TRABAJO EN EQUIPO.
El Trabajo en Equipo es uno de los valores más grandes en nuestro Movimiento, para que todo resulte bien para Gloria de Dios todos ponemos un granito de arena.
LA ORACION.
La oración comunitaria es la expresión de la fe que nos une a todos en una misma plegaria a Dios por nuestras familias.
LA PALABRA DE DIOS.
Se comparte a través de temas que desarrollan los matrimonios, bajo la luz del Espíritu Santo.
FRATERNIDAD.
En fraternidad compartimos desde nuestras vidas y carismas la alegría de ser hijos e hijas de Dios con alegría y entusiasmo.
COOPERACION.
Todos cooperamos en este proyecto que es de Dios, el trabajo que se hace con dispocisión del corazón nos resulta agradable y bello.
DONES Y CARISMAS.
Nuestros dones puestos al servicio de Dios nos hacen identificar nuestros carismas para compartirlo en familia en el Ministerio.
RFCatolica Radio online
Tema: Servir a Dios y a los demás
Tema: María Magdalena, la enamorada de Dios
| El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo" | |
María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia. El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra. El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida. El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor. El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él. En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios. En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho. Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios. |
Tema: Reflexión Espiritual, Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo
Ya desde los primeros ermitaños que se establecieron en el monte Carmelo y que habían ido como peregrinos a la tierra del Señor Jesús, la vida se suele representar como una ascesis hasta llegar a Cristo nuestro Señor, monte de salvación (cf. Misal romano, Oración colecta de la misa en honor de nuestra Señora del Carmen, 16 de julio). Orientan esa peregrinación interior dos iconos bíblicos muy apreciados por la tradición carmelitana: el del profeta Elías y el de la Virgen María.
El profeta Elías arde en celo por el Señor (cf. 1 R 19, 10); se pone en marcha hacia el monte Horeb y, aunque se siente cansado, sigue caminando hasta alcanzar la meta. Sólo al término de su arduo itinerario encuentra al Señor en el susurro de una brisa suave (cf. 1 R 19, 1-18).
Contemplando su ejemplo, los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo comprenden más profundamente que sólo quien se mantiene entrenado para escuchar a Dios e interpretar los signos de los tiempos es capaz de encontrar al Señor y reconocerlo en los acontecimientos diarios. Dios habla de muchos modos, incluso a través de realidades que a veces pueden parecer insignificantes.
El otro icono es el de la Virgen María, a quien veneráis bajo el título de Hermana y Belleza del Carmelo. La Virgen se pone en camino para ir a visitar a su anciana prima, santa Isabel. En cuanto recibe el anuncio del ángel (cf. Lc 1, 26-38), al saber que Isabel necesita ayuda, parte generosamente, casi corriendo por los senderos del monte (cf. Ct 2, 8; Is 52, 7). Durante el encuentro con su prima, de su alma brota un cántico de alegría: el Magníficat (cf. Lc 1, 39-56). Cántico de alabanza al Señor y testimonio de humilde disponibilidad a servir a sus hermanos. En el misterio de la Visitación todo cristiano ve el modelo de su vocación. Así debe ser especialmente para vosotros, reunidos en asamblea capitular con la finalidad de imprimir a la Orden un nuevo impulso ascético y misionero. Con el corazón rebosante de alabanza al Señor en la contemplación de su misterio, avanzad con alegría por los caminos de la caridad, abriéndoos a la acogida fraterna, para ser testigos creíbles del amor misericordioso del Verbo de Dios hecho hombre para redimir el mundo.
Tema: Espiritualidad del matrimonio
- En sus ritos mismos de entrada podemos por ejemplo tomar conciencia que, como en el día de nuestra boda, otra vezcaminamos juntos, frente al altar, dispuestos a amarnos y recibir la gracia para vivir la “común –unión”.
- El rito penitencial nos da la ocasión de pedir perdón a Dios por nuestras faltas al amor, invocar el poder de su perdón por las heridas recibidas y unirnos a la invocación de perdón que hace nuestro cónyuge.
- A través de su Palabra seguramente Dios tendrá una Buena Noticia para salvar nuestro amor. Estar ahí, escuchándola con nuestro cónyuge nos ayuda a recordar que nuestra relación matrimonial es el mundo inmediato donde esa Palabra debe hacerse realidad.
- El ofertorio es igualmente un momento litúrgico donde, mentalmente estamos invitados a poner en la patena que el sacerdote levanta en el altar, todos los frutos de nuestro amor, pero también las migajas que esperan ser transformadasen pan de vida y amor.
- Finalmente, la comunión con el cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó por nosotros, es el mejor alimento para que cada esposo no sólo se mantenga en la entrega sino que se convierta en el cuerpo visible de Dios para su cónyuge y su familia.
- El rito de conclusión debe recordarnos que no salimos como entramos y que Dios se ha quedado, una vez más, con nosotros.
- Ahora, nuestra casa debe ser “el santuario” donde se siga reconociendo y sirviendo el rostro de Cristo en nuestros “próximos” y nosotros seremos una vez más los “ministros consagrados por el amor” para la construcción y cuidado de nuestra Iglesia Doméstica. Ahí, el milagro del altar seguirá invocándose y celebrando a través de nuestras cenas en común, de nuestras conversaciones que buscan el entendimiento y la comprensión, de nuestros gestos de ternura y placer, y de todos los actos de solidaridad y entrega que conformen nuestra convivencia.
- Catecismo de la Iglesia Católica, 1641-1650
- Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 55-64.
