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El Trabajo en Equipo es uno de los valores más grandes en nuestro Movimiento, para que todo resulte bien para Gloria de Dios todos ponemos un granito de arena.

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La oración comunitaria es la expresión de la fe que nos une a todos en una misma plegaria a Dios por nuestras familias.

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Se comparte a través de temas que desarrollan los matrimonios, bajo la luz del Espíritu Santo.

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Tema: Servir a Dios y a los demás


Vivir en constante disponibilidad a las necesidades ajenas es una forma de imitar a Jesús, quien siendo Dios, no vino a ser servido sino a servir.
I. Como el discípulo ante el maestro, como el niño junto a su madre, así ha de estar el cristiano en todas las ocupaciones ante Cristo. El hijo aprende a hablar oyendo a su madre, esforzándose en copiar sus palabras; de la misma forma, viendo obrar y actuar a Jesús, aprendemos a conducirnos como Él.
La vida cristiana es imitación de la del Maestro, pues Él se encarnó y os dio ejemplo para que sigáis sus pasos [1]. San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a imitar al Señor con estas otras palabras: Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús [2]. Él es la causa ejemplar de toda santidad, es decir, del amor a Dios Padre. Y esto no sólo por sus hechos, sino por su ser, pues su modo de obrar era la expresión externa de su unión y amor al Padre.
Nuestra santidad no consiste tanto en una imitación externa de Jesús como en permitir que nuestro ser más profundo se vaya configurando con el de Cristo. Despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del hombre nuevo… [3], anima San Pablo a los colosenses. Esta diaria renovación significa desear constantemente limar nuestras costumbres, eliminar de nuestra vida los defectos humanos y morales, lo que no es conforme con la vida de Cristo … ; pero, sobre todo, procurar que nuestros sentimientos ante los hombres, ante las realidades creadas, ante la tribulación, se parezcan cada día más a los que tuvo Jesús en circunstancias similares, de tal manera que nuestra vida sea en cierto sentido prolongación de la suya, pues Dios nos ha predestinado a ser semejantes a la imagen de su Hijo [4].
La misma gracia divina, en la medida en que correspondemos a la acción continua del Espíritu Santo, nos hace semejantes a Dios. Seremos santos si Dios Padre, puede afirmar de nosotros lo que un día dijo de Jesús: Éste es mi Hijo muy amado, en quien, tengo puestas mis complacencias [5]. Nuestra santidad consistirá, pues, en ser por la gracia lo que es Cristo por naturaleza: hijos de Dios.
El Señor lo es todo para nosotros. «Este árbol es para mí una planta de salvación eterna; de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda, y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío. Sus hojas son mi follaje, sus frutos mis perfectas delicias, y yo gozo libremente sus frutos, que me estaban reservados desde el principio. Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente, y mi vestido en la desnudez, porque sus hojas son espíritu de vida: lejos de mí desde ahora las hojas de la higuera. Cuando temo a Dios, Él es mi protección; y cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo. Es para mí el sendero estrecho y el sendero angosto» [6]. Nada deseo fuera de Él.
II. El Evangelio [7] nos relata la petición que hicieron Santiago y Juan a Jesús de dos puestos de honor- en su Reino. Después, los diez comenzaron a indignarse contra estos dos hermanos. Jesús les dijo entonces: Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor,- y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea esclavo de todos. Y les da la suprema razón: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención de muchos.
En diversas ocasiones proclamará el Señor que no vino a ser servido sino a servir: Non ven¡ ministrari sed ministrare [8]. Toda su vida fue un servicio a todos, y su doctrina es una constante llamada a los hombres para que se olviden de sí mismos y se den a los demás. Recorrió constantemente los caminos de Palestina sirviendo a cada uno -singulis manus imponens [9]- de los que encontraba a su paso. Se quedó para siempre en su Iglesia, y de modo particular en la Sagrada Eucaristía, para servirnos a diario con su compañía, con su humildad, con su gracia.
En la noche anterior a su Pasión y Muerte, como enseñando algo de suma importancia, y para que quedara siempre clara esta característica esencial del cristiano, lavó los pies a sus discípulos, para que ellos hicieran también lo mismo [10].
La Iglesia, continuadora de la misión salvífica de Cristo en el mundo, tiene como quehacer principal servir a los hombres, por la predicación de la Palabra divina y la celebración de los sacramentos. Además, «tomando parte en las mejores aspiraciones de los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles a conseguir su pleno desarrollo, y esto precisamente porque les propone lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad» [11].
Los cristianos, que queremos imitar al Señor, hemos de disponernos para un servicio alegre a Dios y a los demás, sin esperar nada a cambio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. En ocasiones, muchos no entenderán esta actitud de disponibilidad alegre. Nos bastará saber que Cristo sí la entiende y nos acoge entonces como verdaderos discípulos suyos. El «orgullo» del cristiano será precisamente éste: servir como el Maestro lo hizo. Pero sólo aprendemos a darnos, a estar disponibles, cuando estamos cerca de Jesús. «Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor.
»-¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!» [12]. De ella obtenemos las fuerzas y la humildad que todo servicio requiere.
III. Nuestro servicio a Dios y a los demás ha de estar lleno de humildad, aunque alguna vez tengamos el honor de llevar a Cristo a otros, como el borrico sobre el que entró triunfante en Jerusalén [13]. Entonces más que nunca hemos de estar dispuestos a rectificar la intención, si fuera necesario. «Cuando me hacen un cumplido -escribe el que más tarde sería Juan Pablo I-, tengo necesidad de compararme con el jumento que llevaba a Cristo el día de ramos. Y me digo: "¡Cómo se habrían reído del burro si, al escuchar los aplausos de la muchedumbre, se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado -asno como era- a dar las gracias a diestra y siniestra!… ¡No vayas tú a hacer un ridículo semejante…!"» [14], nos advierte.
Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida. ¡Ya es suficiente recompensa!
Servicio alegre, como nos recomienda la Sagrada Escritura: Servid al Señor con alegría [15], especialmente en aquellos trabajos de la convivencia diaria que pueden resultar más molestos o ingratos y que suelen ser con frecuencia los más necesarios. La vida se compone de una serie de servicios mutuos diarios. Procuremos nosotros excedernos en esta disponibilidad, con alegría, con deseos de ser útiles. Encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en medio del trabajo, en la vida de familia…, con parientes, amigos, conocidos, y también con personas que nunca más volveremos a ver.
Cuando somos generosos en esta entrega a los demás, sin andar demasiado pendientes de si lo agradecerán o no, de si lo han merecido…. comprendemos que «servir es reinar» [16].
Aprendamos de Nuestra Señora a ser útiles a los demás, a pensar en sus necesidades, a facilitarles la vida aquí en la tierra y su camino hacia el Cielo. Ella nos da ejemplo: «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta de vino… Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios» [17]. Entonces hallamos con mucha facilidad a Jesús, que nos sale al encuentro y nos dice: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis [18].

[1] 1 Pdr 2, 21.
[2] Flp 2, 5.
[3] Col 3, 9.
[4] Rom 8, 29.
[5] Mt 3, 17.
[6] SAN HIPÓLITO, Homilía de Pascua.
[7] Mc 10, 35-45.
[8] Mt 20, 8.
[9] Lc 4, 40.
[10] Cfr. Jn 13, 4 ss.
[11] PABLO VI, Ene. Populorum progressio, 26-III-1967,
[12] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 72.
[13] Cfr. Lc 19, 35.
[14] A. LUCIANI, Ilustrísimos señores, p. 59.
[15] Sal 99, 2.
[16] Cfr. JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 21.
[17] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, n. 631.
[18] Mt 25, 40.
Esta meditación forma parte de la Colección "Hablar con Dios"
Hablar con Dios, por Francisco Fernández-Carvajal, Tomo V, Ediciones palabra.
Puedes adquirir la colección en
www.edicionespalabra.es o en www.beityala.com

Fuente: Encuentra.com

Tema: María Magdalena, la enamorada de Dios

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo"
 
María Magdalena, la enamorada de Dios
Realmente nos encontramos en el Evangelio a un personaje muy especial del que nos pareciera saberlo todo y del que casi no sabemos nada: María Magdalena. Magdalena no es un apellido, sino un toponímico. Se trata de una María de Magdala, ciudad situada al norte de Tiberíades. Sólo sabemos de ella que Cristo la libró de siete demonios (Lc 8, 2) y que acompañaba a Cristo formando parte de un grupo grande mujeres que le servían. Los momentos culminantes de su vida fueron su presencia ante la Cruz de Cristo, junto a María, y, sobre todo, el ser testigo directo y casi primero de la Resurrección del Señor. A María Magdalena se le ha querido unir con la pecadora pública que encontró a Cristo en casa de Simón el fariseo y con María de Betania. No se puede afirmar esto y tampoco lo contrario, aunque parece que María Magdalena es otra figura distintas a las anteriores. El rostro de esta mujer en el Evangelio es, sin embargo, muy especial: era una mujer enamorada de Cristo, dispuesta a todo por él, un ejemplo maravilloso de fe en el Hijo de Dios. Todo parece que comenzó cuando Jesús sacó de ella siete demonios, es decir, según el parecer de los entendidos, cuando Cristo la curó de una grave enfermedad.


María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia.

El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra.


El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida.

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor.


El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él.

En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios.

En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho.


Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios. 

