. Por la fe se libera de su vida artificiosa y neurótica (18), porque los fines ficticios a los que estaba sometido y que perseguía con insistencia y muchas veces inconscientemente (el dinero, los placeres, la imagen, el status, etc), lo sumergían en la angustia, en el stress, y muchas veces hasta en la desesperación.

La fe da seguridades y reafirma nuestra identidad. Por eso al Credo se lo llama Símbolo, porque aquello que profesamos creer, eso somos, y por eso debemos ser reconocidos.(19) El hombre moderno, tan despersonalizado y masificado, y que muchas veces se siente perdido sin saber realmente quien es y cómo es, encuentra su verdadero y profundo ser, cuando se entiende desde lo que cree. También este creer nos hermana, y acrecienta un sentimiento de semejanza (y simpatía) con los que creen lo mismo.

Con la fe es empezar a encontrar una vida determinada al bien y firme en el obrar. Porque en el acto de fe la voluntad elige y quiere creerle a Dios, no cree en una verdad más, sino en la "Verdad Primera" -como afirma Santo Tomás- y esa verdad primera es al mismo tiempo fin último de la existencia del ser humano. No hay que ver el acto de fe como algo sólo intelectual, una enunciación de verdades frías que no conmueven nuestro corazón, sino como un acto en que el hombre quiere someterse a Dios y así queda "inclinado" hacia el verdadero fin del hombre. El acto de fe es credere in Deum (20), o sea "hacia" Dios. La voluntad inclina, dirige y arrastra toda la personalidad hacia lo que quiere, hacia el ser querido. La dinámica de la voluntad no sólo precede el acto de fe dándole su asentimiento a la Verdad Primera, sino que inclina y hace que toda la personalidad tienda al fin último unificando las potencias. Psiquiatras como Adler, Allers y otros han estudiado y confirmado que las patologías mentales, especialmente las neurosis, se caracterizan por la división causada por fines ficticios que alejan a la persona del verdadero fin del hombre distorsionando así todas sus conductas. Si la fe no nos "afecta" de alguna manera, no nos "mueve" a tener buenos afectos y obrar bien, es porque quizás no tenemos una fe fuerte o quizás no esté viva (o sea informada por la caridad).

Por eso me parece interesante el estudio que hace Larchet sobre lo que los Padres de la Iglesia llamaban dipsiquia, que es una enfermedad del hombre creyente, del que tiene una "fe enferma".

Se caracteriza por una división en la personalidad -hoy en día diríamos una esquizofrenia (etimológicamente: alma dividida)- que afecta a aquellos que tienen una fe débil, y que su corazón está dividido entre el Dios y el mundo. Esta "enfermedad" hace que el hombre obre mal, sea insensato, depresivo, triste, asténico, negligente.(21)

La fe nos enseña los afectos que debemos tener, la forma en que debemos actuar, nos muestra el camino de las conductas que nos hacen bien, que nos perfeccionan, que nos hacen buenas personas. La inmutabilidad de las verdades divinas frente a lo pasajero del mundo, nos hace descansar en la estabilidad y firmeza que es condición de salud mental. Sometido al error el hombre no puede más que estar sometido a la enfermedad. Aquel que vive una fe sólida pone fin a las dudas, las inseguridades, las indecisiones y miedos patológicos que lo alejan de la realidad.

Según los Padres de la Iglesia la fe es "un apoyo sólido y un puerto seguro"(22) . Justamente la palabra "enfermedad" alude a una falta de firmeza que la fe puede remediar. La fe es condición de salud ya que perfecciona al hombre dirigiendo toda su vida al fin natural y sobrenatural. Pero es necesario crecer en la fe y fortalecerla con actos en que se testimonie esa fe.

En síntesis, la fe es terapéutica porque 1º) sacia el principal deseo del hombre que es el de la Verdad,
2º) perfecciona el entendimiento con esa verdad que no sólo es cierta y segura, sino que lo libera del error en que puede caer por las limitaciones de la inteligencia,
3º) porque perfecciona la voluntad rectificando los deseos desordenados y desarrollando la virtud de la humildad que es la base de la salud mental,
4º) porque hace que uno capte y viva mejor la realidad, no sólo en la actualidad sino principalmente en relación al fin del hombre y su felicidad
5º) reafirma su identidad, aquello por lo cual uno se reconoce a sí mismo, es reconocido y reconoce a los demás.