Tema: ¿Y entonces para que debe ser el noviazgo?
| El amor de pareja debe sostenerse en cuatro bases fundamentales: Diálogo, comunicación, confianza y respeto | |||
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Tema - Bergoglio acabó viendo en la Renovación Carismática una 'corriente de gracia'
El mismo Francisco contó que al principio pensaba que en la Renovación "confunden una celebración con una escuela de samba" pero ha afirmado que se "convirtió" cuando vio el bien que hacían.
Podría hablarnos de la realidad actual de la Renovación Carismática en Argentina
-- Pino Scafuro: La Renovación Carismática en Argentina ha sido reconocida primero por el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio y luego por la Conferencia Episcopal Argentina como una “corriente de gracia”, compuesta por múltiples expresiones suscitadas por el Espíritu Santo: grupos de oración, comunidades de alianza, comunidades religiosas, comunidades ecuménicas, etc.
Esta concepción amplia le otorga un excepcional espacio para la creatividad y el despliegue de carismas, buscando más formas de anunciar a Jesucristo.
Queremos seguir manteniendo esa gracia inicial de la unidad en la diversidad, que es obra del Espíritu Santo, como siempre remarcó.
¿Cómo fue el primer contacto del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina?
-- Pino Scafuro: La corriente carismática católica comenzó hace más de cuarenta años en Argentina. Las primeras comunidades de oración fueron iniciadas por religiosos trinitarios y jesuitas. En aquel entonces, era una espiritualidad desconocida en la Iglesia, que crecía veloz y espontáneamente, a veces con falencias propias de una experiencia nueva, para quienes participaban y para quienes debían vigilarla.
En aquel entonces, el joven padre Jorge Mario Bergoglio era el provincial de los jesuitas y le tocó pedir prudencia a sus animadores.
En una ocasión, el Santo Padre Francisco dijo, hablando sobre RCC, que "a finales de los 70, inicios de los 80, yo no los podía ver, y que había dicho: 'éstos confunden una celebración con una escuela de samba'. Pero que después se arrepintió porque "lo conocí mejor, es verdad que el movimiento tiene buenos asesores y ha ido en un buen camino". ¿Cómo era la relación del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina?
-- Pino Scafuro: Luego del período al que hice referencia antes, en la década del 90, siendo el ya obispo auxiliar y luego arzobispo de Buenos Aires, comenzamos a tener una relación cada vez más estrecha y paternal.
Fue aprobando, apoyando y participando en muchas actividades nuestras, las que cada vez tenían mayor proyección. Los programas de formación, retiros, eventos de evangelización y los encuentros que fomentamos de unidad de los cristianos e interreligiosos, entre otros.
Ese acompañamiento y apoyo, muchas veces, tenía un énfasis que nos sorprendía.
También lo repitió, como Papa, en la conferencia de prensa del avión de regreso de Río de Janeiro, cuando dijo: “En Buenos Aires, yo me reunía frecuentemente y una vez al año celebraba la misa con todos ellos en la catedral. Les he apoyado siempre, cuando me he convertido, cuando he visto el bien que hacían. Pero ¿cómo se puede sostener un movimiento que es tan libre? También la Iglesia es libre. El Espíritu Santo hace lo que quiere. Además, Él hace el trabajo de la armonía…” En esta respuesta el Santo Padre expresa su reconocimiento de la naturaleza de la Renovación Carismática “un movimiento que es tan libre…” Esto nos llena de alegría.
¿Ha tenido ocasión de comunicarse con él después de haber sido elegido Sucesor de Pedro?
-- Pino Scafuro: Sí, pude saludarlo brevemente en Roma. Lo encontré muy animado y al tanto de los detalles, como siempre.
¿Cómo definiría al cardenal que usted conoció?
-- Pino Scafuro: Como un obispo siempre a disposición de sus sacerdotes, de los laicos y de quienes solicitaban su consejo o ayuda, especialmente de los pobres. Los pobres y los excluidos han sido siempre su prioridad. Un pastor según el Evangelio. Un hombre lucido y realista, un hombre de oración y un digno hijo de san Ignacio de Loyola. Sabio y sencillo. Escucha con atención a todos, pero luego toma decisiones de forma libre y firme.
El papa Francisco acudirá al Estadio Olímpico de Roma el día 1 de junio para el encuentro italiano de la Renovación, ¿qué supondrá este gesto del Papa para la RCC en concreto y para la vida de los movimientos en general?
-- Pino Scafuro: Será un encuentro internacional de la Renovación Carismática Católica en sus múltiples expresiones. Un gesto más del Santo Padre de su cercanía a la Renovación Carismática de los tantos que ya dio en Buenos Aires. De hecho, ya estaba nombrado por la Conferencia Episcopal como asistente espiritual de la Renovación Carismática en la Argentina, a hacerse efectivo a su vuelta del Cónclave… cosa que no sucedió, como todos sabemos.
Sobre los movimientos, también dice en la conferencia de prensa en el avión: “Creo que los movimientos son necesarios. Los movimientos son una gracia del Espíritu”. Este encuentro será de gran bendición.
Hace más de un año inició el pontificado de Francisco, y sigue sorprendiendo con sus gestos, sus palabras, ¿quienes ya le conocían también se sorprenden?
-- Pino Scafuro: No, no nos sorprende. ¡El no cambió!. Estamos acostumbrados a sus gestos y a sus palabras porque así era como arzobispo de Buenos Aires.
¿Hay algún episodio de la relación de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires con la RCC que recuerde de forma especial?