Tema: Reflexión Espiritual, Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

Juan Pablo II, Mensaje a la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

Ya desde los primeros ermitaños que se establecieron en el monte Carmelo y que habían ido como peregrinos a la tierra del Señor Jesús, la vida se suele representar como una ascesis hasta llegar a Cristo nuestro Señor, monte de salvación (cf. Misal romano, Oración colecta de la misa en honor de nuestra Señora del Carmen, 16 de julio). Orientan esa peregrinación interior dos iconos bíblicos muy apreciados por la tradición carmelitana: el del profeta Elías y el de la Virgen María.

El profeta Elías arde en celo por el Señor (cf. 1 R 19, 10); se pone en marcha hacia el monte Horeb y, aunque se siente cansado, sigue caminando hasta alcanzar la meta. Sólo al término de su arduo itinerario encuentra al Señor en el susurro de una brisa suave (cf. 1 R 19, 1-18).
Contemplando su ejemplo, los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo comprenden más profundamente que sólo quien se mantiene entrenado para escuchar a Dios e interpretar los signos de los tiempos es capaz de encontrar al Señor y reconocerlo en los acontecimientos diarios. Dios habla de muchos modos, incluso a través de realidades que a veces pueden parecer insignificantes.

El otro icono es el de la Virgen María, a quien veneráis bajo el título de Hermana y Belleza del Carmelo. La Virgen se pone en camino para ir a visitar a su anciana prima, santa Isabel. En cuanto recibe el anuncio del ángel (cf. Lc 1, 26-38), al saber que Isabel necesita ayuda, parte generosamente, casi corriendo por los senderos del monte (cf. Ct 2, 8; Is 52, 7). Durante el encuentro con su prima, de su alma brota un cántico de alegría: el Magníficat (cf. Lc 1, 39-56). Cántico de alabanza al Señor y testimonio de humilde disponibilidad a servir a sus hermanos. En el misterio de la Visitación todo cristiano ve el modelo de su vocación. Así debe ser especialmente para vosotros, reunidos en asamblea capitular con la finalidad de imprimir a la Orden un nuevo impulso ascético y misionero. Con el corazón rebosante de alabanza al Señor en la contemplación de su misterio, avanzad con alegría por los caminos de la caridad, abriéndoos a la acogida fraterna, para ser testigos creíbles del amor misericordioso del Verbo de Dios hecho hombre para redimir el mundo.
M

Tema: Espiritualidad del matrimonio

Por Dora Tobar
La espiritualidad es todo lo que nos permite tomar conciencia de nuestra intrínseca relación con Dios y nos ayuda a desarrollarla.
Ahora bien, por su misma esencia y origen, el amor matrimonial es una realidad espiritual. Es decir, lo sepan o no, al haber hecho del amor la razón de ser y la meta de sus vidas como pareja, los esposos han optando ya por Dios y están en el camino seguro de encontrarlo. Como lo dice la Primera Carta de San Juan: “El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (4,7).
Pero además, cuando los esposos, en el sacramento del matrimonio, optan por amarse no sólo con la fuerza humana del amor sino con el amor de entrega de Cristo en la cruz, algo más grande que un simple acuerdo humano está sucediendo entre ellos. Su decisión significa que desean hacer de su vida en común el camino para identificarse con Cristo, es decir, para alcanzar la santidad.
Esta es por tanto la primera y gran oración que los esposos elevan en común y frente a la cual Dios nunca pasa desapercibido: “De la misma manera que en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por la alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres... sale al encuentro de los esposos para unirse a su amor y permanecer con ellos" (CIC 1642).
Es más, su decisión o consentimiento de entregarse y recibirse mutuamente, por la gracia del sacramento del matrimonio, hace que los esposos queden “como consagrados para los deberes y dignidad de su estado” (Vaticano II, Gaudium et Spes, GS, 49). Por lo tanto, todo cuanto hagan para amarse será así su oración y ofrenda ante el altar del amor que Dios ha establecido ante ellos.
Esta oración se vuelve vida cada vez que los esposos se intercambian gestos y pruebas de su amor de dedicación y servicio; o cuando, con generoso corazón disponen su amor a la acción procreadora de Dios; Así mismo, se vuelve ofrenda grata cuando se convierte en disposición para entender y ceder el propio punto de vista en aras de la armonía, o cuando, ante los desacuerdos o las ofensas el amor se convierte respectivamente en aceptación respetuosa del otro, tal cual es, y en perdón misericordioso pues no se espera que el otro sea perfecto.
Es muy bello además cuando esta práctica espiritual en el silencio y la rutina de la convivencia, se puede traducir en palabras y gestos explícitos de oración, pronunciadas al unísono o en compañía del cónyuge. Pues, como dicen los maestros de espiritualidad, mediante la oración tomamos conciencia profunda de lo que Dios está realizando en nosotros. Así, los esposos pueden gozar juntos de la contemplación de la obra de Dios,  tanto en sus logros como en sus dificultades, y disponerse mejor para que siga sucediendo.
La celebración Eucarística es una excelente oportunidad para orar y celebrar juntos:
  • En sus ritos mismos de entrada podemos por ejemplo tomar conciencia que, como en el día de nuestra boda, otra vezcaminamos juntos, frente al altar, dispuestos a amarnos y recibir la gracia para vivir la “común –unión”.
  • El rito penitencial nos da la ocasión de pedir perdón a Dios por nuestras faltas al amor, invocar el poder de su perdón por las heridas recibidas y unirnos a la invocación de perdón que hace nuestro cónyuge.
  • A través de su Palabra seguramente Dios tendrá una Buena Noticia para salvar nuestro amor. Estar ahí, escuchándola con nuestro cónyuge nos ayuda a recordar que nuestra relación matrimonial es el mundo inmediato donde esa Palabra debe hacerse realidad.
  • El ofertorio es igualmente un momento litúrgico donde, mentalmente estamos invitados a poner en la patena que el sacerdote levanta en el altar, todos los frutos de nuestro amor, pero también las migajas que esperan ser transformadasen pan de vida y amor.
  • Finalmente, la comunión con el cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó por nosotros, es el mejor alimento para que cada esposo no sólo se mantenga en la entrega sino que se convierta en el cuerpo visible de Dios para su cónyuge y su familia.
  • El rito de conclusión debe recordarnos que no salimos como entramos y que Dios se ha quedado, una vez más, con nosotros.
  • Ahora, nuestra casa debe ser “el santuario” donde se siga reconociendo y sirviendo el rostro de Cristo en nuestros “próximos” y nosotros seremos una vez más los “ministros consagrados por el amor” para la construcción y cuidado de nuestra Iglesia Doméstica. Ahí, el milagro del altar seguirá invocándose y celebrando a través de nuestras cenas en común, de nuestras conversaciones que buscan el entendimiento y la comprensión, de nuestros gestos de ternura y placer, y de todos los actos de solidaridad y entrega que conformen nuestra convivencia.
No se necesita pues nada extraordinario para vivir la espiritualidad del Matrimonio. Lo extraordinario ya ha sucedido en su mutua voluntad de amor. Dejen todo, de nuevo, en manos del Señor y El se encargará de ayudarlos a tomar conciencia de este milagro y de disponerse a seguir viviéndolo. 
Cada cónyuge debe velar por mantener su espíritu alimentado en el amor. Puede siempre alentarnos la certeza, de que Dios jamás niega el amor a quien se lo pide con corazón humilde y dispuesto. Ojala los dos puedan recorrer este camino espiritual al mismo tiempo. Y cuando no, cuando uno de los cónyuges avanza primero o más en este proceso de oración y conciencia de fe, es su deberorar por el cónyuge.
Más sobre el tema en Espiritualidad y fe y La oración.
Lecturas complementarias:
  • Catecismo de la Iglesia Católica, 1641-1650
  • Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 55-64.

Tema: ¿Y entonces para que debe ser el noviazgo?

El amor de pareja debe sostenerse en cuatro bases fundamentales: Diálogo, comunicación, confianza y respeto
 
¿Y entonces para que debe ser el noviazgo?
¿Y entonces para que debe ser el noviazgo?
En el noviazgo todo lo que se pueda conocer y hacer con la pareja para mejorar la relación, serán acciones preventivas, conociendo así las verdaderas intenciones, sentimientos y formación de ambos.

En el noviazgo se debe decir lo que agrada y lo que no de la pareja, con la finalidad de corregir los defectos en lo posible. Si no hay voluntad de reconocer, aceptación y verdadera superación de ambas partes, en el matrimonio muchas acciones serán correctivas…no siempre con éxito.

El noviazgo es para conocer a la pareja, sus aficiones, cualidades y defectos, y no solo para idealizar lo “maravilloso” (a) que es ella o él, porque sin conocimiento uno del otro después habrá una villana y un ogro. “No idealices al ser amado, míralo como es, crudamente y sin anestesia”

Ambos deberán conocer el grado de generosidad, bondad, sencillez, gratitud, etc. O egoísmo, soberbia, envidia, así como el grado de autoestima. De todo esto depende en gran parte la felicidad de los dos. La decisión de formar una familia no depende solo del deseo, de la pasión o de la obsesión. La relación que solo se funda en estás tres circunstancias solo va rumbo al fracaso total tarde o temprano.

Teniendo conocimiento de la pareja en todo lo anterior, se podrá identificar la existencia del verdadero amor, así como la adaptación y aceptación en los defectos del otro (a). El conocimiento pleno y sincero así como el diálogo y la comunicación une más a la pareja. El desconocimiento o la falta de sinceridad hacen imposible la convivencia.