....el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En otras palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hipótesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda. Fide et ratio 27



Notas 1. SAN AGUSTÍN, Confesiones, X, 23, 33
2. ARISTÓTELES, Metafísica I,1
3. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, 25
4. Ibídem, 3
5. Ibídem, 28
6. Como muy bien lo demuestra J-C Larchet en sus tratados sobre las enfermedades mentales.
7. Pueden verse los libros de JEAN-CLAUDE LARCHET, quien estudia la psicología con sólidos fundamentos en la doctrina de los Padres de la Iglesia. Cfr. Thérapeutique des maladies mentales, Cerf, Paris 1992. Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 20004, etc.
8. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 27 a 38.
9. Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II q 1 a1- 3. Ibid, II II q 4 a 2 ad 3: "Pero, dado que la Verdad primera, objeto de la fe, es fin de todos nuestros deseos y acciones, como lo muestra San Agustín en I De Trin., de ahí proviene que la fe obre por el amor, de la misma forma que, como enseña el Filósofo, el entendimiento, por extensión, se hace práctico."
10. SAN AGUSTÍN, De Trinitate XIV, 11: Eo mens est imago Dei, quo capax Dei est et particeps esse potest [en esto la mente es imagen de Dios, en que puede ser participe (de Dios) y capaz de Dios].
11. S.Th II-II q.4 a. 2 ad 2
12. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum, nº 4
13. D. HUME, Historia natural de la religión, Diálogos sobre la religión natural, Sígueme, Salamanca 1974, 96.
14. Ibid.
15. Esto lo trata en profundidad J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 2004
16. Cfr. W. PARKER- E. ST JOHNS, La oración en la psicoterapia, Pax-Mexico, 1973
17. J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, 346
18. Como muy bien lo demuestran los psiquiatras Adler (especialmente en su obra "El carácter neurótico"), Allers (en su obra "Naturaleza y educación del carácter") y todos los que siguen este pensamiento.
19. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 185 ss.
20. S. Th. II-II q2 a2 ad 4.
21. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 348-349
22. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 350

Tema: Los siete dones del Espíritu Santo y su significado



Los cristianos reciben los siete dones del Espíritu Santo en el Bautismo. Estos dones nos inclinan a obedecer las inspiraciones del Espíritu Santo en todo lo que hacemos. Nos ayudan a ir por la vida equipados con las virtudes necesarias que hacen que todo sea más significativo. Según EWTN, "Los siete dones perfeccionan las virtudes intelectuales, así como las virtudes de la voluntad y los apetitos".

Sabiduría
La sabiduría ocupa el primer lugar entre los siete dones del Espíritu Santo. Tener el don de la sabiduría nos permite ver las cosas de acuerdo a como Dios las ve. Podemos adquirirla mediante la búsqueda de la mente y la voluntad del Señor a través de una comunicación regular de la oración, en el estudio de las Escrituras y cultivando una relación íntima con él. La sabiduría nos dirige a la hora de juzgar todo de acuerdo a la perspectiva divina.

Entendimiento
La comprensión es el regalo que nos da una mejor y más profundamente visión de los misterios de la fe cristiana. Nos ayuda a tener un conocimiento más claro de las enseñanzas y las verdades de la iglesia. De acuerdo con el sitio web St. John Roman Catholic Church, "Da una gran confianza en la palabra revelada de Dios y conduce a los que la tienen para llegar a conclusiones verdaderas a partir de los principios revelados."

Consejo
El don del consejo nos da la intuición de hacer lo correcto en circunstancias difíciles. Esto nos permite practicar y perfeccionar la virtud de la prudencia, o saber qué hacer y qué evitar en diferentes situaciones. El libro Segundo de Éxodo afirma; "El Espíritu Santo habla al corazón a través del don del consejo y muestra a los que lo tienen que hacer."

Fortaleza
La fortaleza es el don de la fuerza, la perseverancia y el coraje que nos permite obedecer y seguir la voluntad de Dios en todo momento. Nos ayuda a superar los obstáculos y a perseverar en nuestra fe, siempre confiando en la divina providencia de Dios para equiparnos con la virtud necesaria.

Conocimiento
Con el don del conocimiento, somos capaces de discernir y descubrir la voluntad de Dios en todas las cosas y juzgar todo de acuerdo con esta perspectiva divina. St. John Roman Catholic Church indica, "El don del conocimiento es a menudo llamado" la ciencia de los santos ", ya que permite a los que lo tienen discernir rápidamente entre los impulsos de la tentación y las inspiraciones de la gracia."