-- Pino Scafuro: Sí, a nivel institucional, que haya ha reconocido a la Renovación Carismática como una “corriente de gracia”. Esto significa que no reconoce fundador humano. Fue suscitada por el Espíritu Santo. Y esta realidad nos compromete a vivir en la libertad del Espíritu, “que hace la armonía”, como lo expresa el Papa Francisco.
Pero además, nos conmovió su involucramiento personal en las distintas situaciones, a veces complejas, que se planteaban en la RCC, para ayudarla a crecer y fructificar. A nivel del contacto humano, es de destacar su proximidad y sin dejar de lado la profundidad, exhibe buen humor.
En una de las oportunidades de las que concurrió a la Escuela de Formación de la Renovación Carismática de Buenos Aires, Bergoglio habló de la Iglesia como su “esposa”. Entonces yo le pregunté públicamente, frente a cientos de personas: "¿Cómo se lleva con su esposa?" Él me respondió: "Muy bien, pero quiero aclararles que tengo un beneficio a mi favor ¡No tengo suegra!".
Luego de cada evento en los que participaba con nosotros, se ocupaba de saludar uno a uno a los asistentes. La situación era de gran fricción entre la muchedumbre y ciertamente corría riesgos de desestabilizarse con los empujones de la gente que quería saludarle o pedirle su bendición.
En una oportunidad le dije: "¡Padre salude desde arriba del escalón para estar más resguardado!" Y luego él me dijo: "Me gusta estar al mismo nivel de la gente, no desde arriba". No volví a recomendárselo y esa situación me hace entender su actual contacto tan cercano con la gente, siendo obispo de Roma.
Tema: Los pequeños detalles que alimentan el amor
| El amor está hecho de esas cosas pequeñas... | |||
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Tema: Lo que la gente -incluyendo muchos católicos- no sabe del matrimonio cristiano: ¡no es un contrato!
| Con motivo del consistorio de cardenales que está reflexionando sobre los problemas de la familia y el matrimonio, el dominico Giorgio Carbone ha publicado en La Bussola Quotidiana esta reflexión | |||
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“No hay suegra perfecta”, las frases del Papa por San Valentín.
Ante 25 mil parejas, también dijo que “vivir juntos es un arte” que se sustenta en tres palabras: “permiso, gracias y perdón”
El Papa Francisco pidió hoy, Día de San Valentín, a las jóvenes parejas de novios que su boda sea "sobria" y "una verdadera fiesta cristiana y no mundana", porque "algunos están más preocupados del exterior, de las fotografías, de los trajes y vestidos y de las flores".
Esta fue la respuesta del Papa argentino a una pareja que le planteó las dificultades económicas que atraviesa y que les obliga a celebrar una boda más que modesta.
Un distendido y sonriente pontífice se reunió en la Plaza de San Pedro con más de 20.000 parejas de 28 países de todo el mundo, con motivo del día de san Valentín, en una celebración histórica, denominada "La Alegría del SÍ para siempre", la primera de este género que se lleva a cabo en el Vaticano.
Previamente a la aparición del Papa, la Plaza de San Pedro se convirtió en gigante escenario de actuaciones de cantantes, que entonaron románticas melodías, como "Love is all around", banda sonora de numerosas comedias románticas y "A te" de Lorenzo Giovanotti.
Además, varias parejas de enamorados, micrófono en mano, explicaron sin rodeo a la muchedumbre, que asistió al acto en un día que amaneció claro y soleado en contraste con las últimas lluvias, en qué circunstancias se conocieron y cómo nació su amor hasta llegar al compromiso de matrimonio.
En medio de un ambiente festivo cargado de Cupidos imaginarios entre miles de parejas sonrientes y enamoradas, el papa llegó a bordo de su papa móvil y ya en el estrado escuchó tres preguntas que le formularon tres parejas, y antes de responder, confesó sonriendo que las había recibido antes y, por tanto, se sabía la contestación.
A una pareja de Gibraltar que habló en llanito, el Papa le respondió que "el amor que funda una familia" tiene que ser "un amor para siempre" y capaz de vencer a la "cultura de lo provisional", dijo.
Para el Papa, "el amor verdadero no se impone con dureza y agresividad", sino que surge y se conserva a través de valores como "la cortesía".
Francisco comentó a los enamorados que "vivir juntos es un arte, un camino paciente, bonito y fascinante" que se sustenta en tres palabras, que en otras ocasiones ya ha mencionado ante las familias cristianas: "permiso, gracias y perdón".
Y habló sobre el "perdón". "Generalmente cada uno de nosotros está preparado para acusar al otro y justificarse a sí mismo. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres".
Reconoció que no existe la familia perfecta, como tampoco existe el marido perfecto ni la mujer perfecta. "Ni hablemos de la suegra perfecta", añadió ante la carcajada general.
Francisco continuó en tono jovial con una mención a las parejas de abuelitos que llegan a las audiencias, a las que, según comentó, en ocasiones pregunta cómo llevan la vida como casados. "¿Aquí quién soporta a quién?, les digo. 'El uno al otro', me responden. ¡Eso es lo bonito!", dijo cada vez más animado.
Además, el pontífice argentino pidió que el matrimonio de los futuros novios sea "sobrio y resalte aquello que es verdaderamente importante", por mucho que para la mayoría el "vino" sea "lo más importante" de una fiesta, "como sucedió en las bodas de Canaa".
"Algunos están más preocupados del exterior, de las fotografías, de los trajes y vestidos y de las flores. Son cosas importantes en una fiesta, pero solo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor", concluyó.