Lo importante en el matrimonio, no solo es una cara bonita o un físico atractivo o robusto, lo que en realidad importa, son los sentimientos y los valores. Eso es lo que hace verdaderamente valiosa y atractiva a una persona, ahí estará la felicidad de ambos.

Una persona egoísta, soberbia, envidiosa, conflictiva, con intensiones de conseguir ventajas para sí y con una nula autoestima, no es garantía de al menos un hogar estable.

El verdadero amor es perenne, y en el verdadero amor hallaremos: Bondad y generosidad sin importar nada a cambio, pero esto es recíproco. El verdadero amor da lo mejor de sí. Por eso el amor es un acto de voluntad y no un mero sentimiento, es una decisión responsable y madura.

El amor es enemigo de la envidia, de la presunción, del egoísmo, del enojo y del rencor.

El verdadero amor es dejar de pensar en sí mismo y de no buscar solo el beneficio personal.

Te voy a dar un consejo para que destruyas el amor: alimenta continuamente e incrementa tu envidia, presunción y orgullo, llénate de egoísmo e intolerancia. Sólo piensa en ti sin dar lo que quieres recibir y sumérgete en el enojo y el rencor hasta ahogarte.

Y por último, si quieres dejar de amar, sólo ve los defectos de los demás. Seguramente te encontrarás con el vacío y la soledad. De esta forma posiblemente tendrás la explicación del fracaso de muchos matrimonios y de decepciones personales.

En el noviazgo y en el matrimonio

El decir sí a todo en la vida de pareja, puede ser signo de debilidad y no precisamente amor. Hay que decir sí cuando es sí, y no cuando es no. Decir a todo sí puede ser también por temor de disgustar u ofender a la pareja, y esto con el tiempo dañará la relación de forma definitiva cuando llegue el fastidio o simplemente querer ser uno mismo para poder tomar decisiones propias, nadie puede vivir en constante represión.

Por el bien de ambos es necesario establecer de muto acuerdo, las reglas de convivencia. “Si la cuerda se tensa demasiado se puede romper, y si se afloja bastante puede provocar caídas”.

Desde el noviazgo es necesario…estar dispuestos a la adaptación (adaptarse no es tratar de cambiar a la persona) es acomodar ciertos hábitos, costumbres e ideas. Este proceso no fácil si no hay verdadero amor nacido de una decisión responsable y madura.

Para hablar de adaptación mutua de una pareja, es importante reflexionar que estamos hablando de dos personas con diferente formación, diferente forma de pensar, diferente forma de ver las cosas y una psicología nada comparativa.

No se debe tratar de cambiar a la pareja sino de buscar la afinidad (adecuación de caracteres, opiniones, gustos, etc.,) que existe entre los dos respetando la forma de ser de cada uno pero buscando dar lo mejor de sí y sobre todo la disposición de llevar una vida de pareja en común y mutuo acuerdo y respeto.

“Amar no es perder la individualidad que posees ni torcer tu visión del mundo, es reafirmarte junto al otro y crecer de a dos, siendo únicos y distintos” (Walter Riso)

La adaptación es difícil pero no imposible si hay disposición nacida de un verdadero amor. El amor si es verdadero nunca se acaba sino por el contrario se fortifica.

El amor de pareja debe sostenerse en cuatro bases fundamentales: Diálogo, comunicación, confianza y respeto.

Tema - Bergoglio acabó viendo en la Renovación Carismática una 'corriente de gracia'

El papa Francisco acudirá en Roma al Estadio Olímpico, el próximo 2 de junio. Pero no será para un evento deportivo, sino para acompañar a más de 50 mil miembros de la Renovación Carismática Católica (RCC) en su encuentro nacional anual. Los 90 minutos que el Santo Padre pasará allí, será un tiempo de acogida, oración, cantos, testimonios, diálogo y escucha. Para conocer un poco más de la relación del cardenal Bergoglio con este movimiento, ZENIT ha entrevistado a Pino Scafuro. Casado, con dos hijos, tiene 48 años y es industrial. Scafuro es coordinador de la RCC de Buenos Aires y vicepresidente de la Fraternidad Mundial de Comunidades de la Renovación Carismática.

El mismo Francisco contó que al principio pensaba que en la Renovación "confunden una celebración con una escuela de samba" pero ha afirmado que se "convirtió" cuando vio el bien que hacían.

Podría hablarnos de la realidad actual de la Renovación Carismática en Argentina
-- Pino Scafuro: La Renovación Carismática en Argentina ha sido reconocida primero por el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio y luego por la Conferencia Episcopal Argentina como una “corriente de gracia”, compuesta por múltiples expresiones suscitadas por el Espíritu Santo: grupos de oración, comunidades de alianza, comunidades religiosas, comunidades ecuménicas, etc.
Esta concepción amplia le otorga un excepcional espacio para la creatividad  y el despliegue de carismas, buscando más formas de anunciar a Jesucristo.
Queremos seguir manteniendo esa gracia inicial de la unidad en la diversidad, que es obra del Espíritu Santo, como siempre remarcó.

¿Cómo fue el primer contacto del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina?
-- Pino Scafuro: La corriente carismática católica comenzó hace más de cuarenta años en Argentina. Las  primeras comunidades de oración fueron iniciadas por religiosos trinitarios y jesuitas. En aquel entonces, era una espiritualidad desconocida en la Iglesia, que crecía veloz y espontáneamente, a veces con falencias propias de una experiencia nueva, para quienes participaban y para quienes debían vigilarla.
En aquel entonces, el joven padre Jorge Mario Bergoglio era el provincial de los jesuitas y le tocó pedir prudencia a sus animadores.

En una ocasión, el Santo Padre Francisco dijo, hablando sobre RCC, que "a  finales de los 70, inicios de los 80, yo no los podía ver, y que había dicho: 'éstos confunden una celebración con una escuela de samba'. Pero que después se arrepintió porque "lo conocí mejor, es verdad que el movimiento tiene buenos asesores y ha ido en un buen camino". ¿Cómo era la relación del cardenal Bergoglio con la RCC en Argentina? 
-- Pino Scafuro: Luego del período al que hice referencia antes, en la década del 90, siendo el ya obispo auxiliar y luego arzobispo de Buenos Aires, comenzamos a tener una relación cada vez más estrecha y paternal.
Fue aprobando, apoyando y participando en muchas actividades nuestras, las que cada vez tenían mayor proyección. Los programas de formación, retiros, eventos de evangelización y los encuentros que fomentamos de unidad de los cristianos e interreligiosos, entre otros.
Ese acompañamiento y apoyo, muchas veces, tenía un énfasis que nos sorprendía.
También lo repitió, como Papa, en la conferencia de prensa del avión de regreso de Río de Janeiro, cuando dijo: “En Buenos Aires, yo me reunía frecuentemente y una vez al año celebraba la misa con todos ellos en la catedral. Les he apoyado siempre, cuando me he convertido, cuando he visto el bien que hacían.  Pero ¿cómo se puede sostener un movimiento que es tan libre? También la Iglesia es libre. El Espíritu Santo hace lo que quiere. Además, Él hace el trabajo de la armonía…” En esta respuesta el Santo Padre expresa su reconocimiento de la naturaleza de la Renovación Carismática “un movimiento que es tan libre…” Esto nos llena de alegría.

¿Ha tenido ocasión de comunicarse con él después de haber sido elegido Sucesor de Pedro?
-- Pino Scafuro: Sí, pude saludarlo brevemente en Roma. Lo encontré muy animado y al tanto de los detalles, como siempre.

¿Cómo definiría al cardenal que usted conoció?
-- Pino Scafuro: Como un obispo siempre a disposición de sus sacerdotes, de los laicos y de quienes solicitaban su consejo o ayuda, especialmente de los pobres. Los pobres y los excluidos han sido siempre su prioridad.  Un pastor según el Evangelio. Un hombre lucido y realista, un hombre de oración y un digno hijo de san Ignacio de Loyola. Sabio y sencillo. Escucha con atención a todos, pero luego toma decisiones de forma libre y firme.

El papa Francisco acudirá al Estadio Olímpico de Roma el día 1 de junio para el encuentro italiano de la Renovación, ¿qué  supondrá este gesto del Papa para la RCC en concreto y para la vida de los movimientos en general?
-- Pino Scafuro: Será un encuentro internacional de la Renovación Carismática Católica en sus múltiples expresiones. Un gesto más del Santo Padre de su cercanía a la Renovación Carismática  de los tantos que ya dio en Buenos Aires. De hecho, ya estaba nombrado por la Conferencia Episcopal como asistente espiritual de la Renovación Carismática en la Argentina, a hacerse efectivo a su vuelta del Cónclave… cosa que no sucedió, como todos sabemos.
Sobre los movimientos, también dice en la conferencia de prensa en el avión: “Creo que los movimientos son necesarios. Los movimientos son una gracia del Espíritu”. Este encuentro será de gran bendición.

Hace más de un año inició el pontificado de Francisco, y sigue sorprendiendo con sus gestos, sus palabras, ¿quienes ya le conocían también se sorprenden?
-- Pino Scafuro: No, no nos sorprende. ¡El no cambió!. Estamos acostumbrados a sus gestos y a sus palabras porque así era como arzobispo de Buenos Aires.