Piedad
El don de piedad perfecciona nuestro amor a Dios. Desarrolla este amor instintivo por él como nuestro padre, lo que nos permite obedecer de forma más natural, ya que confiamos plenamente en su amor por nosotros.

Temor del Señor
El temor del Señor nos equipa con un temor del pecado y de ofender a Dios. No es por miedo al castigo del Señor, sino que brota naturalmente de nuestro profundo amor y respeto por Dios.

Santísima Virgen María - Inmaculada Concepción de María




La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción.

Como demostraremos, esta doctrina es de origen apostólico, aunque el dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus.

"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..." (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)


La Concepción: Es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres. La concepción es el momento en que comienza la vida humana.

Cuando hablamos del dogma de la Inmaculada Concepción no nos referimos a la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado. El dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir María es la "llena de gracia" desde su concepción.

La Encíclica "Fulgens corona", publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre»

Fundamento Bíblico

La Biblia no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, como tampoco menciona explícitamente muchas otras doctrinas que la Iglesia recibió de los Apóstoles. La palabra "Trinidad", por ejemplo, no aparece en la Biblia. Pero la Inmaculada Concepción se deduce de la Biblia cuando ésta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición Apostólica.

El primer pasaje que contiene la promesa de la redención (Genesis 3:15) menciona a la Madre del Redentor. Es el llamado Proto-evangelium, donde Dios declara la enemistad entre la serpiente y la Mujer. Cristo, la semilla de la mujer (María) aplastará la cabeza de la serpiente. Ella será exaltada a la gracia santificante que el hombre había perdido por el pecado. Solo el hecho de que María se mantuvo en estado de gracia puede explicar que continúe la enemistad entre ella y la serpiente. El Proto-evangelium, por lo tanto, contiene una promesa directa de que vendrá un redentor. Junto a El se manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de todo pecado de su Madre Virginal.

En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la Santísima Virgen María «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.». Las palabras en español "Llena de gracia" no hace justicia al texto griego original que es "kecharitomene" y significa una singular abundancia de gracia, un estado sobrenatural del alma en unión con Dios. Aunque este pasaje no "prueba" la Inmaculada Concepción de María ciertamente lo sugiere.

El Apocalipsis narra sobre la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1). Ella representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la Santísima Virgen, en virtud de una gracia singular. Ella es toda esplendor porque no hay en ella mancha alguna de pecado. Lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Nápoles y luego en Inglaterra.

Hacia el año 1128, un monje de Canterbury llamado Eadmero escribe el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción donde rechaza la objeción de San Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana.

La castaña, escribe Eadmero, «es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos». Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».

Los grandes teólogos del siglo XIII presentaban las mismas dificultades de San Agustín: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado.

El franciscano Juan Duns Escoto, al principio del siglo XIV, inspirado en algunos teólogos del siglo XII y por el mismo San Francisco (siglo XIII, devoto de la Inmaculada), brindó la clave para superar las objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. El sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso: Cristo la redimió preservándola del pecado original. Se trata una redención aún más admirable: No por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.

Escoto preparó el camino para la definición dogmática. Dicen que su inspiración le vino al pasar por frente de una estatua de la Virgen y decirle: "Dignare me laudare te: Virgo Sacrata" (Oh Virgen sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de Ti).

1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original? - Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para Él.

2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original? - Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.

3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.

Entonces Scotto exclamó: Luego 1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original. 2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha 3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.

Méritos: María es libre de pecado por los méritos de Cristo Salvador. Es por El que ella es preservada del pecado. Ella, por ser una de nuestra raza humana, aunque no tenía pecado, necesitaba salvación, que solo viene de Cristo. Pero Ella singularmente recibe por adelantado los méritos salvíficos de Cristo. La causa de este don: El poder y omnipotencia de Dios.

Razón: La maternidad divina. Dios quiso prepararse un lugar puro donde su hijo se encarnara.

Frutos: 1-María fue inmune de los movimientos de la concupiscencia. Concupiscencia: los deseos irregulares del apetito sensitivo que se dirigen al mal.

2-María estuvo inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida. Esta es la grandeza de María, que siendo libre, nunca ofendió a Dios, nunca optó por nada que la manchara o que le hiciera perder la gracia que había recibido.

El dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien pone mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana. Todas las virtudes y las gracias de María Santísima las recibe de Su Hijo. La Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde su concepción. Ella desde el principio recibió la gracia y la fuerza para evitar el influjo del pecado y responder con todo su ser a la voluntad de Dios. A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.

En torno a las ideas de Escoto se suscitó una gran controversia. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.

El Papa Sixto IV, en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

La Cuaresma: Tiempo de penitencia, oración, ayuno y misericordia


Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo.  Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres.  Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.  Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.  Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos.  Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.  Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.  Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan.  Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.  Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensara.  Mateo 6; 1 – 6; 16 - 18
El primer punto de nuestro encuentro catequístico de hoy es: la Cuaresma camino de oración ayuno y misericordia. En el Evangelio aparece claro el camino de la Cuaresma. En espíritu orante en ayuno y caridad penitencial es desde donde el Señor nos invita a prepararnos a la Pascua de Resurrección. Cuaresma indica 40 días porque 40 días fueron los que Jesús permaneció en el desierto en combate contra el espíritu del mal ayunando y orando.
Cuaresma es el camino de reconocimiento de nuestra condición pecadora para abrirnos a la Gracia de conversión que nos regala la presencia del Señor que está cerca con su mensaje del reino, del nuevo orden. Se acerca un nuevo orden. Prepárense. Es decir conviértanse a la nueva propuesta. Modifiquen su manera de pensar, de sentir, de trabajar, de proyectarse, de afectarse interiormente y motivacionalmente a lo que es encontrarle el sentido a la vida. Conviértanse porque hay algo nuevo que está cerca. El Reino de Dios está cerca.
De hecho en éste día la imposición de las cenizas nos va a recordar que somos polvo y al polvo volvemos y urge convertirse y creer en el Evangelio de Jesucristo. El trae muy Buenas Noticias. Convertirse significa cambiar la vida en su raíz. El cambio que Dios quiere de raíz es del corazón. El cambio que propone Jesús no es una cosmética sino una transformación del corazón para una vida nueva renovada en El.
El camino es de unidad con Cristo. Es decir, es un camino donde vamos avanzando en la comunión con la presencia del Señor hasta llegar a la Pascua y con El también ingresar con a esos lugares de la vida donde somos invitados definitivamente a abandonar el pecado y todo lo que es contrario a Dios y su propuesta y adherirnos profundamente al misterio de la Gracia revelado en Cristo.
El mismo corazón del Señor que viene a nuestro encuentro nos invita a ahondar desde El lejos de las apariencias en nuestros vínculos. Convertirse desde el Corazón de Jesús hasta tener los mismos sentimientos que Jesús. Con Dios en el corazón convertidos, con nosotros mismos transformados por el ayuno que nos permite superar nuestro desorden natural.
El que viene por la herida que tenemos del pecado. El orden nuevo que genera la presencia de invitación desde el centro del mensaje de Jesús a la caridad fraterna por las obras de misericordia. El Señor está cerca nos convirtamos. ¿Donde y como se percibe ese olor a la cercanía de Jesús?
El segundo punto de nuestro encuentro de hoy es: en la cuaresma la oración del corazón Cuando oren dice Jesús hoy no sean como los hipócritas que gustan de orar en las sinagogas, en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres. En verdad les digo que ya reciben su paga. En cambio cuando vayas a orar entra en tu aposento y después de cerrar la puerta ora a tu Padre que está allí en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.
Cuando se habla de lo secreto, silencioso de la oración se refiere al corazón que no es el 9intimismo reservado a un sentimiento religioso vago donde nadie tiene acceso. A ese estilo de oración de corazón sentimental le llamamos relación de intimismo clausurado donde son yo y Dios en ese orden o un poquito mejor Dios y yo pero nadie más. No es la oración del corazón la oración del intimismo.