Recomendó a todos los enamorados que se den las gracias el uno al otro. "Es necesario saber decir gracias para continuar adelante juntos", sostuvo.
Y finalizó sus recomendaciones para el amor con su remedio para conservar el amor y el matrimonio: "Pelear entre marido y mujer es habitual, pero por favor, recordad esto: Nunca terminéis el día sin hacer la paz".
Tema - Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014
El estilo de Dios: Jesús con su pobreza nos libera y enriquece. «Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza»
Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va
Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?
La gracia de Cristo
Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros...». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino -dice san Pablo- «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).
¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su "yugo llevadero", nos invita a enriquecernos con esta "rica pobreza" y "pobre riqueza" suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).
Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.
Nuestro testimonio
Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.
A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.
No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros -a menudo joven- tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.
El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.
Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.
Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.
Vaticano, 26 de diciembre de 2013
Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir
Tema: La terapéutica de la fe
El deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta.
Autor: Zelmira Seligman | Fuente: X Jornadas de Psicología cristiana/ Universidad Católica de Argentina
El deseo de conocer la verdad
Cuando las personas vienen al consultorio, generalmente verbalizan sus expectativas de la siguiente manera: "quiero saber qué me pasa", "quiero saber porqué las cosas son así", "quiero saber cómo solucionar este problema", "quiero saber cómo salir de esto! etc. El denominador común es QUIERO SABER. Todo hombre quiere saber, y parecería que el "saber" puede calmar su dolor, puede remediar sus angustias, puede curar sus males, en fin... solucionar sus problemas. Y no quieren que se les mienta, pues dice San Agustín que ha conocido mucha gente mentirosa pero nunca conoció a nadie que le gustara que lo engañaran (1).
"Todos los hombres desean saber" decía Aristóteles (2) y la verdad es el objeto de ese deseo (3). Todo hombre desea SABER y quiere saber la VERDAD. Como recuerda el Beato Juan Pablo II en Fides et ratio: "el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre"(4) pues se puede definir al hombre como "aquél que busca la verdad"(5) . El hombre sufre porque tiene un deseo profundo de conocer la verdad de sí mismo, de la situación que vive, de su existencia, de su pasado, de su futuro y de su fin. Este deseo está ligado al deseo de felicidad común a todos los hombres. La ignorancia lo enferma. Se puede afirmar que la ignorancia es la verdadera y más radical enfermedad del alma y la causa de todo dolor (6). Dice San Pablo "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2,4). Entendiendo que salud y salvación son la misma palabra; los hombres se curan por el conocimiento de la verdad.
Muchas de las cosas que trataré ya han sido sabiamente estudiadas por pensadores de todos los tiempos: Aristóteles, los Padres de la Iglesia (7), la Escolástica y santo Tomás de Aquino, y esto mucho antes de la aparición de la Psicología como ciencia autónoma. No son cosas nuevas, pertenecen a la problemática del hombre de siempre. Incluso hay bibliografía contemporánea que toma esta sabiduría perenne y desarrolla toda la psicología en el sentido moderno de la palabra, que es con una significación más práctica.
Pero si todo hombre desea saber la verdad, nuestro tiempo tiene algo de especial, vivimos una época en que -no sólo nos mienten continuamente- sino que además nos ocultan la verdad diluyéndola o "enjuagándola" con superficialidades, relativismos y ambigüedades.
Casi nadie se atreve a decir la verdad de frente y con claridad; el miedo a quedar mal delante de los demás, el miedo a perder la imagen y el aprecio de los otros, lleva a muchos a "esconder" la verdad. El deseo profundo y natural del hombre a conocer la verdad se ve frustrado, porque ya las filosofías modernas -que son la base de nuestra cultura- han impuesto (sobre todo en la educación y hasta en las instituciones católicas) una desconfianza en la capacidad de conocer la verdad. Esto está ya denunciado hace unos años por Juan Pablo II en la famosa encíclica arriba citada. La verdad compromete toda la vida del hombre, su existencia íntegra. Y este deseo no puede ser vano, por eso la persona se siente fracasada y vacía cuando le ocultan y niegan la verdad, o está desorientada en su búsqueda, porque ya desde niños no se educa en esa búsqueda de la verdad, y por lo tanto -en la mayoría de los casos- no logra encontrarla. Muchas veces los pacientes dicen: "si me hubieran explicado esto antes, no hubiera sufrido tanto".
Pero también debemos preguntarnos ¿qué verdad puede satisfacer este deseo tan profundo? ¿qué verdades se buscan para sanar nuestras heridas? ¿las verdades ligth que nos presenta el mundo moderno, siempre con sombras de falsedad o al menos de medias-verdades que esconden la verdad más absoluta? Todos los demás deseos del hombre se pueden calmar con poco o con sucedáneos, pero el deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta y que nos iluminan el camino hacia Dios. La fe cristiana sale al encuentro de este dinamismo del hombre que tiene "nostalgia de Dios", "deseo de Dios"(8) , y que las cosas inferiores no lo satisfacen, porque no son proporcionadas a su capacidad. La sed de verdad compromete toda la existencia; y la fe le dará la posibilidad concreta de encontrar lo que busca. El objeto de la fe es la Verdad primera, y la verdad es el bien del entendimiento que todos buscan. La fe implica mantener el deseo y la voluntad en relación al conocimiento, porque la fe es un conocimiento donde interviene la voluntad, "la fe obra por el amor"(9) , como veremos más adelante.