¿Hay algún episodio de la relación de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires con la RCC que recuerde de forma especial?
-- Pino Scafuro: Sí, a nivel institucional, que haya ha reconocido a la Renovación Carismática como una “corriente de gracia”. Esto significa que no reconoce fundador humano. Fue suscitada por el Espíritu Santo. Y esta realidad nos compromete a vivir en la libertad del Espíritu, “que hace la armonía”, como lo expresa el Papa Francisco.
Pero además, nos conmovió su involucramiento personal en las distintas situaciones, a veces complejas, que se planteaban en la RCC, para ayudarla a crecer y fructificar. A nivel del contacto humano, es de destacar su proximidad y sin dejar de lado la profundidad, exhibe buen humor.
En una de las oportunidades de las que concurrió a la Escuela de Formación de la Renovación Carismática de Buenos Aires, Bergoglio habló de la Iglesia como su “esposa”. Entonces yo le pregunté públicamente, frente a cientos de personas: "¿Cómo se lleva con su esposa?" Él me respondió: "Muy bien, pero quiero aclararles que tengo un beneficio a mi favor ¡No tengo suegra!".
Luego de cada evento en los que participaba con nosotros, se ocupaba de saludar uno a uno a los asistentes. La situación era de gran fricción entre la muchedumbre y ciertamente corría riesgos de desestabilizarse con los empujones de la gente que quería saludarle o pedirle su bendición.
En una oportunidad le dije: "¡Padre salude desde arriba del escalón para estar más resguardado!" Y luego él me dijo: "Me gusta estar al mismo nivel de la gente, no desde arriba". No volví a recomendárselo y esa situación me hace entender su actual contacto tan cercano con la gente, siendo obispo de Roma.

Tema: Los pequeños detalles que alimentan el amor

El amor está hecho de esas cosas pequeñas...
 
Los pequeños detalles que alimentan el amor
Los pequeños detalles que alimentan el amor
Contaban de un niño que fue de visita a casa de sus tíos, y se divertía ver a su prima –ya mayor- esperar la llegada de su novio; estaba contenta, y se preparaba: se peinaba, perfumaba y pintaba los labios, se ponía guapa y corría de un lado a otro de la casa, arreglaba todo para que su "amor" no pudiera echar en falta ningún detalle en el entorno. Entonces llegaba el novio oliendo a mucha loción y al mirarse... parecía que flotaban en el aire, parecían dos tortoritos, embobados mientras se hablan y ella le ofrece tomar algo sabroso que le preparó durante la tarde. Además, el siempre elogia todo lo que ella prepara para cenar. Luego hablan de “tonterías” horas, sin soltarse sus manos, hasta que tienen que despedirse con disgusto porque les ha sabido a poco todo este tiempo de estar juntos.

El niño al volver a casa pregunta a su madre quién es su novio, y ella dice muy sonriente que su novio es “papá”. - "No, mamá, en serio..." pero ella insiste; y el niño piensa: “¿Cómo va a ser mi papá su novio?; él nunca llega con un ramo de flores, ni chocolates; sí que le trae un regalo en su santo o cumpleaños, pero no me imagino el novio de mi prima regalándole una máquina de café o dinero para que se compre algo.

Además mamá no pone cara de Blanca Nieves cuando papá llega del trabajo, ni él sonríe como príncipe azul cuando la mira. Mamá no corre a arreglarse el peinado, ni a pintarse los labios cuando suena el timbre de la puerta y apenas se da la vuelta al verlo para decir "hola" porque está ocupada en sus cosas. El saludo de papá, en vez de "hola mi vida" es "Hola ¡que día!"; y ella en lugar de "¿qué te apetece cenar?" le dice "-¿Qué, ¿quieres cenar?". Yo espero a ver si le dice: “-Que guapa estás hoy", pero no, le pregunta "¿has visto el mando de la tele?". Los novios se dicen cosas románticas como "¡cuánto te amo!", pero en vez de esto oigo "¿fuiste al banco?" Mi prima y su novio no dejan de mirarse, pero aquí cuando pasa mamá, papá se estira para seguir mirando la tele sin perder detalle. Sí que a veces papá le da un abrazo sorpresa a mamá, pero ella se va corriendo enseguida porque tiene muchas cosas que hacer. Veo que se dan la mano cuando en Misa dicen "daos fraternalmente la paz". M. Valverde acababa estas reflexiones con el pensamiento que tenía el niño: “Pienso que dicen que son novios para que no me entere de que cortaron cuando se casaron. La verdad es que mi mamá no tiene novio y mi papá no tiene novia. Qué aburrido... ¡Sólo son esposos!”

Ser novio es tener un amor siempre nuevo, un amor nuevo cada día alimentado con detalles continuados. Hay quien dice “se me ha acabado el amor”... el amor no se acaba, es el motivo de la vida, la esencia del existir, pero hay que alimentar esa planta cada día, si no se seca.

Cultivar el amor cada día, con una fidelidad vivida en donación permanente, superar toda dificultad a veces mirando al cielo que nos da su gracia para seguir aguantando, a veces mirando a los hijos para saborear la alegría de que vale la pena continuar, de que el amor como el vino mejora con los años... Así nunca se escapará el amor ni se irá con otra amistad que a quien se dice “tú si que me entiendes...” No habrá soledad ni buscar la “solución” al “problema” porque no se le verá a él o a ella como “problema” (aunque en el momento de crisis la memoria piense “en realidad nunca le he querido, era todo falso...”); no se mirarán otras alternativas pues después de la tormenta se verá que esas otras posibilidades son ilusorias, fuente de inquietudes, frágiles en comparación con la realidad de una familia real, unos hijos y un hogar donde a pesar de todo hay amor. Habrá siempre equivocaciones, fracasos, engaños, etc. (como las causas de nulidad, en las que se declara que en realidad no existió nunca la esencia del matrimonio), pero pienso que hoy hay en el ambiente el error de que ante cualquier problema la solución es echar a perder el matrimonio, deshacerlo.

En una película, “El violinista en el tejado”, se plantea el tema: ¿el amor es algo objetivo o es sólo un sentimiento? Los protagonistas forman un matrimonio bien avenido, con seis hijas que sucesivamente van enamorándose y contrayendo matrimonio. En una de las escenas, el padre, al observar el apasionado enamoramiento de una de las hijas (y pensando que el no siente eso hacia su esposa), se dirige a su mujer Golde, algo confundido y mantienen el siguiente diálogo: “¿Me amas?” –“¿Te amo?” (contesta ella en tono de sorpresa) “-Si, ¿me amas?” –“Durante veinticinco años he lavado tu ropa, guisado tus comidas, limpiado tu casa, te he dado hijos, he ordeñado la vaca. Después de veinticinco años ¿por qué me hablas del amor? Soy tu mujer”, responde ella intrigada. “-Todo eso ya lo se, pero ¿me amas?”, insiste él. –“-Durante veinticinco años he vivido contigo, luchando contigo, pasando hambre contigo. Durante veinticinco años mi cama ha sido la tuya. Si eso no es el amor, entonces ¿qué es?” dice ella al borde del desconcierto, ya rayando la duda de no saber quién es ni dónde está. –“Entonces ¿me amas?” – “Supongo que sí”, concluye ella. Y él: “-Y yo supongo que también te amo. Esto no cambia nada, pero incluso así, después de veinticinco años, es bonito saberlo”. En otros muchas películas es ella la que suele preguntar, para escuchar lo mismo del marido y al final decir: “entonces, ¿por qué no me lo dices más a menudo... lo necesito”. El amor está hecho de esas cosas pequeñas...

Tema: Lo que la gente -incluyendo muchos católicos- no sabe del matrimonio cristiano: ¡no es un contrato!

Con motivo del consistorio de cardenales que está reflexionando sobre los problemas de la familia y el matrimonio, el dominico Giorgio Carbone ha publicado en La Bussola Quotidiana esta reflexión
 
Lo que la gente -incluyendo muchos católicos- no sabe del matrimonio cristiano: ¡no es un contrato!
Lo que la gente -incluyendo muchos católicos- no sabe del matrimonio cristiano: ¡no es un contrato!
¿Qué cree la gente que es el matrimonio?

«Es un contrato»: esta es la respuesta más frecuente cuando pregunto a grupos de personas de edad heterogénea, casadas o prometidas, qué es el matrimonio.

Después, pregunto cuál es el fin, la meta última del matrimonio. Y las respuestas más frecuentes son: «El amor, la familia, los hijos».

Raramente alguien responde: «La santidad de los cónyuges», que es la respuesta justa.

No estoy en posición de decir la importancia estadística de estas respuestas dentro de un amplio grupo de población. Pero para nuestro análisis basta saber por ahora que está muy difundido el convencimiento de que el matrimonio es un contrato que tiene como meta el amor y/o los hijos. Y de ello están convencidos casi todos, creyentes y no, esposos jóvenes y ancianos, prometidos y solteros.

Verdades olvidadas

Esta convicción demuestra por lo menos un hecho: a nivel normal se han perdido dos verdades sobre el matrimonio.

La primera verdad olvidada es que el matrimonio, más que un contrato, es un sacramento. El contrato desde el punto de vista formal es un acuerdo entre dos o más partes que tiene por objeto bienes de carácter patrimonial. Pero el matrimonio es otra cosa, es sacramento, es decir, una res sacra, una alianza entre una mujer y un hombre que tiene en Dios su origen, su consistencia y su fin.