El corazón bíblicamente es el centro de la vida donde todos loas planos vinculares confluyen por tanto a la oración entramos desde el corazón con y desde lo más hondo de nuestro ser personal. Tiene que ver con uno y su circunstancia, uno y su familia. Uno, el que entra a orar y su trabajo, sus amigos, su apostolado, su historia el contexto donde uno vive forma parte de nuestra oración del corazón. La oración del corazón en lo secreto lo secreto se abre a todos loa planos y dimensiones de la existencia. No es una oración que clausura es una oración que abre. Cerrar la puerta para entrar en ese mundo amplio
Ese universo donde se gesta la vida, se entreteje la vida. Lejos está la oración del corazón de cortar con todo. Cerrar no es encerrarse sino ahondar en la profundidad de lo relacional donde se gesta la vida de la intimidad, de la profundidad. Nada de todo esto le resulta a Dios desconocido de lo que allí convive con nosotros.
Si le resulta desconocido a uno si no se reconoce a si mismo desde ésta dimensión de interioridad vincular. Uno se desconoce pero Dios no desconoce lo profundo de nuestro corazón y desde allí los vínculos que se establecen en todos los planes de nuestra existencia desde lo más central de nuestro ser. Cuando en fe atraviesa nuestro corazón los rostros, las manos, la historia de dolor, de alegría de los que comparten su vida con nosotros y lo de cada día sea relación de amistad o no entonces la oración está siendo vivida desde el ritmo cardíaco, desde el centro de nuestro ser personal y la presencia del Espíritu que es el que reza en nosotros se hace presencia transformadora de vida.
La oración es para transformar la vida si es oración desde éste sentido de corazón Desde la oración de corazón salimos lanzados a mejores relaciones con los demás. Es que los otros no son extraños en la oración. Forman parte de ella al formar parte de nuestro vínculos cordiales, es decir de corazón. Entiéndase vitales. La vida es la que aparece en la oración. Cerrar la puerta no es ir a un lugar de muerte No es elegir un sarcófago. Cerrar la puerta para orar es encontrarnos con los vínculos más hondos que forman y pueblan nuestra existencia allí en el corazón
La cuaresma tiene como 3 grandes movimientos la oración del corazón, el ayuno y la penitencia que en realidad son obras de misericordia porque no quiero sacrificios dice Dios misericordia quiero. Al final hago una sencilla explicación de que es la ceniza sobre nuestra frente. Es un recordar que somos polvo y al polvo volvemos. Que la vida es efímera. Que pasa. Que Dios no pasa y que por tanto hay que poner la mirada no en las cosas que pasan sino en aquellas que permanecen. Ese es el sentido de la explicación de la ceniza y por eso la urgencia de convertirse.
El tercer punto de nuestro encuentro es ayunar en cuaresma. En el ayuno expresamos nuestra libertad que responde a Dios que nos llama a ordenar nuestra vida: conviértanse. Ayunar es una manera de decirle a Dios que estamos dispuestos acomodar todo nuestro ser natural para poder darle respuesta a su querer y voluntad. Ayunar es decidirse a cambiar y expresamos esa decisión apartándonos de lo que no nos permite estar cerca de Dios. Por eso cualquiera sea la privación a la que nos atenemos cuando ayunamos porque comemos menos porque ese día comemos pan y tomamos agua, porque comemos solo la fruta, verduras.
Lo que estamos expresando mucho más allá de cual sea el gesto al que hay que atarse lo que estamos expresando la determinación de apartarnos de lo que nos aparta de Dios. Esto es el pecado. Por eso los Padres de la Iglesia decían cuando ayunamos, ayunamos de pecado. Ayunamos de pecado en la decisión de ordenar nuestra vida de acuerdo y conforme a esa invitación de Dios a cambiar y a transformarnos.
Además ayunar es relativizar cualquier bien del que nos estamos privando para expresar en esa privación la el bien superior al que hemos decidido vincularnos. Cuando nosotros decimos no como estoy diciendo no solo de pan vive el hombre. Hay un alimento superior, la Palabra que brota de la boca del Dios vivo. Cuando nosotros nos privamos de algo y reducimos nuestro bien estar para darlo a otros. Eso que ahorramos en comer, en una determinada vestimenta, hacemos penitencia en nuestra manera de vestir, en nuestra manera de comer ,en algún gasto que podría hacer legítimamente pero que podríamos evitar también legítima y saludablemente porque sentimos que así Dios nos lo pide eso que no gastamos en términos de economía lo damos en caridad para hermanos que lo necesitan.
Ayunar es decir yo me privo de esto y con mi privación doy a otro y expreso a través de esto que hay un vínculo de caridad que es superior en calidad de vida a cualquier placer que yo legítimamente puedo darme. Ayunar es siempre elegir un bien superior. Ayunar no es privarse. En todo la privación que hagamos supone un ajustar nuestra naturaleza en el reconocimiento que hay un bien superior sea un bien caritativo por encima del bien placentero, de un goce legítimo que podernos darnos, sea del Bien Superior con mayúsculas, del Dios vivo al que le decimos al privarnos de un alimento la Palabra de Dios es mi alimento y vincularnos un poco más a ella.