El mundo moderno nos sumerge en una degradación monstruosa: nos compara con los animales y hasta nos desvaloriza frente a ellos -protege la vida de las ballenas, los osos panda y no la de los bebés no nacidos-, proclama la muerte para el desvalido, se enorgullece de las conductas anti-naturales y perversas, pero lo peor de todo es que niega al hombre su capacidad de conocer la verdad y de obrar el bien, y hasta llega a rechazar su capax Dei y su capax gratiae (de conocer a Dios y de la gracia)(10). De esta manera denigra al hombre rebajándolo a la categoría de animal o todavía inferior al animal, lo convierte en un monstruo (como los dibujos animados o los juguetes de los chicos que ya desde niños los impulsa a identificarse con seres monstruosos e interactuar con ellos y como ellos). Y esto lo captamos inconscientemente, aunque no nos lo digan de forma explícita: tantos problemas de baja autoestima, de depresión, de desvalorización profunda, de auto-punición, de maltrato o abuso, que pueden darse en el ámbito afectivo llegando incluso a niveles patológicos, pero tienen su causa y su fundamento en esta falta de verdad respecto del valor del ser humano, de su dignidad y de su destino. No se pueden tratar estos problemas sólo a nivel sensible y afectivo, porque el hombre es un ser racional, necesita entender y entenderse, lo más importante de su vida pasa por saber la verdad de su existencia.
El llamado angustioso de la persona que llega al consultorio, si bien remite a la necesidad de entender una situación concreta por la que atraviesa en ese momento, no está desligada de la totalidad de su existencia. ¿Quiénes somos en verdad? ¿Cuánto valemos? ¡Cuántas personas podrían curarse (y he conocido casos en que realmente se curan) si meditaran constantemente las palabras del salmo 8, 6 "Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad"! o fuimos comprados con la Sangre de Cristo (1 Cor 7,23) ¡¡valemos la Sangre de Cristo!! Qué diferente es saber esta verdad y vivir de acuerdo a ella, a creerse un monstruo que interactúa violentamente con otros monstruos (como en los videojuegos).
Distorsión del deseo
El hombre no puede dejar de desear la verdad; si está alejado de Dios hay una perversión del deseo: ese apetito por un bien ausente (que es el deseo) se pone en otros objetos inferiores a los cuales dirige su tendencia. Al callar este deseo de la Verdad y de Dios, se orienta a su propio yo, a los seres sensibles y busca gozar de ellos como si fueran Dios. Así nace la idolatría, la absolutización de otros bienes (inferiores) que pone en el lugar de Dios. Y esto lo sumerge en una insaciabilidad e insatisfacción "ontológica" perpetua, un vacío que lo hace sufrir en lo más profundo de su ser. Este deseo desviado de su verdadero objeto lo vuelve insensato, irracional, loco.
El hombre que pone sus deseos en cosas inferiores, en las cosas "indeseables" por así decir -porque no son proporcionadas a su deseo elevado de verdad y de Verdad absoluta- se va construyendo una vida con ídolos, con falsos dioses que imagina que le darán felicidad (el dinero, el placer, la fama, la imagen, las relaciones sociales, etc, etc.) y todo eso lo sumerge en esta gran frustración y en la locura de no entender nada de su vida.
Movido por el deseo pervertido, todo su mundo se distorsiona, no sólo en la relación a las cosas, sino también en relación a toda su conducta, su trabajo, su medio ambiente, a las personas, a sus prójimos. Su vida está dispersa y dividida, su alma desparramada y disgregada (como muy bien analizaba Santa Teresa en su famosa obra Las Moradas).
Justamente aquí podemos considerar un problema muy actual: la cantidad de gente que llega a estados de stress y agotamiento nervioso por gastar todas sus energías psíquicas en múltiples ocupaciones que la someten a una continua ansiedad e inestabilidad. Es una especie de zapping de la propia vida, donde todas las actividades están al mismo nivel. Pero en la vida personal -y en el universo creado- no todo tiene el mismo valor, no todo está a la misma altura.
Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿realmente vale la pena "gastar" la vida de esa manera? Porque la vida terrena tiene un tiempo que se pasa muy rápido, y por eso siempre debemos recordar lo que Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada" (Lc. 10,41). Creer nos encamina a la salud mental, nos abre a una dimensión de verdad y bien sobre las situaciones concretas, porque nos ayuda a jerarquizar nuestra personalidad, nuestra vida y el obrar.
Justamente lo más grave de este estado delirante -donde la persona vive engañada, volcada a deseos inferiores e indignos de su alta vocación- es que se ahoga en la más espantosa confusión respecto del bien y del mal. Así llegará a preguntarse ¿y qué es la verdad? ¿dónde está el bien? ¿cómo debo actuar en esta situación o en tal otra? El deseo natural de verdad y bien se ha diluido en múltiples objetos que le dan satisfacciones pasajeras e inmediatas pero que, en el fondo, no pueden saciarlo, y entonces ya no sabe discernir entre el bien y el mal cuando tiene que obrar. Lo sumerge en la inseguridad cuando tiene que actuar. Porque uno obra como piensa y si no entiende nada de la vida, obrará mal seguramente.