Porque es Dios Amor quien llama a los esposos al amor recíproco: el matrimonio no es un encuentro fortuito, sino una llamada divina, una vocación cuyo actor es Dios. Jesús lo dice: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Marcos 10, 9).

En segundo lugar, Dios, al hacer experimentar su misericordia, su ternura y su paciencia al cónyuge, llama este cónyuge a comunicar al otro la misma misericordia, ternura y paciencia recibidas: esto significa ser ministros de Dios en el sacramento del matrimonio.

Los cónyuges, viviendo juntos y amándose, se intercambian lo que han recibido de Cristo y realizan así una comunión divina y no sólo humana, comunión humano-divina que es similar a la que hay entre Cristo y la Iglesia, comunidad de los creyentes como se expresa en Efesios 5, 25-32: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (…) Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia”.

En tercer lugar, Dios es el fin, es decir, el fin del matrimonio, porque el día de la boda el cónyuge acoge la persona del otro cónyuge con vistas a Cristo, es decir, para llevarlo a Cristo, para caminar juntos hacia el Señor: es una vocación común a la santidad.

Y es esta la segunda verdad olvidada del matrimonio: la santidad, es decir, el deseo de conversión a Cristo y de conformarse a Él en todo, en la mentalidad y en los gestos concretos.

¿Mirada horizontal o degradante?

Que el matrimonio se reduzca a un contrato o a un convencionalismo social y que se haya perdido su destino a la santidad son el resultado de una mirada, no horizontal, sino degradante de la existencia humana.

Hemos expulsado a Dios de nuestras consideraciones, ya no nos esforzamos en conformar nuestra mentalidad a la de Cristo, por Él mismo manifestada en los Evangelios, por lo que la consecuencia es la pérdida del sentido de la existencia, del significado de la relación matrimonial que funda la existencia humana.

Sin embargo, vivir la fe teologal significa propiamente pensar según los pensamientos de Dios, es decir, sintonizar nuestra inteligencia, nuestra mentalidad, nuestros convencimientos con el pensamiento de Jesucristo.

Además, la difusión acrítica de la opinión según la cual el matrimonio es un contrato, por lo que la santidad ya no se considera su meta, debería hacernos considerar que a menudo los matrimonios que vemos celebrados en la iglesia en realidad no son sacramentos; es decir, son matrimonios nulos.

Los esposos, aunque dicen sí con los labios, en realidad no creen en el matrimonio como cree Jesús y su Iglesia.

Los esposos tienen una concepción mundana del matrimonio, es un contrato, y como sucede con todos los contratos que están sometidos a la total disponibilidad de las partes, éstas pueden rescindir del mismo cuando quieran.

En cambio, al ser un sacramento, es una realidad que es de Cristo, tiene un origen, una consistencia y un fin divinos.

Cuando dicen sí no dicen sí

Aunque dicen sí con los labios, consideran que el matrimonio dura mientras haya sentimiento de amor.

En cambio, el matrimonio se funda sobre el amor recibido de Dios y, por tanto, es para siempre, como también es para siempre el amor que Dios tiene por nosotros.

Aunque dicen sí con los labios, los esposos no se acogen totalmente como personas porque excluyen positivamente la posibilidad de tener hijos recurriendo de manera habitual a la anticoncepción.

Efectivamente, el cónyuge que usa métodos anticonceptivos, precisamente con el gesto sexual que debería significar la donación total de sí al otro, en realidad no se dona totalmente porque reserva para sí la capacidad de convertirse en padre o madre: por tanto, dice una gran mentira al amor total.

Lo pastoral en relaciones fracasadas

Las recientes discusiones sobre la actitud pastoral hacia las personas que vive en el fracaso de un matrimonio, y que tal vez han pasado a una convivencia o a un matrimonio civil, no pueden prescindir de estas dos verdades antes recordadas porque son verdades evangélicas.

La Iglesia, como comunidad de creyentes, tiene la vocación de ser esposa de Cristo, evidentemente fiel y no incrédula.

Por tanto, está llamada a anunciar siempre la verdad del matrimonio indisoluble porque esta es la enseñanza de Cristo su esposo: basta leer Marcos 10,5-9; Mateo 19,4-9; Lucas 16,18.

Todos nosotros creyentes, si queremos vivir la virtud teologal de la fe, advertimos la exigencia de obedecer y de uniformar nuestra mentalidad a la enseñanza de Cristo Señor. Al mismo tiempo, no podemos amar renunciando a la verdad y no podemos conocer la verdad sin amar: el conocimiento de la verdad y del amor del bien son movimientos estructurales e identificativos del ser humano.

En razón de la verdad y del amor no podemos generar ilusiones en nadie y, por tanto, ni siquiera podemos hacer pensar que la praxis de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio esté cerca de cambiarse, o bien que después del Sínodo de los obispos de octubre de 2014 las personas divorciadas y casadas por lo civil serán absueltas y admitidas en la comunión eucarística.

Si las personas divorciadas y vueltas a casar por lo civil fueran admitidas a la comunión eucarística, la comunidad de los creyentes renunciaría a ser fiel a Cristo que enseña la indisolubilidad del matrimonio.

Ideas prácticas para mejorar
Como conclusión resumo unos criterios prácticos:


1) preparar a los novios al matrimonio de manera más seria y completa, haciendo conocer que el matrimonio es una cosa de Cristo y no de los esposos, y que es una vocación divina a la santidad;

2) considerar que todos los sacramentos son un don que la Iglesia recibe de Cristo, y no son un derecho que hay que reivindicar. Esto vale también para la comunión eucarística;

3) agilizar los procesos canónicos concernientes a la verificación de la nulidad del sacramento del matrimonio;

4) demoler la difundida opinión según la cual los divorciados vueltos a casar están excomulgados. Más bien, lo que se hace es acoger a estos creyentes y hacerles saber que aunque vivan en una condición objetivamente desordenada como es la convivencia con una persona que no es el propio cónyuge, pueden y, es más, deben vivir la fe, la esperanza, la caridad, participar en la Misa, rezar juntos e individualmente, vivir la penitencia y el deseo de conversión y que el dolor y la amargura de no poder recibir la eucaristía tienen un valor salvífico que puede llevar a la sincera conversión de su corazón a Cristo Señor.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

“No hay suegra perfecta”, las frases del Papa por San Valentín.


Ante 25 mil parejas, también dijo que “vivir juntos es un arte” que se sustenta en tres palabras: “permiso, gracias y perdón”

El Papa Francisco pidió hoy, Día de San Valentín, a las jóvenes parejas de novios que su boda sea "sobria" y "una verdadera fiesta cristiana y no mundana", porque "algunos están más preocupados del exterior, de las fotografías, de los trajes y vestidos y de las flores".

Esta fue la respuesta del Papa argentino a una pareja que le planteó las dificultades económicas que atraviesa y que les obliga a celebrar una boda más que modesta.

Un distendido y sonriente pontífice se reunió en la Plaza de San Pedro con más de 20.000 parejas de 28 países de todo el mundo, con motivo del día de san Valentín, en una celebración histórica, denominada "La Alegría del SÍ para siempre", la primera de este género que se lleva a cabo en el Vaticano.

Previamente a la aparición del Papa, la Plaza de San Pedro se convirtió en gigante escenario de actuaciones de cantantes, que entonaron románticas melodías, como "Love is all around", banda sonora de numerosas comedias románticas y "A te" de Lorenzo Giovanotti.

Además, varias parejas de enamorados, micrófono en mano, explicaron sin rodeo a la muchedumbre, que asistió al acto en un día que amaneció claro y soleado en contraste con las últimas lluvias, en qué circunstancias se conocieron y cómo nació su amor hasta llegar al compromiso de matrimonio.

En medio de un ambiente festivo cargado de Cupidos imaginarios entre miles de parejas sonrientes y enamoradas, el papa llegó a bordo de su papa móvil y ya en el estrado escuchó tres preguntas que le formularon tres parejas, y antes de responder, confesó sonriendo que las había recibido antes y, por tanto, se sabía la contestación.

A una pareja de Gibraltar que habló en llanito, el Papa le respondió que "el amor que funda una familia" tiene que ser "un amor para siempre" y capaz de vencer a la "cultura de lo provisional", dijo.

Para el Papa, "el amor verdadero no se impone con dureza y agresividad", sino que surge y se conserva a través de valores como "la cortesía".

Francisco comentó a los enamorados que "vivir juntos es un arte, un camino paciente, bonito y fascinante" que se sustenta en tres palabras, que en otras ocasiones ya ha mencionado ante las familias cristianas: "permiso, gracias y perdón".

Y habló sobre el "perdón". "Generalmente cada uno de nosotros está preparado para acusar al otro y justificarse a sí mismo. Es un instinto que está en el origen de muchos desastres".

Reconoció que no existe la familia perfecta, como tampoco existe el marido perfecto ni la mujer perfecta. "Ni hablemos de la suegra perfecta", añadió ante la carcajada general.

Francisco continuó en tono jovial con una mención a las parejas de abuelitos que llegan a las audiencias, a las que, según comentó, en ocasiones pregunta cómo llevan la vida como casados. "¿Aquí quién soporta a quién?, les digo. 'El uno al otro', me responden. ¡Eso es lo bonito!", dijo cada vez más animado.