Ayunamos con la determinación de ordenar nuestra vida y de poner las cosas en su lugar. Dios primero y el amor a los hermanos en segundo lugar y de ahí un profundo amor a nuestra persona. Un ordenado amor y un cuidado real de nuestro ser personal dejándonos de engañar con cualquier otro discurso de calidad de vida que nada tenga que ver con el gozo interior que da la presencia del Dios vivo.
El ayuno para ser cristiano tiene que estar en comunión con Cristo .Para nosotros el ayuno no es solamente una saludable manera de cuidado de nuestra naturaleza. Es un vínculo profundo con la persona de Jesús por eso no se puede ayunar cristianamente sin estar en comunión con El Señor.
De allí la necesidad del tiempo de Cuaresma a la hora de ayunar también tener un tiempo para la reconciliación con el Señor, para la confesión. El Señor nos llama a vincularnos más desde El apartándonos de todo desorden que impide que en nosotros habite su querer y voluntad. Siempre la Gracia de Dios supone la naturaleza.
Es como cuando uno dice “voy a cargar una bolsa que lleva un contenido importante. Si la bolsa está rota lo que quisiera poner en ella se va a escapar por donde está rota. Así también la vida de la Gracia supone nuestras heridas sanas para que la Gracia de Dios circule saludablemente por todo nuestro ser
El cuarto punto de nuestro encuentro es misericordia quiero y no sacrificios.
Cuando el Antiguo Testamento las ofrendas hechas a Dios están vacías de interioridad el Señor advierte que no es el objeto ofrecido lo que le agrada sino el corazón de quien se ofrece en ese sacrificio. Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocausto .Es una constante al lado del  Antiguo Testamento el pueblo sabedor de su necesidad de vínculos con el Señor en una respuesta concreta a su presencia de tanto amor ve poder simplificar ésta respuesta con la entrega de algo de si mismo desentendiéndose del Dios de la vida que le abarca toda la vida.
El camino del conocimiento de Dios viene de la mano del amor. El amor nos hace inteligente en el conocer a Dios que claramente lo define Juan: Dios es amor. El amor se expresa más en obras que en palabras decía San Ignacio de Loyola. Esa expresión tan bonita de la Carta de Santiago muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te mostraré mi fe.
De ahí que la práctica de las obras de misericordia son un camino de renovación en el conocer interiormente a nuestro Señor, en el vivir en Cristo que es hacia donde nos conduce la Cuaresma. La misericordia es lo propio de Dios y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia, decía Santo Tomás de Aquino.
Las obras de misericordia se dividen en 2 según el Catecismo de la Iglesia Católica siguiendo la tradición de dos mil años de vivencia de la caridad en el corazón mismo de la Iglesia   Obras de misericordia corporales y espirituales. Las corporales son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, asistir al preso, dar posada al caminante, sepultar a los muertos. Porque cuando hacemos esto dice el Profeta Isaías estamos ayunando El ayuno que yo quiero tiene que ver con todo esto dice Isaías capítulo 58.
Las obras de misericordia espiritual también la podemos aplicar en éste tiempo de Cuaresma: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesite para eso pedir la Gracia de la sabiduría Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza que sepan aconsejarse unos a otros y enseñarse mutuamente con palabras y consejos sabios Colosenses 3, 16
También forma parte de las obras de misericordia corporal: corregir al que se equivoca.
Si tu hermano ha pecado contra ti anda a hablar con el a solas Si te escucha has ganado a tu hermano ,si no te escucha lleva contigo a 2 o3 de modo que el caso se decida por boca de 2 o 3 testigos si se niega a escucharlos pide a la Iglesia reunida
Perdonar las injurias Pedro le dijo cuantas veces debo perdonar las ofensas de mi hermano ¿hasta 7 veces? No digas 7 veces sino 70 veces 7 Consolar al afligido como dice 1 Tesalonicenses 5,11 anímense mutuamente y ayúdense unos a otros a crecer juntos Tolerar los defectos del prójimo.
Eso que tanto necesita nuestra sociedad. Acrecentar en tiempos de crisis como los que estamos viviendo los umbrales de la tolerancia y saber soportarnos mutuamente como dice Colosenses3,13 sopórtense, perdónense unos a otros si uno tiene motivos de queja contra el

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