El mal frecuentemente es tomado por un bien y el bien por un mal, y esto es objeto de un nuevo deseo al revés, invertido. Porque los efectos de la inversión del deseo (del deseo de saber la verdad, de entender su vida) se hacen sentir en primer lugar en la inteligencia, que pierde su capacidad de conocimiento de la realidad y de discernimiento al obrar. Perder esta capacidad significa también perder la "razonabilidad" en el manejo de los afectos y las pasiones, o sea perder la virtud, perder la salud mental. Aquí podríamos poner miles de ejemplos pero les doy sólo uno, uno de tantos que vemos a diario: una persona que llora la pérdida de un ser querido o de cosas queridas, o se lamenta por lo que no tiene o nunca tuvo; puede lamentarse un determinado tiempo, pero ¿puede suspender toda su vida quejándose siempre de su infortunio? Tiene que llegar un momento en que su inteligencia entienda que somos seres finitos, caducos, que vivimos situaciones contingentes, que ésta es la realidad de nuestra naturaleza creatural, y los afectos deben someterse a esta verdad. Es más, la fe nos abre a la esperanza del Dios que llena todo vacío. El fin de la vida es la felicidad en la vida eterna y a eso tenemos que dirigirnos. Y entender las cosas así, cambia toda mi realidad, porque ordena los afectos y hace la vida más "razonable" y entregada a lo que realmente vale la pena. Las cosas terrenales pasan, pero el deseo de felicidad trasciende todo lo mundano.
La inteligencia se pone en búsqueda de aquello que ama y cuanto más ama, más desea conocer. La fe es un conocimiento verdadero y cierto sobre la realidad, aunque de las cosas que no vemos. Es un conocimiento que ilumina la inteligencia y la perfecciona para que pueda conocer esa realidad, pero también interviene la voluntad. Nos da la seguridad de su certeza, pero debemos consentir con la voluntad. Decía San Agustín que la fe es "pensar con asentimiento". Creer es un acto del entendimiento movido por la voluntad a asentir. El acto de fe está en relación tanto con el objeto de la voluntad -el bien y el fin- como con el objeto del entendimiento que es la verdad. La fe es una virtud que nos compromete integralmente: por eso es tan diferente una persona que tiene fe de una que no la tiene.
Es correcto afirmar -dice Santo Tomás- que el acto de fe consiste en la voluntad del creyente, en cuanto que por imperio de la voluntad asiente el entendimiento a lo que ha de creer. Por eso "no sólo es preciso que la voluntad esté dispuesta a obedecer, sino que es también necesario que el entendimiento esté dispuesto a secundar el mandato de la voluntad.(11)"
El Concilio Vaticano II enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe». Esta afirmación breve pero profunda, indica una verdad fundamental del cristianismo: que la fe es la respuesta de obediencia a Dios (12) .
La soberbia y la función de la humildad
Por eso también es muy importante la virtud de la humildad, porque el soberbio no está dispuesto a obedecer, a creerle a Dios. Hay gente que conoce las verdades que Dios nos revela pero no está dispuesta a someterse en la aceptación de esas verdades. No quiere "asentir", porque el orgulloso no acepta nada que sobrepase su razón, nada que vaya más allá de lo que puede "entender", y Dios nos propone cosas que superan nuestra razón y responden a la elevadísima vocación a la que nos ha llamado. El soberbio quiere entender todo y lo que no entiende, para él no existe. Porque el orgullo hace que uno prescinda de Dios, que uno piense que lo puede todo solo, y así se siente el centro del universo. El orgulloso cree que la realidad se acaba en lo que entiende y no quiere que le hablen de verdades que pueden superarlo. Es más, cuando se es soberbio, la inteligencia se cierra, se limita, y cada vez puede entender menos, o sea que su mundo se estrecha considerablemente.
Doy un ejemplo histórico, el del filósofo David Hume (en quien se inspira Freud, porque lo admiraba), quien al final de su obra Diálogos sobre la religión natural, después de criticar duramente los principios de la fe católica como absurdos e irracionales, "de hombres enfermos"(13) , que son "fantasías de monos con aspecto humano más que afirmaciones serias", termina el libro afirmando que prefiere refugiarse "en las apacibles aunque oscuras regiones de la filosofía" o sea de lo que sólo puede entender por la razón natural (14) .
Voluntariamente prefiere encerrarse en la oscuridad de su entendimiento antes que creer lo que Dios nos dice. La historia relata, tristemente, cómo -en los últimos momentos de su vida- se sumergió en una desesperación aterradora. Este filósofo que tuvo una gran influencia en la modernidad y especialmente en la psicología a través de Kant, expresa su voluntad de limitarse a lo que su razón natural puede llegar a conocer, aunque reconociéndole toda su oscuridad.
El orgulloso prefiere ignorar o desconocer a Dios, creyendo sólo en lo que puede llegar por sus propias fuerzas; hace de sí mismo un absoluto y se niega a someterse a algo o a Alguien. El orgullo es la raíz de la locura, la causa de las enfermedades psíquicas más graves, porque hay una percepción delirante de la realidad, porque el soberbio cree que la realidad termina en lo que su pobre y oscura razón puede ver (15). No acepta que puede equivocarse y por eso este pensamiento terminará en el idealismo más absoluto donde Hegel llega a afirmar que "todo lo real es racional y todo lo racional es real": la única realidad es lo que puede entender, está encerrado en su propia razón, que sin la fe es oscura y limitada. Y todavía peor, es prisionero de su loca imaginación, que no llega a discernir entre la realidad y lo producido por su mente. No podemos ignorar que esto está presente en el psicoanálisis y sobre todo en la psicoterapia psicoanalítica.