Además, el pontífice argentino pidió que el matrimonio de los futuros novios sea "sobrio y resalte aquello que es verdaderamente importante", por mucho que para la mayoría el "vino" sea "lo más importante" de una fiesta, "como sucedió en las bodas de Canaa".

"Algunos están más preocupados del exterior, de las fotografías, de los trajes y vestidos y de las flores. Son cosas importantes en una fiesta, pero solo si son capaces de indicar el verdadero motivo de vuestra alegría: la bendición del Señor sobre vuestro amor", concluyó.

Recomendó a todos los enamorados que se den las gracias el uno al otro. "Es necesario saber decir gracias para continuar adelante juntos", sostuvo.

Y finalizó sus recomendaciones para el amor con su remedio para conservar el amor y el matrimonio: "Pelear entre marido y mujer es habitual, pero por favor, recordad esto: Nunca terminéis el día sin hacer la paz".

Tema - Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014‏


Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014

El estilo de Dios: Jesús con su pobreza nos libera y enriquece. «Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza»

Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?


La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros...». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se "vació", para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).
La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino -dice san Pablo- «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). 

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su "yugo llevadero", nos invita a enriquecernos con esta "rica pobreza" y "pobre riqueza" suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este "camino" de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros -a menudo joven- tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera. 

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

Vaticano, 26 de diciembre de 2013
Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

Tema: La terapéutica de la fe



El deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta.

Autor: Zelmira Seligman | Fuente: X Jornadas de Psicología cristiana/ Universidad Católica de Argentina

El deseo de conocer la verdad

Cuando las personas vienen al consultorio, generalmente verbalizan sus expectativas de la siguiente manera: "quiero saber qué me pasa", "quiero saber porqué las cosas son así", "quiero saber cómo solucionar este problema", "quiero saber cómo salir de esto! etc. El denominador común es QUIERO SABER. Todo hombre quiere saber, y parecería que el "saber" puede calmar su dolor, puede remediar sus angustias, puede curar sus males, en fin... solucionar sus problemas. Y no quieren que se les mienta, pues dice San Agustín que ha conocido mucha gente mentirosa pero nunca conoció a nadie que le gustara que lo engañaran (1).

"Todos los hombres desean saber" decía Aristóteles (2) y la verdad es el objeto de ese deseo (3). Todo hombre desea SABER y quiere saber la VERDAD. Como recuerda el Beato Juan Pablo II en Fides et ratio: "el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre"(4) pues se puede definir al hombre como "aquél que busca la verdad"(5) . El hombre sufre porque tiene un deseo profundo de conocer la verdad de sí mismo, de la situación que vive, de su existencia, de su pasado, de su futuro y de su fin. Este deseo está ligado al deseo de felicidad común a todos los hombres. La ignorancia lo enferma. Se puede afirmar que la ignorancia es la verdadera y más radical enfermedad del alma y la causa de todo dolor (6). Dice San Pablo "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2,4). Entendiendo que salud y salvación son la misma palabra; los hombres se curan por el conocimiento de la verdad.

Muchas de las cosas que trataré ya han sido sabiamente estudiadas por pensadores de todos los tiempos: Aristóteles, los Padres de la Iglesia (7), la Escolástica y santo Tomás de Aquino, y esto mucho antes de la aparición de la Psicología como ciencia autónoma. No son cosas nuevas, pertenecen a la problemática del hombre de siempre. Incluso hay bibliografía contemporánea que toma esta sabiduría perenne y desarrolla toda la psicología en el sentido moderno de la palabra, que es con una significación más práctica.

Pero si todo hombre desea saber la verdad, nuestro tiempo tiene algo de especial, vivimos una época en que -no sólo nos mienten continuamente- sino que además nos ocultan la verdad diluyéndola o "enjuagándola" con superficialidades, relativismos y ambigüedades.

Casi nadie se atreve a decir la verdad de frente y con claridad; el miedo a quedar mal delante de los demás, el miedo a perder la imagen y el aprecio de los otros, lleva a muchos a "esconder" la verdad. El deseo profundo y natural del hombre a conocer la verdad se ve frustrado, porque ya las filosofías modernas -que son la base de nuestra cultura- han impuesto (sobre todo en la educación y hasta en las instituciones católicas) una desconfianza en la capacidad de conocer la verdad. Esto está ya denunciado hace unos años por Juan Pablo II en la famosa encíclica arriba citada. La verdad compromete toda la vida del hombre, su existencia íntegra. Y este deseo no puede ser vano, por eso la persona se siente fracasada y vacía cuando le ocultan y niegan la verdad, o está desorientada en su búsqueda, porque ya desde niños no se educa en esa búsqueda de la verdad, y por lo tanto -en la mayoría de los casos- no logra encontrarla. Muchas veces los pacientes dicen: "si me hubieran explicado esto antes, no hubiera sufrido tanto".

Pero también debemos preguntarnos ¿qué verdad puede satisfacer este deseo tan profundo? ¿qué verdades se buscan para sanar nuestras heridas? ¿las verdades ligth que nos presenta el mundo moderno, siempre con sombras de falsedad o al menos de medias-verdades que esconden la verdad más absoluta? Todos los demás deseos del hombre se pueden calmar con poco o con sucedáneos, pero el deseo de la Verdad sólo se aquieta cuando se alcanza el Absoluto, cuando se es capaz de encontrar en la vida aquellas cosas que participan de la Verdad Absoluta y que nos iluminan el camino hacia Dios. La fe cristiana sale al encuentro de este dinamismo del hombre que tiene "nostalgia de Dios", "deseo de Dios"(8) , y que las cosas inferiores no lo satisfacen, porque no son proporcionadas a su capacidad. La sed de verdad compromete toda la existencia; y la fe le dará la posibilidad concreta de encontrar lo que busca. El objeto de la fe es la Verdad primera, y la verdad es el bien del entendimiento que todos buscan. La fe implica mantener el deseo y la voluntad en relación al conocimiento, porque la fe es un conocimiento donde interviene la voluntad, "la fe obra por el amor"(9) , como veremos más adelante.

El mundo moderno nos sumerge en una degradación monstruosa: nos compara con los animales y hasta nos desvaloriza frente a ellos -protege la vida de las ballenas, los osos panda y no la de los bebés no nacidos-, proclama la muerte para el desvalido, se enorgullece de las conductas anti-naturales y perversas, pero lo peor de todo es que niega al hombre su capacidad de conocer la verdad y de obrar el bien, y hasta llega a rechazar su capax Dei y su capax gratiae (de conocer a Dios y de la gracia)(10). De esta manera denigra al hombre rebajándolo a la categoría de animal o todavía inferior al animal, lo convierte en un monstruo (como los dibujos animados o los juguetes de los chicos que ya desde niños los impulsa a identificarse con seres monstruosos e interactuar con ellos y como ellos). Y esto lo captamos inconscientemente, aunque no nos lo digan de forma explícita: tantos problemas de baja autoestima, de depresión, de desvalorización profunda, de auto-punición, de maltrato o abuso, que pueden darse en el ámbito afectivo llegando incluso a niveles patológicos, pero tienen su causa y su fundamento en esta falta de verdad respecto del valor del ser humano, de su dignidad y de su destino. No se pueden tratar estos problemas sólo a nivel sensible y afectivo, porque el hombre es un ser racional, necesita entender y entenderse, lo más importante de su vida pasa por saber la verdad de su existencia.

El llamado angustioso de la persona que llega al consultorio, si bien remite a la necesidad de entender una situación concreta por la que atraviesa en ese momento, no está desligada de la totalidad de su existencia. ¿Quiénes somos en verdad? ¿Cuánto valemos? ¡Cuántas personas podrían curarse (y he conocido casos en que realmente se curan) si meditaran constantemente las palabras del salmo 8, 6 "Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad"! o fuimos comprados con la Sangre de Cristo (1 Cor 7,23) ¡¡valemos la Sangre de Cristo!! Qué diferente es saber esta verdad y vivir de acuerdo a ella, a creerse un monstruo que interactúa violentamente con otros monstruos (como en los videojuegos).

Distorsión del deseo

El hombre no puede dejar de desear la verdad; si está alejado de Dios hay una perversión del deseo: ese apetito por un bien ausente (que es el deseo) se pone en otros objetos inferiores a los cuales dirige su tendencia. Al callar este deseo de la Verdad y de Dios, se orienta a su propio yo, a los seres sensibles y busca gozar de ellos como si fueran Dios. Así nace la idolatría, la absolutización de otros bienes (inferiores) que pone en el lugar de Dios. Y esto lo sumerge en una insaciabilidad e insatisfacción "ontológica" perpetua, un vacío que lo hace sufrir en lo más profundo de su ser. Este deseo desviado de su verdadero objeto lo vuelve insensato, irracional, loco.

El hombre que pone sus deseos en cosas inferiores, en las cosas "indeseables" por así decir -porque no son proporcionadas a su deseo elevado de verdad y de Verdad absoluta- se va construyendo una vida con ídolos, con falsos dioses que imagina que le darán felicidad (el dinero, el placer, la fama, la imagen, las relaciones sociales, etc, etc.) y todo eso lo sumerge en esta gran frustración y en la locura de no entender nada de su vida.

Movido por el deseo pervertido, todo su mundo se distorsiona, no sólo en la relación a las cosas, sino también en relación a toda su conducta, su trabajo, su medio ambiente, a las personas, a sus prójimos. Su vida está dispersa y dividida, su alma desparramada y disgregada (como muy bien analizaba Santa Teresa en su famosa obra Las Moradas).