El problema es que la persona ni siquiera puede entender lo más obvio como es su propia vida porque no se abre a lo más real que es el ser, y el ser de Dios. Por eso la fe es el verdadero camino de apertura a la realidad, aun cuando haya realidades que no podamos llegar a entender, pero que tenemos que tener la suficiente humildad para aceptarlas porque creemos en Dios que nos las ha revelado y no puede engañarse ni engañarnos. La fe no sólo es un remedio a la cerrazón y ceguera del hombre soberbio, sino que es el comienzo de una vida nueva, de conductas nuevas, porque el hombre se reconoce creatura pobre e indigente y busca a Dios que lo hará realmente feliz. Una visión realista de las cosas y de las situaciones (como la que nos da la fe), hace que las podamos vivir bien porque los afectos son ordenados según esa realidad que es conocida tal cual es. El que tiene fe tiene un conocimiento superior al de todos los hombres mundanos, va más allá del conocimiento natural.
Muchos autores afirman que el orgullo es la enfermedad más difícil de sanar, y que se necesita de la humildad para curar las enfermedades mentales (Cfr. Adler, Allers, Larchet, etc). La humildad que es contraria al orgullo, supone reconocer nuestros límites, nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra impotencia. El humilde desconfía de su propio juicio y de su voluntad desordenada, y por eso se hace obediente a la Voluntad de Dios. Reconoce un Ser superior, Creador, y su propia creaturalidad, sometiéndose a las verdades que Él nos enseña. Vemos que hay gente que se enoja, que se irrita y reacciona mal ante los principios de la fe o las personas que testimonian la fe (por eso hoy en día hay tantos mártires). Pero ser humilde significa encontrar la paz despojándose del amor propio y del propio juicio, y abrirse al Buen Dios que quiere darnos los conocimientos divinos para que alcancemos la felicidad. El humilde reconoce la gracia de Dios, porque se da cuenta que sin la ayuda de Dios nada puede tener ni nada puede hacer. Es necesario ser humilde para disponer la voluntad al conocimiento y aceptación de la Verdad.
La humildad está asociada a la oración donde el hombre reconoce su nada ante Dios: de petición, de agradecimiento, de alabanza, de contrición. Y hay estudios psicológicos experimentales, con estadísticas que los apoyan y confirman, donde se observó que las personas que rezan se curan más fácilmente (16). La humildad es una de las principales fuentes de terapia psíquica porque se opone al orgullo que es el principio de la naturaleza caída que ha desordenado el alma y por lo cual se sufren todas las enfermedades. El orgullo es la raíz de todos los males del mundo y por eso Cristo nos muestra el remedio cuando nos dice "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).
Sobre la humildad se construye todo el edificio psíquico porque el alma se abre a la realidad, a la verdad y a las certezas de las cosas que aún no ve. Es necesaria la humildad para abrirse a la fe, y ésta expande nuestro mundo y nos despliega no sólo en el conocimiento de las verdades accesibles a la razón sino también a aquellas que se nos proponen para ser creídas y que aún son oscuras en esta vida. Porque como dice San Pablo "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman" (1 Cor 2,9)
Como lo reconocen todos los buenos psicólogos (de alguna manera Adler, Allers, Larchet y otros contemporáneos), la humildad es la fuente de toda salud y principio de curación mental. El fundamento de todas las virtudes es la humildad.
La fe como terapia
Una vez que el hombre con humildad busca la verdad y se abre a la fe, debemos ver cómo esta fe puede curarlo de sus desórdenes psíquicos. Decíamos que ya la misma virtud de la humildad es sanadora porque repara el mayor mal, lo que más desordena psíquicamente, que es el orgullo.
Larchet afirma que "es en el acto mismo de la fe que se da la curación de las facultades que el pecado había enfermado pervirtiendo su uso."(17) Las facultades del alma están desordenadas por el pecado porque el hombre se desordenó de su fin último que es Dios.
En la medida en que la fe orienta al hombre a Dios (igual que las otras virtudes teologales), lo pone nuevamente en dirección a su verdadero fin, preservándolo y liberándolo de las ataduras patológicas a sí mismo. Dirigiendo la voluntad a Dios, da rectitud y firmeza al deseo.
La fe es un conocimiento, que por principio ya tiene una función terapéutica sobre la ignorancia que -como antes dijimos- es la causa de las enfermedades mentales. La fe repara la ignorancia, en que nos sumerge el pecado, nos libera de todo conocimiento erróneo respecto de Dios y de las cosas creadas: del valor que deben tener en mi vida, de los afectos y deseos que me despiertan.
Por la fe las facultades tanto intelectuales como apetitivas son purificadas, y entonces el hombre puede conocer la realidad. En este nuevo conocimiento de Dios -que es el de la fe- el hombre recupera el verdadero conocimiento de sí mismo y de su naturaleza. Se reconoce y valora cono imagen de Dios, y encuentra su dignidad de hijo de Dios, esa dignidad que había perdido con sus errores y pecados. Por la fe se libera de su vida artificiosa y neurótica (18), porque los fines ficticios a los que estaba sometido y que perseguía con insistencia y muchas veces inconscientemente (el dinero, los placeres, la imagen, el status, etc), lo sumergían en la angustia, en el stress, y muchas veces hasta en la desesperación.
La fe da seguridades y reafirma nuestra identidad. Por eso al Credo se lo llama Símbolo, porque aquello que profesamos creer, eso somos, y por eso debemos ser reconocidos.(19) El hombre moderno, tan despersonalizado y masificado, y que muchas veces se siente perdido sin saber realmente quien es y cómo es, encuentra su verdadero y profundo ser, cuando se entiende desde lo que cree. También este creer nos hermana, y acrecienta un sentimiento de semejanza (y simpatía) con los que creen lo mismo.
Con la fe es empezar a encontrar una vida determinada al bien y firme en el obrar. Porque en el acto de fe la voluntad elige y quiere creerle a Dios, no cree en una verdad más, sino en la "Verdad Primera" -como afirma Santo Tomás- y esa verdad primera es al mismo tiempo fin último de la existencia del ser humano. No hay que ver el acto de fe como algo sólo intelectual, una enunciación de verdades frías que no conmueven nuestro corazón, sino como un acto en que el hombre quiere someterse a Dios y así queda "inclinado" hacia el verdadero fin del hombre. El acto de fe es credere in Deum (20), o sea "hacia" Dios. La voluntad inclina, dirige y arrastra toda la personalidad hacia lo que quiere, hacia el ser querido. La dinámica de la voluntad no sólo precede el acto de fe dándole su asentimiento a la Verdad Primera, sino que inclina y hace que toda la personalidad tienda al fin último unificando las potencias. Psiquiatras como Adler, Allers y otros han estudiado y confirmado que las patologías mentales, especialmente las neurosis, se caracterizan por la división causada por fines ficticios que alejan a la persona del verdadero fin del hombre distorsionando así todas sus conductas. Si la fe no nos "afecta" de alguna manera, no nos "mueve" a tener buenos afectos y obrar bien, es porque quizás no tenemos una fe fuerte o quizás no esté viva (o sea informada por la caridad).
Por eso me parece interesante el estudio que hace Larchet sobre lo que los Padres de la Iglesia llamaban dipsiquia, que es una enfermedad del hombre creyente, del que tiene una "fe enferma".
Se caracteriza por una división en la personalidad -hoy en día diríamos una esquizofrenia (etimológicamente: alma dividida)- que afecta a aquellos que tienen una fe débil, y que su corazón está dividido entre el Dios y el mundo. Esta "enfermedad" hace que el hombre obre mal, sea insensato, depresivo, triste, asténico, negligente.(21)
La fe nos enseña los afectos que debemos tener, la forma en que debemos actuar, nos muestra el camino de las conductas que nos hacen bien, que nos perfeccionan, que nos hacen buenas personas. La inmutabilidad de las verdades divinas frente a lo pasajero del mundo, nos hace descansar en la estabilidad y firmeza que es condición de salud mental. Sometido al error el hombre no puede más que estar sometido a la enfermedad. Aquel que vive una fe sólida pone fin a las dudas, las inseguridades, las indecisiones y miedos patológicos que lo alejan de la realidad.
Según los Padres de la Iglesia la fe es "un apoyo sólido y un puerto seguro"(22) . Justamente la palabra "enfermedad" alude a una falta de firmeza que la fe puede remediar. La fe es condición de salud ya que perfecciona al hombre dirigiendo toda su vida al fin natural y sobrenatural. Pero es necesario crecer en la fe y fortalecerla con actos en que se testimonie esa fe.
En síntesis, la fe es terapéutica porque 1º) sacia el principal deseo del hombre que es el de la Verdad,
2º) perfecciona el entendimiento con esa verdad que no sólo es cierta y segura, sino que lo libera del error en que puede caer por las limitaciones de la inteligencia,
3º) porque perfecciona la voluntad rectificando los deseos desordenados y desarrollando la virtud de la humildad que es la base de la salud mental,
4º) porque hace que uno capte y viva mejor la realidad, no sólo en la actualidad sino principalmente en relación al fin del hombre y su felicidad
5º) reafirma su identidad, aquello por lo cual uno se reconoce a sí mismo, es reconocido y reconoce a los demás.
....el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En otras palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hipótesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda. Fide et ratio 27
Notas 1. SAN AGUSTÍN, Confesiones, X, 23, 33
2. ARISTÓTELES, Metafísica I,1
3. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, 25
4. Ibídem, 3
5. Ibídem, 28
6. Como muy bien lo demuestra J-C Larchet en sus tratados sobre las enfermedades mentales.
7. Pueden verse los libros de JEAN-CLAUDE LARCHET, quien estudia la psicología con sólidos fundamentos en la doctrina de los Padres de la Iglesia. Cfr. Thérapeutique des maladies mentales, Cerf, Paris 1992. Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 20004, etc.
8. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 27 a 38.
9. Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II q 1 a1- 3. Ibid, II II q 4 a 2 ad 3: "Pero, dado que la Verdad primera, objeto de la fe, es fin de todos nuestros deseos y acciones, como lo muestra San Agustín en I De Trin., de ahí proviene que la fe obre por el amor, de la misma forma que, como enseña el Filósofo, el entendimiento, por extensión, se hace práctico."
10. SAN AGUSTÍN, De Trinitate XIV, 11: Eo mens est imago Dei, quo capax Dei est et particeps esse potest [en esto la mente es imagen de Dios, en que puede ser participe (de Dios) y capaz de Dios].
11. S.Th II-II q.4 a. 2 ad 2
12. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum, nº 4
13. D. HUME, Historia natural de la religión, Diálogos sobre la religión natural, Sígueme, Salamanca 1974, 96.
14. Ibid.
15. Esto lo trata en profundidad J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 2004
16. Cfr. W. PARKER- E. ST JOHNS, La oración en la psicoterapia, Pax-Mexico, 1973
17. J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, 346
18. Como muy bien lo demuestran los psiquiatras Adler (especialmente en su obra "El carácter neurótico"), Allers (en su obra "Naturaleza y educación del carácter") y todos los que siguen este pensamiento.
19. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 185 ss.
20. S. Th. II-II q2 a2 ad 4.
21. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 348-349
22. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 350