Justamente aquí podemos considerar un problema muy actual: la cantidad de gente que llega a estados de stress y agotamiento nervioso por gastar todas sus energías psíquicas en múltiples ocupaciones que la someten a una continua ansiedad e inestabilidad. Es una especie de zapping de la propia vida, donde todas las actividades están al mismo nivel. Pero en la vida personal -y en el universo creado- no todo tiene el mismo valor, no todo está a la misma altura.

Por lo tanto debemos preguntarnos: ¿realmente vale la pena "gastar" la vida de esa manera? Porque la vida terrena tiene un tiempo que se pasa muy rápido, y por eso siempre debemos recordar lo que Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada" (Lc. 10,41). Creer nos encamina a la salud mental, nos abre a una dimensión de verdad y bien sobre las situaciones concretas, porque nos ayuda a jerarquizar nuestra personalidad, nuestra vida y el obrar.

Justamente lo más grave de este estado delirante -donde la persona vive engañada, volcada a deseos inferiores e indignos de su alta vocación- es que se ahoga en la más espantosa confusión respecto del bien y del mal. Así llegará a preguntarse ¿y qué es la verdad? ¿dónde está el bien? ¿cómo debo actuar en esta situación o en tal otra? El deseo natural de verdad y bien se ha diluido en múltiples objetos que le dan satisfacciones pasajeras e inmediatas pero que, en el fondo, no pueden saciarlo, y entonces ya no sabe discernir entre el bien y el mal cuando tiene que obrar. Lo sumerge en la inseguridad cuando tiene que actuar. Porque uno obra como piensa y si no entiende nada de la vida, obrará mal seguramente.

El mal frecuentemente es tomado por un bien y el bien por un mal, y esto es objeto de un nuevo deseo al revés, invertido. Porque los efectos de la inversión del deseo (del deseo de saber la verdad, de entender su vida) se hacen sentir en primer lugar en la inteligencia, que pierde su capacidad de conocimiento de la realidad y de discernimiento al obrar. Perder esta capacidad significa también perder la "razonabilidad" en el manejo de los afectos y las pasiones, o sea perder la virtud, perder la salud mental. Aquí podríamos poner miles de ejemplos pero les doy sólo uno, uno de tantos que vemos a diario: una persona que llora la pérdida de un ser querido o de cosas queridas, o se lamenta por lo que no tiene o nunca tuvo; puede lamentarse un determinado tiempo, pero ¿puede suspender toda su vida quejándose siempre de su infortunio? Tiene que llegar un momento en que su inteligencia entienda que somos seres finitos, caducos, que vivimos situaciones contingentes, que ésta es la realidad de nuestra naturaleza creatural, y los afectos deben someterse a esta verdad. Es más, la fe nos abre a la esperanza del Dios que llena todo vacío. El fin de la vida es la felicidad en la vida eterna y a eso tenemos que dirigirnos. Y entender las cosas así, cambia toda mi realidad, porque ordena los afectos y hace la vida más "razonable" y entregada a lo que realmente vale la pena. Las cosas terrenales pasan, pero el deseo de felicidad trasciende todo lo mundano.
La inteligencia se pone en búsqueda de aquello que ama y cuanto más ama, más desea conocer. La fe es un conocimiento verdadero y cierto sobre la realidad, aunque de las cosas que no vemos. Es un conocimiento que ilumina la inteligencia y la perfecciona para que pueda conocer esa realidad, pero también interviene la voluntad. Nos da la seguridad de su certeza, pero debemos consentir con la voluntad. Decía San Agustín que la fe es "pensar con asentimiento". Creer es un acto del entendimiento movido por la voluntad a asentir. El acto de fe está en relación tanto con el objeto de la voluntad -el bien y el fin- como con el objeto del entendimiento que es la verdad. La fe es una virtud que nos compromete integralmente: por eso es tan diferente una persona que tiene fe de una que no la tiene.

Es correcto afirmar -dice Santo Tomás- que el acto de fe consiste en la voluntad del creyente, en cuanto que por imperio de la voluntad asiente el entendimiento a lo que ha de creer. Por eso "no sólo es preciso que la voluntad esté dispuesta a obedecer, sino que es también necesario que el entendimiento esté dispuesto a secundar el mandato de la voluntad.(11)"

El Concilio Vaticano II enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe». Esta afirmación breve pero profunda, indica una verdad fundamental del cristianismo: que la fe es la respuesta de obediencia a Dios (12) .

La soberbia y la función de la humildad

Por eso también es muy importante la virtud de la humildad, porque el soberbio no está dispuesto a obedecer, a creerle a Dios. Hay gente que conoce las verdades que Dios nos revela pero no está dispuesta a someterse en la aceptación de esas verdades. No quiere "asentir", porque el orgulloso no acepta nada que sobrepase su razón, nada que vaya más allá de lo que puede "entender", y Dios nos propone cosas que superan nuestra razón y responden a la elevadísima vocación a la que nos ha llamado. El soberbio quiere entender todo y lo que no entiende, para él no existe. Porque el orgullo hace que uno prescinda de Dios, que uno piense que lo puede todo solo, y así se siente el centro del universo. El orgulloso cree que la realidad se acaba en lo que entiende y no quiere que le hablen de verdades que pueden superarlo. Es más, cuando se es soberbio, la inteligencia se cierra, se limita, y cada vez puede entender menos, o sea que su mundo se estrecha considerablemente.

Doy un ejemplo histórico, el del filósofo David Hume (en quien se inspira Freud, porque lo admiraba), quien al final de su obra Diálogos sobre la religión natural, después de criticar duramente los principios de la fe católica como absurdos e irracionales, "de hombres enfermos"(13) , que son "fantasías de monos con aspecto humano más que afirmaciones serias", termina el libro afirmando que prefiere refugiarse "en las apacibles aunque oscuras regiones de la filosofía" o sea de lo que sólo puede entender por la razón natural (14) .

Voluntariamente prefiere encerrarse en la oscuridad de su entendimiento antes que creer lo que Dios nos dice. La historia relata, tristemente, cómo -en los últimos momentos de su vida- se sumergió en una desesperación aterradora. Este filósofo que tuvo una gran influencia en la modernidad y especialmente en la psicología a través de Kant, expresa su voluntad de limitarse a lo que su razón natural puede llegar a conocer, aunque reconociéndole toda su oscuridad.

El orgulloso prefiere ignorar o desconocer a Dios, creyendo sólo en lo que puede llegar por sus propias fuerzas; hace de sí mismo un absoluto y se niega a someterse a algo o a Alguien. El orgullo es la raíz de la locura, la causa de las enfermedades psíquicas más graves, porque hay una percepción delirante de la realidad, porque el soberbio cree que la realidad termina en lo que su pobre y oscura razón puede ver (15). No acepta que puede equivocarse y por eso este pensamiento terminará en el idealismo más absoluto donde Hegel llega a afirmar que "todo lo real es racional y todo lo racional es real": la única realidad es lo que puede entender, está encerrado en su propia razón, que sin la fe es oscura y limitada. Y todavía peor, es prisionero de su loca imaginación, que no llega a discernir entre la realidad y lo producido por su mente. No podemos ignorar que esto está presente en el psicoanálisis y sobre todo en la psicoterapia psicoanalítica.

El problema es que la persona ni siquiera puede entender lo más obvio como es su propia vida porque no se abre a lo más real que es el ser, y el ser de Dios. Por eso la fe es el verdadero camino de apertura a la realidad, aun cuando haya realidades que no podamos llegar a entender, pero que tenemos que tener la suficiente humildad para aceptarlas porque creemos en Dios que nos las ha revelado y no puede engañarse ni engañarnos. La fe no sólo es un remedio a la cerrazón y ceguera del hombre soberbio, sino que es el comienzo de una vida nueva, de conductas nuevas, porque el hombre se reconoce creatura pobre e indigente y busca a Dios que lo hará realmente feliz. Una visión realista de las cosas y de las situaciones (como la que nos da la fe), hace que las podamos vivir bien porque los afectos son ordenados según esa realidad que es conocida tal cual es. El que tiene fe tiene un conocimiento superior al de todos los hombres mundanos, va más allá del conocimiento natural.

Muchos autores afirman que el orgullo es la enfermedad más difícil de sanar, y que se necesita de la humildad para curar las enfermedades mentales (Cfr. Adler, Allers, Larchet, etc). La humildad que es contraria al orgullo, supone reconocer nuestros límites, nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra impotencia. El humilde desconfía de su propio juicio y de su voluntad desordenada, y por eso se hace obediente a la Voluntad de Dios. Reconoce un Ser superior, Creador, y su propia creaturalidad, sometiéndose a las verdades que Él nos enseña. Vemos que hay gente que se enoja, que se irrita y reacciona mal ante los principios de la fe o las personas que testimonian la fe (por eso hoy en día hay tantos mártires). Pero ser humilde significa encontrar la paz despojándose del amor propio y del propio juicio, y abrirse al Buen Dios que quiere darnos los conocimientos divinos para que alcancemos la felicidad. El humilde reconoce la gracia de Dios, porque se da cuenta que sin la ayuda de Dios nada puede tener ni nada puede hacer. Es necesario ser humilde para disponer la voluntad al conocimiento y aceptación de la Verdad.

La humildad está asociada a la oración donde el hombre reconoce su nada ante Dios: de petición, de agradecimiento, de alabanza, de contrición. Y hay estudios psicológicos experimentales, con estadísticas que los apoyan y confirman, donde se observó que las personas que rezan se curan más fácilmente (16). La humildad es una de las principales fuentes de terapia psíquica porque se opone al orgullo que es el principio de la naturaleza caída que ha desordenado el alma y por lo cual se sufren todas las enfermedades. El orgullo es la raíz de todos los males del mundo y por eso Cristo nos muestra el remedio cuando nos dice "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).

Sobre la humildad se construye todo el edificio psíquico porque el alma se abre a la realidad, a la verdad y a las certezas de las cosas que aún no ve. Es necesaria la humildad para abrirse a la fe, y ésta expande nuestro mundo y nos despliega no sólo en el conocimiento de las verdades accesibles a la razón sino también a aquellas que se nos proponen para ser creídas y que aún son oscuras en esta vida. Porque como dice San Pablo "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman" (1 Cor 2,9)

Como lo reconocen todos los buenos psicólogos (de alguna manera Adler, Allers, Larchet y otros contemporáneos), la humildad es la fuente de toda salud y principio de curación mental. El fundamento de todas las virtudes es la humildad.

La fe como terapia

Una vez que el hombre con humildad busca la verdad y se abre a la fe, debemos ver cómo esta fe puede curarlo de sus desórdenes psíquicos. Decíamos que ya la misma virtud de la humildad es sanadora porque repara el mayor mal, lo que más desordena psíquicamente, que es el orgullo.

Larchet afirma que "es en el acto mismo de la fe que se da la curación de las facultades que el pecado había enfermado pervirtiendo su uso."(17) Las facultades del alma están desordenadas por el pecado porque el hombre se desordenó de su fin último que es Dios.

En la medida en que la fe orienta al hombre a Dios (igual que las otras virtudes teologales), lo pone nuevamente en dirección a su verdadero fin, preservándolo y liberándolo de las ataduras patológicas a sí mismo. Dirigiendo la voluntad a Dios, da rectitud y firmeza al deseo.

La fe es un conocimiento, que por principio ya tiene una función terapéutica sobre la ignorancia que -como antes dijimos- es la causa de las enfermedades mentales. La fe repara la ignorancia, en que nos sumerge el pecado, nos libera de todo conocimiento erróneo respecto de Dios y de las cosas creadas: del valor que deben tener en mi vida, de los afectos y deseos que me despiertan.

Por la fe las facultades tanto intelectuales como apetitivas son purificadas, y entonces el hombre puede conocer la realidad. En este nuevo conocimiento de Dios -que es el de la fe- el hombre recupera el verdadero conocimiento de sí mismo y de su naturaleza. Se reconoce y valora cono imagen de Dios, y encuentra su dignidad de hijo de Dios, esa dignidad que había perdido con sus errores y pecados. Por la fe se libera de su vida artificiosa y neurótica (18), porque los fines ficticios a los que estaba sometido y que perseguía con insistencia y muchas veces inconscientemente (el dinero, los placeres, la imagen, el status, etc), lo sumergían en la angustia, en el stress, y muchas veces hasta en la desesperación.

La fe da seguridades y reafirma nuestra identidad. Por eso al Credo se lo llama Símbolo, porque aquello que profesamos creer, eso somos, y por eso debemos ser reconocidos.(19) El hombre moderno, tan despersonalizado y masificado, y que muchas veces se siente perdido sin saber realmente quien es y cómo es, encuentra su verdadero y profundo ser, cuando se entiende desde lo que cree. También este creer nos hermana, y acrecienta un sentimiento de semejanza (y simpatía) con los que creen lo mismo.

Con la fe es empezar a encontrar una vida determinada al bien y firme en el obrar. Porque en el acto de fe la voluntad elige y quiere creerle a Dios, no cree en una verdad más, sino en la "Verdad Primera" -como afirma Santo Tomás- y esa verdad primera es al mismo tiempo fin último de la existencia del ser humano. No hay que ver el acto de fe como algo sólo intelectual, una enunciación de verdades frías que no conmueven nuestro corazón, sino como un acto en que el hombre quiere someterse a Dios y así queda "inclinado" hacia el verdadero fin del hombre. El acto de fe es credere in Deum (20), o sea "hacia" Dios. La voluntad inclina, dirige y arrastra toda la personalidad hacia lo que quiere, hacia el ser querido. La dinámica de la voluntad no sólo precede el acto de fe dándole su asentimiento a la Verdad Primera, sino que inclina y hace que toda la personalidad tienda al fin último unificando las potencias. Psiquiatras como Adler, Allers y otros han estudiado y confirmado que las patologías mentales, especialmente las neurosis, se caracterizan por la división causada por fines ficticios que alejan a la persona del verdadero fin del hombre distorsionando así todas sus conductas. Si la fe no nos "afecta" de alguna manera, no nos "mueve" a tener buenos afectos y obrar bien, es porque quizás no tenemos una fe fuerte o quizás no esté viva (o sea informada por la caridad).

Por eso me parece interesante el estudio que hace Larchet sobre lo que los Padres de la Iglesia llamaban dipsiquia, que es una enfermedad del hombre creyente, del que tiene una "fe enferma".

Se caracteriza por una división en la personalidad -hoy en día diríamos una esquizofrenia (etimológicamente: alma dividida)- que afecta a aquellos que tienen una fe débil, y que su corazón está dividido entre el Dios y el mundo. Esta "enfermedad" hace que el hombre obre mal, sea insensato, depresivo, triste, asténico, negligente.(21)

La fe nos enseña los afectos que debemos tener, la forma en que debemos actuar, nos muestra el camino de las conductas que nos hacen bien, que nos perfeccionan, que nos hacen buenas personas. La inmutabilidad de las verdades divinas frente a lo pasajero del mundo, nos hace descansar en la estabilidad y firmeza que es condición de salud mental. Sometido al error el hombre no puede más que estar sometido a la enfermedad. Aquel que vive una fe sólida pone fin a las dudas, las inseguridades, las indecisiones y miedos patológicos que lo alejan de la realidad.

Según los Padres de la Iglesia la fe es "un apoyo sólido y un puerto seguro"(22) . Justamente la palabra "enfermedad" alude a una falta de firmeza que la fe puede remediar. La fe es condición de salud ya que perfecciona al hombre dirigiendo toda su vida al fin natural y sobrenatural. Pero es necesario crecer en la fe y fortalecerla con actos en que se testimonie esa fe.

En síntesis, la fe es terapéutica porque 1º) sacia el principal deseo del hombre que es el de la Verdad,
2º) perfecciona el entendimiento con esa verdad que no sólo es cierta y segura, sino que lo libera del error en que puede caer por las limitaciones de la inteligencia,
3º) porque perfecciona la voluntad rectificando los deseos desordenados y desarrollando la virtud de la humildad que es la base de la salud mental,
4º) porque hace que uno capte y viva mejor la realidad, no sólo en la actualidad sino principalmente en relación al fin del hombre y su felicidad
5º) reafirma su identidad, aquello por lo cual uno se reconoce a sí mismo, es reconocido y reconoce a los demás.

....el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En otras palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hipótesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda. Fide et ratio 27



Notas 1. SAN AGUSTÍN, Confesiones, X, 23, 33
2. ARISTÓTELES, Metafísica I,1
3. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, 25
4. Ibídem, 3
5. Ibídem, 28
6. Como muy bien lo demuestra J-C Larchet en sus tratados sobre las enfermedades mentales.
7. Pueden verse los libros de JEAN-CLAUDE LARCHET, quien estudia la psicología con sólidos fundamentos en la doctrina de los Padres de la Iglesia. Cfr. Thérapeutique des maladies mentales, Cerf, Paris 1992. Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 20004, etc.
8. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 27 a 38.
9. Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th. II-II q 1 a1- 3. Ibid, II II q 4 a 2 ad 3: "Pero, dado que la Verdad primera, objeto de la fe, es fin de todos nuestros deseos y acciones, como lo muestra San Agustín en I De Trin., de ahí proviene que la fe obre por el amor, de la misma forma que, como enseña el Filósofo, el entendimiento, por extensión, se hace práctico."
10. SAN AGUSTÍN, De Trinitate XIV, 11: Eo mens est imago Dei, quo capax Dei est et particeps esse potest [en esto la mente es imagen de Dios, en que puede ser participe (de Dios) y capaz de Dios].
11. S.Th II-II q.4 a. 2 ad 2
12. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei Verbum, nº 4
13. D. HUME, Historia natural de la religión, Diálogos sobre la religión natural, Sígueme, Salamanca 1974, 96.
14. Ibid.
15. Esto lo trata en profundidad J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 2004
16. Cfr. W. PARKER- E. ST JOHNS, La oración en la psicoterapia, Pax-Mexico, 1973
17. J-C LARCHET en Thérapeutique des maladies spirituelles, 346
18. Como muy bien lo demuestran los psiquiatras Adler (especialmente en su obra "El carácter neurótico"), Allers (en su obra "Naturaleza y educación del carácter") y todos los que siguen este pensamiento.
19. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nº 185 ss.
20. S. Th. II-II q2 a2 ad 4.
21. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 348-349
22. J-C LARCHET, Thérapeutique des maladies spirituelles, 350

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